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Boric o el triunfo del pequeño burgués Opinión Archivo (AgenciaUno)

Boric o el triunfo del pequeño burgués

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Hugo Herrera
Por : Hugo Herrera Abogado y profesor de Filosofía y Teoría Política. Universidad Diego Portales y Universidad de Valparaíso. https://orcid.org/0000-0002-4868-4072
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La familia, la propiedad y el Estado dejaron de ser objetos de crítica para convertirse en objetos de deseo, porque las abstracciones revolucionarias se disiparon, pero permanecieron las necesidades humanas concretas que ellas pretendían negar.


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De clase media acomodada llegó al gobierno, sin embargo, esgrimiendo discursos revolucionarios. A poco andar, empero, musitó consideraciones vacilantes sobre la importancia de los acuerdos. El conato fue interrumpido por el proceso constituyente. En una convención dominada por las izquierdas, se forjó un proyecto de constitución no sólo llamativo en sus incidencias, sino de marcados visos autocráticos y asambleístas. Boric ató el destino político de su gobierno al resultado del plebiscito y, podría decirse sin exagerar, que precisamente hasta ese plebiscito duró su proyecto político.

Las izquierdas sufrieron la peor derrota democrática en su historia entera. Toda. Respirando miasmas y efluvios revolucionarios, Boric fue incapaz de guardar distancia y conducción y se despertó de su sueño dogmático junto con el baño de realidad popular que significó el 62 por ciento del Rechazo.

Luego vino el escándalo -aún no aclarado- de las fundaciones y el sospechoso robo de los computadores del Giorgio Jackson, responsable del ministerio involucrado en la red de corrupción. Los indicios sugieren que intentaron montar un sistema de financiamiento, recomendado por sus camaradas españoles de Podemos, con dineros estatales malversados por organizaciones de ayuda social de fachada. Jackson fue expulsado del gobierno y aún no vuelve de España.

Después, la parte política del gobierno tuvo que hacerse cargo de años de cuestionamiento a Carabineros y a la economía burguesa. La crisis de seguridad y la crisis económica alcanzaron tales dimensiones que aún hoy el país no logra levantar cabeza y abriga esperanzas en que recién en el mediano plazo los daños puedan repararse.

En el intertanto, Gabriel Boric se desvistió de sus ropajes revolucionarios y apareció el individuo que éstos ocultaban. Nos enteramos de su aprecio por la vida familiar y su hija, por la propiedad inmobiliaria y por las formas de existencia características de una clase media acomodada.

Familia, propiedad privada. ¡Y ahora el Estado!

Boric ha resultado ser la encarnación denunciada por Marx y Engels. Los orígenes de la familia, la propiedad privada y el Estado, así se llama el libro del segundo basado en apuntes del primero y en el cual un viejo Engels denuncia los fundamentos de la alienación burguesa.

¿No constituye el ex presidente Boric un ejemplo particularmente expresivo de esa alienación? ¿No son su afición a la vida familiar de clase acomodada y su deseo de propiedad raíz partes fundamentales de la pérdida de la autenticidad comunitaria?

Y emerge ahora el tercer elemento, porque el Estado parece venir a completar aquello que faltaba en esta figura. No era solo que quisiera servir como Presidente de la República una vez, para luego seguir bregando por una operación colectiva de liderazgos compartidos en la tarea de efectuar las transformaciones sociales requeridas por las clases oprimidas. ¡No!

Boric no ha logrado frenar su pulsión. Como quien experimenta un vacío íntimo, como quien siente que le ha sido arrebatada una parte de sí mismo, apenas a semanas de abandonar La Moneda vuelve al debate contingente, critica al gobierno y rompe una antigua tradición de moderación republicana de los expresidentes.

Su desmesura lo lleva a reclamar explícitamente para sí el gobierno en las próximas elecciones. El Estado como especie de propiedad, como “mío”: así da a entender el ex presidente.

Se consuma, de este modo, la tríada integral: familia, propiedad privada y Estado (para sí).

El individuo Boric orienta su vida según los emblemas mismos de la existencia burguesa que alguna vez denunció. No descansa en una causa superior a él como individuo ni en una tarea histórica compartida. Gravita, más bien, en torno a sus afectos privativos, sus bienes excluyentes y su deseo de poder.

El espectáculo no sería tan llamativo si no estuviera acompañado de una contradicción tan manifiesta, porque reclama para sí aquello que durante años cuestionó en otros, porque desea para sí la estabilidad familiar, la propiedad y el poder político, mientras contribuyó a desacreditar las aspiraciones de millones de chilenos de construir una vida segura y digna.

Tal vez ésa sea la enseñanza del personaje. No la de una revolución derrotada, sino la de una realidad que terminó imponiéndose sobre la ideología. El antiguo tribuno acabó convertido en aquello que denunciaba. La familia, la propiedad y el Estado dejaron de ser objetos de crítica para convertirse en objetos de deseo, porque las abstracciones revolucionarias se disiparon, pero permanecieron las necesidades humanas concretas que ellas pretendían negar.

Tras el discurso revolucionario no aguardaba un hombre nuevo. Aguardaba, simplemente, un pequeño burgués.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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