Democracia universitaria: un lujo en una universidad de mercado
Señor Director:
Desde hace un año, cada jueves en la mañana tomo una camisa y me ordeno para ir al Senado Universitario de la Universidad de Chile. Suena ridículo ahora que lo escribo, pero debo confesar que comencé a usar camisas para poder tener “pinta” de Senador y adecuarme al espacio para el cual fui electo. Antes de salir a cada jornada, veo el diario y suelen ser recurrentes los artículos de opinión que hablan sobre la democracia en las universidades pero hablan de ella, como si fuera un fantasma que ronda al país o uno de los espíritus de “La Poseída” -aunque lejos el mejor ejemplo es aquel audio filtrado de las elecciones de la PUC en donde se entiende la democracia como tener tres rectores-. Inevitablemente me pregunto ¿estas personas que escriben saben de qué se trata la proclamada Democracia en la universidad?
Mis reflexiones continúan en mi recorrido por el metro hasta llegar a casa central. El arribo al imponente frontis amarillo alza un letrero con grandes letras que empuñan: “Universidad de Chile por una nueva Educación Pública”. Es aquí donde los órganos superiores de la universidad sesionan cada semana. Hablo del Consejo Universitario, por donde pasan las decisiones del poder ejecutivo, y el Senado Universitario, en donde se llevan a cabo las decisiones normativas y estratégicas.
El primero cuenta con la participación principalmente de los Decanos de todas la Facultades, es decir académicos titulares, y el segundo con participación de académicos de todas las “jerarquías”, estudiantes y funcionarios con derecho a voz y voto. Sin embargo, las diferencias entre cada uno son contrastantes en su modo de funcionar. El Consejo actúa reservadamente, sin actas públicas, a puertas cerradas. En cambio, el segundo órgano del cual participo cuenta con página web, revista masiva y diferentes instancias que visibilizan su accionar a toda la comunidad universitaria.
Sí, leyeron bien, una universidad pública en Chile posee un Senado, espacio “democrático” en donde todos sus miembros son iguales y valen por un voto ¿De dónde sale esto? ¿Acaso algún Rector sufrió una “falta de liderazgo” y cedió su poder a las organizaciones políticas y a los intereses sindicales? o ¿Acaso hubo grandes presiones de los estudiantes y funcionarios por obtener ese derecho?
Déjenme continuar con la historia y explicar que esto no fue así. El Senado nace hace algunos años de una discusión de la comunidad universitaria de la Universidad de Chile que definió como necesario tener un nuevo Órgano Superior. Uno de los puntos más notables del Senado es su carácter transversal. Es ahí, en este espacio, el único lugar de nuestra universidad en donde se piensa y construye estratégicamente a través del impulso de variadas visiones que dejan de lado los duros sesgos disciplinares y estamentales.
Si alguien está en contra de la democracia, debo decirles que no se preocupen. Existen países muy conservadores y bastante tradicionalistas que han incorporado métodos participativos en el diseño de las políticas públicas, como formas de tener mayor control en los conflictos. Pero advierto, que deberían preocuparse – y tal vez lo más positivo de este lugar- de su rol transformador. Es aquí donde el peligro se asoma para algunos. Cuando afirman que “el conocimiento es poder” concuerdo sin lugar a dudas. Órganos como este, representan posibilidades de pensar y re – pensar abiertamente una universidad pública como la nuestra.
Hablar hoy de democracia universitaria no representa necesariamente un “volver atrás” –demás está decir, que antes del golpe militar si existió alguna vez cogobierno en varias universidades – tiempo pasado en donde el “cogobierno” significaba poner a las casas de estudios de nuestro país al servicio de un proyecto revolucionario, ya fuese “en libertad” o socialista. Actualmente, aceptémoslo, el concepto recae en algo mucho menor, abusada de la grandilocuencia de algunos, pero que igualmente significa un avance potente en las proyecciones para la universidad pública del siglo XXI.
Consideremos que, cuando vemos que gran parte de las universidades están absolutamente privatizadas, basadas en una lógica de competencia de mercado, lideradas por el más crudo “laissez faire”, pensar el quehacer universitario es un lujo -o en términos de mercado podría considerarse un error o una “falla” al gran sistema-. La vorágine de la competencia nos mantiene atados e impide sentarse y reflexionar sobre lo que hacemos.
Por ejemplo: ¿Cuándo se debatió abiertamente que los servicios y asesorías que venden los académicos por ser parte de La Chile deben servir de “bonos individuales” generando de esta forma desigualdad salarial entre académicos de disciplinas menos “rentables”? ¿En qué momento la comunidad reflexionó si es que era buena idea que los funcionarios públicos dedicados a la labor auxiliar debían ser externalizados, generando una franja de trabajadores de “segunda categoría”? ¿Cuándo se debatió abiertamente sobre la reproducción de la desigualdad que tiene nuestra forma de acceso a la universidad? ¿Cuándo se definió en un debate abierto la necesidad de que las universidades públicas deban autofinanciarse, dando paso a un sistema deforme y único en el mundo? Preguntas como estas se han planteado en el debate transversal del Senado.
Este es el principal aporte hoy de la democracia universitaria, y no es para nada insensato, al contrario nos ayudaría mucho tener algo de reflexión en las instituciones de educación superior en Chile. La experiencia del Senado Universitario nos muestra que el debate abierto y transversal, de igual a igual, es el mejor remedio a las defensas corporativas y a las pugnas de poder manejadas por los más grandes, en el caso de las universidades, las facultades más “rentables”.
Estos pensamientos siguen transitando y de pronto más allá, en el Patio Bello, veo en una esquina al Rector, y aquí se comienza a aclarar la realidad de la democracia universitaria. Para sorpresa de muchos, él es quien preside y lidera ambos organismos de nuestra casa de estudios. Lamentablemente, si bien hoy podemos pensar transversalmente la Universidad y ese es el aporte del Senado, todavía no se puede actuar con sensatez y un verdadero sentido público, porque la potestad ejecutiva de la Universidad no se ha abierto al debate de la comunidad. Y recae en los decanos, directores y rector, junto a los Consejos de Facultad y Universitario, el poder ejecutivo, quienes son responsables de permitir o no las actividades cotidianas de las Facultades.
Entonces cuando hablemos de democracia universitaria hay que saber que es mucho más que la participación de la comunidad, pero tampoco es menos que eso. No da lo mismo el tipo de democracia universitaria que se impulse en cada universidad, por esto todas las propuestas del gobierno en torno al tema han sido insuficientes. No puede ser que la democracia quede reducida a un voto de un estudiante en un consejo donde no puede abrirse un debate estratégico. Así como tampoco puede reproducirse la experiencia de la Universidad de Chile donde se piensa críticamente la universidad y la sociedad, pero no tiene efecto a la hora de impulsar cambios concretos como eliminar la desigualdad y arbitrariedad de salarios, la subcontratación o el acceso inequitativo.
Como senador me han invitado ya a varias universidades a presentar nuestra experiencia y el mensaje es el mismo: Si las universidades estatales exigen mayores recursos por parte del Estado -lo que es correcto desde todos los puntos de vista- debe ser con un compromiso de la universidad pública de ser democrática, transversal no sólo a su comunidad, sino también incorporar en el debate a la sociedad civil, instalando preguntas y ejecutando respuestas.
Una nueva Universidad Pública sólo puede ser concebida como tal si se desarrolla con real democracia y participación, si existe posibilidad de pertenecer a los espacios ejecutivos, lugares en donde de toman decisiones y se eligen a las autoridades. El Senado Universitario es una semilla que instala la pregunta incómoda en un escenario mercantilizado, pero la respuesta está en manos del poder ejecutivo que, por años y a pesar las constantes movilizaciones, la comunidad no ha logrado abrir.
En un contexto nacional de descontento, de una desaprobación enorme a las clásicas instituciones políticas, en pleno debate sobre reconstruir nuestro país por la vía constituyente, las universidades y sus comunidades tienen la posibilidad de abrirse camino, de marcar una nueva dirección en cómo generar espacios democráticos, abiertos y transparentes. Algo que, estoy seguro, haría muy bien al resto de instituciones.
Matías Flores
Senador Universitario
Universidad de Chile