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Cacerolas y clasismo

por 19 julio, 2015

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Hace poco, conversando con un amigo concluimos que las aerolíneas son un microcosmos del país al que pertenecen, y que en ese sentido nuestras aerolíneas vendrían a representar el clasismo arraigado en nuestra sociedad. Cuenta mi amigo, quien vive hace años fuera de Chile, que volando una vez a nuestro país le tocó ver, en primera clase, cuando una azafata se acercó a pedirle a un joven su ticket. Él se lo mostró y, a pesar de estar en su puesto, la azafata en vez de disculparse, insistió que la fila seis quedaba atrás, mientras señalaba con autoridad los asientos de la sección económica. A la azafata su estructura mental le impedía entender que un joven de piel oscura, vestido con jeans, polera y zapatillas  pudiera viajar en primera clase. Este episodio podría ser algo aislado, idiotas sin tacto los hay en todas partes.

El problema del clasismo va más allá de las elites, se puede argumentar que en todo el mundo estas son clasistas, pero el clasismo en Chile es tan arraigado que gente de clase media también empieza a cometer actos clasistas. Muchas personas confunden lo elemental. Así, frente a escándalos financieros, si el autor o imputado tiene en su mayoría genes europeos, por inercia dicen “es un tipo bien”. Es decir, se califica de bien a la persona por sus rasgos y por sus apellidos, antes que por sus acciones. Parece un mal chiste tener que aclarar que el que una persona sea un “tipo bien” lo determina su comportamiento y no su ADN. Esto de “ser bien” trasciende el ADN al nombre de pila, sólo el tener un nombre que se salga de los estándares de “ser bien”, es suficiente para ser excluido.

El problema del clasismo va más allá de lo anecdótico. El problema está en que el clasismo, diferencia, excluye y genera desinterés e indiferencia por el otro. La lógica de la elite es no sentirse relacionada con “otros”, de manera análoga son como la azafata que, al ver a una persona de piel oscura, inmediatamente piensa que la persona pertenece y merece estar bien atrás.

 Las cacerolas pueden ser entendidas, y así se pretende, como un  rechazo de la elite hacia la criminalidad, pero no hay que ser fiscal para saber que un gran número de personas que pertenecen a esta se reparten los grandes contratos del Estado a cambio de financiamiento electoral, evaden impuestos, utilizan información privilegiada para sacar provecho en el mercado accionario, se apropian de terrenos por donde está diseñado el trazo de una nueva carretera.

Las ciencias sociales han dejado claro que la violencia, como mecanismo de control social, se presenta de muchas formas, unas veces de forma física y directa, así como también de forma simbólica o invisible. Los medios de comunicación se han especializado en reproducir de manera intencionada la violencia simbólica y de transcribir la violencia física en imágenes, especialmente, desde los intereses del discurso oficial y de la cultura dominante.

Todas las formas de violencia se producen y reproducen en estos medios masivos. Pierre Bourdieu considera que los medios de comunicación ejercen una forma particularmente perniciosa de violencia simbólica y una de esas formas de reproducción es precisamente la de ocultar mostrando: “… muestra algo distinto de lo que tendría que mostrar si hiciera lo que se supone que se ha de hacer, es decir, informar, y también cuando muestra lo que debe, pero de tal forma que hace que pase inadvertido o que parezca insignificante, o lo elabora de tal modo que toma un sentido que no corresponde en absoluto con la realidad”.

Esto es lo que pasa con el cacerolazo de semanas atrás. Un primer cambio en el perfil de la protesta fue la postergación progresiva de las reivindicaciones de emergencia social y el surgimiento de los temas de inseguridad y delito que reciben una notable cobertura de parte de los medios masivos más importantes (lea, usted, las cartas y los editoriales de El Mercurio). La trastienda de las movilizaciones remarcaba el libre apoyo de los concurrentes, el carácter pacífico, la justificación categórica del reclamo y la directa interpelación hacia el poder político. La protesta, proviene de la aún más insólita inversión de roles sociales habituales: la movilización y el recurso a la acción colectiva frente al Gobierno proviene de las clases acomodadas disconformes con cómo se trata el tema de la seguridad ciudadana.

En este sentido, manifestantes, noteros en la calle y periodistas comentaristas en estudio, parecían alinear sus marcos interpretativos en perfecta correspondencia. El dispositivo de continuidad discursiva entre periodistas y participantes en la protesta forzaba la impresión de indiferenciación entre el enmarcamiento periodístico y el enmarcamiento de los movilizados. Estos ciudadanos, que protestan pacíficamente, parecieran ser el “verdadero pueblo”,  y que los demás, que marchan todas las semanas, son “patoteros”, esta idea fue suscrita de manera burda a través de imágenes y testimonios e intervenciones periodísticas.

El nivel de desprecio demostrado a los que osaron manifestarse a favor del paro de profesores, faltó del más elemental profesionalismo (de ahí se explica la manifestación a las afueras de Chilevisión luego del programa 'Tolerancia Cero'). La ilusión que se convierte en imperativo de que el pueblo es el pueblo de clase media y que el pueblo de clase media aspira a progresar y convertirse en clase alta, y que únicamente un pueblo como este puede construir un país grande, son parte de este discurso que claramente le reclama al Gobierno que incluya las reivindicaciones de estas clases en sus políticas.

La sinergia entre enmarcamientos mediáticos y protesta apunta a golpear los lugares de validación y enunciación política del Gobierno. Se le reconoce a este último una legitimidad solamente formal, “ganó las elecciones”, pero no sustantiva: “El verdadero pueblo somos nosotros y estamos hartos, queremos otra cosa”. Este es un intento agresivo de instauración de una nueva agenda política en un proceso enmarcador reinterpretativo y resignificador. Lo que se intenta instalar es la primacía de los intereses de un sector (seguridad ciudadana) como los centralmente dinámicos, de los que depende la prosperidad del conjunto, en lugar de los intereses de todos.

Los movimientos sociales emergidos el 2006 y confirmados el 2011, han desarrollado procesos enmarcadores de sus identidades, reclamos y acciones que han entrado en relaciones variables, tensas y contradictorias con los procesos que ensayan la elite y sus medios de comunicación. La pugna por la definición de la ciudadanía, quiénes, cómo y en qué pueden ser reconocidos como sujetos agentes de voluntad política, es materia de una lucha simbólica que evoluciona y trasmuta con las coyunturas y los propios resultados de estos ensayos. Sin embargo, el caso chileno muestra la continuidad de los sesgos clasistas de los esquemas de interpretación que se intenta poner en circulación desde la elite y sus medios. En ellos, los movimientos sociales son representados en claves deslegitimadoras de su papel político no reconociéndoles capacidad como agentes de cambio. Sus potencialidades sociales y políticas son permanentemente relativizadas, opacadas, distorsionadas, ocultadas o simplemente negadas.

Las cacerolas pueden ser entendidas, y así se pretende, como un  rechazo de la elite hacia la criminalidad, pero no hay que ser fiscal para saber que un gran número de personas que pertenecen a esta se reparten los grandes contratos del Estado a cambio de financiamiento electoral, evaden impuestos, utilizan información privilegiada para sacar provecho en el mercado accionario, se apropian de terrenos por donde está diseñado el trazo de una nueva carretera. Es una elite que castiga los crímenes violentos, pero convive y coexiste con crímenes de cuello blanco. Claro que rechazan la violencia que viene de la mano con el narcotráfico, pero parte de su molestia está en que un flaite, de pocos modales, pueda acceder a los mismos espacios a los que ellos acceden.

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