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Respuesta a los padres de Rodrigo Avilés

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Por: Manuel Ugalde D. y Conrado Soto K.


Señor Director:

En la carta titulada “El rector Sánchez y la lucha por la vida de Rodrigo Avilés” publicada en su medio el día 16 de octubre por Soledad Bravo-Marchant y Félix Avilés, se afirma que nuestra columna publicada con anterioridad en este mismo medio hace afirmaciones inexactas, injustas y mezquinas sobre Ignacio Sánchez y, al mismo tiempo, se nos conmina a pedir disculpas públicas por ello. Afrontando esta interpelación y sin ánimo de polemizar nos interesa responder y clarificar el asunto.

Pensamos que uno no se puede disculpar por lo que no ha dicho; sí lo puede hacer, en cambio, si contribuyó a generar un mal entendido. En ese sentido nuestra columna en ningún momento afirmó ni sugirió la despreocupación ni el desinterés de Ignacio Sánchez en relación a la vida y el estado de salud de Rodrigo.

Ahora, sí podemos lamentar cuando se fue poco manifiesto o claro, y como consecuencia los lectores pudieron entender o inferir algo que no se pretendía sostener. A nuestro modo de ver, las declaraciones del propio rector hacen evidente que su preocupación por el caso de Rodrigo se ha inscrito en su compromiso con velar por el bienestar de aquellas personas que conforman su plantel educativo (profesores, estudiantes y administrativos) y no por el proyecto o tipo de vida que representa. Su propio discurso deja claro que esta preocupación no forma parte del “cuidado y la protección de la vida”, que encumbra como una de las misiones de la universidad que preside. Esto resulta evidente si se estudia la Cuenta Pública a la que se alude en su carta. En ella, el rector trata el caso de Rodrigo en el marco de la preocupación por los integrantes de la comunidad UC. Sin embargo, el cierre del discurso —que implora por el respeto a la vida “como valor primordial, de equidad y justicia”— no menciona en ningún sentido el caso de Rodrigo, sino que se refiere al feto en tanto ser “sin voz e indefenso, atento y esperanzado”. El discurso presenta dos valores claramente diferenciados, con sus símbolos correspondientes —“el niño que está por nacer” por un lado, y Rodrigo Avilés por otro. El hecho de que el rector haya evitado homologar ambas luchas por la vida, presentes en el mismo discurso, y que cualquier lector externo puede lógicamente suponer conectadas, es un elocuente indicador del concepto de “defensa de la vida” a la que él mismo suscribe.

Dado que a nosotros nos interesaba el discurso y la figura pública de Ignacio Sánchez, como conductor de un proyecto universitario y como representante de un grupo social, nuestro análisis refería a la estrategia discursiva pública mediante la cual el rector apoya la prohibición del aborto, y cómo el caso de Rodrigo Avilés permite mostrar que la “defensa de la vida” no estaba relacionada con su tipo de lucha. Por esta razón, no resultaba relevante considerar las acciones y manifestaciones de Sánchez fuera de este marco. En este contexto, reconocemos que el rector acudió con prontitud y deferencia en ayuda de Rodrigo. Nos parece que su comportamiento a este respecto fue loable, y se ajusta en todo sentido a las expectativas asociadas a su cargo universitario y sus convicciones cristianas. De allí que no consideremos ni como injustas ni inexactas nuestras palabras, aunque entendemos se pueda reconocer, desde cierto punto de vista, mezquindad en las mismas, y por esto último, nos disculpamos si tales omisiones permitieron suponer que nuestro objetivo era la denostación a título personal o profesional.

Aunque comprendemos plenamente el sentimiento de gratitud que se puede sentir respecto al Rector Sánchez por contribuir al cuidado del estado de salud de Rodrigo, consideramos que de ello no se puede derivar que la vehemente “defensa de la vida” que éste ha instalado en el espacio público pueda extenderse desde el feto hacia el amparo de aquellos que han sido violentados injustamente por los aparatos de control del Estado. El discurso de “lucha por la vida” enarbolado por el rector se sirve explícitamente de la idea de que toda vida humana tiene el mismo valor, pero en la práctica da mayor importancia a la vida de los que percibe como seres constitutivamente indefensos, omitiendo a aquellos cuya indefensión deriva de la injusta reacción del Estado o de particulares a sus propias acciones u opiniones políticas.

Para concluir, agradecemos la oportunidad para aclarar nuestras palabras que esperamos se entiendan mejor en sus alcances y pretensiones, pero por sobre todo para hacernos cargo públicamente de nuestros silencios.

Manuel Ugalde D. y Conrado Soto K.

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