Pobreza y Educación Gratuita
Señor Director:
Los jóvenes bien alimentados que marcharon el 2011 deben estar felices y orgullosos y con razón; se viene, a pasos lentos, la tan anhelada gratuidad de la educación superior. Desde sus merecidos asientos en la cámara de diputados – que les ha enseñado que los recursos, o póngale dietas, por abundante que sean no son infinitos- observan con amable condescendencia la sucesión de los hechos. Los interminables meses de vida política, los ardientes debates del hemiciclo no han sido en vanos, ahora la lozanía se mezcla con sapiencia, ya no son unos Marat que quieren incendiarlo todo, entienden que la realidad es más compleja que lo percibido en las aulas. Pero tampoco, en buena hora, se van a comprar eso de que la juventud es una enfermedad que se quita con los años, por eso se mantienen expectantes, siempre alertas, ante los movimientos de las viejas generaciones; no están para ser engañados, quizá esté ausente el grito de guerra, ¡gratuidad ahora y ya!, pero ese “ya” puede aparecer en cualquier momento, la sociedad, y bien por eso, es una inagotable cantera de jóvenes no contaminados con el sistema. Los incorruptibles, felizmente, no se agotan en Robespierre.
Este país se muere si se ignora la fuerza, la impaciencia y el idealismo de la sangre nueva, motor de los cambios, el mundo da saltos gracias a la osadía e irreverencia de aquellos que tiene todo un mundo por delante. Sin embargo, tampoco se puede desconocer que la acumulación de los años, que genera cansancio, acumula miedos, y ahuyenta el movimiento, también internaliza viejos y populares aforismos, que no por viejos dejan de ser verdaderos, como aquel que dice que no es posible hacer tortillas sin quebrar huevos. Tal vez algunos más ilustrados en la disciplina de la economía hablarían del costo de oportunidad y otros, como algunos articulistas que gustan de los pincelazos culturales, recurrirían al doble efecto de Santo Tomás de Aquino. Sea como sea, lo relevante de todo esto es tener consciencia que se renuncian a “algo” cuando se accede a ese derecho, casi de carácter divino, de educación superior gratuita. Son los años los que nos pueden precaver de los falsos profetas, iluminados que cada cierto tiempo nos revelan algunas verdades.
Obviamente, toda decisión de acción implica el abandono de otras, pero lo imperioso es saber si existe alguna que como sociedad es dolorosa ¿cuál es el costo que el país debe pagar porque sus hijos estudien gratis en la educación superior?
En Chile estudian alrededor de 1.100.000 alumnos en la educación superior. Siendo conservadores en la cifras, el Estado destinará en torno a los $ 200.000 mensuales por alumno. Por otra parte, en el mismo Chile, el 4,5% de la población vive en extrema pobreza y el 14,5% en estados de pobreza; es decir 3.400.000 pobres (ellos no se educan, tienen que comer). Si se asume núcleos familiares de cuatro integrantes, serían cerca de 850.000 familias. Parece más razonable, suponiendo que estuviesen los recursos, que los fondos se dirigieren a esas 850.000 familias y que los estudiantes hicieran el sacrificio de endeudarse, sí, esa palabra prohibida, sujeto a que la devolución del crédito no implicase pagar más del 10% de su sueldo por un plazo de 12 años. No parece demasiado pedir, sobre todo que son personas que van a estar dispuesta a pagar el 25% de su sueldo por 20 años para comprarse una casa producto de los beneficios de su educación.
Ni siquiera se está discutiendo si la educación es un derecho o no. Lo que se plantea es que existe una obligación moral con los pobres, que los recursos son escasos y que, por lo tanto, es lícito examinar detenidamente si es hoy el momento de la gratuidad universal para la educación superior. Esto último no es un axioma, por mucho que algunos lo repitan majaderamente y apunten con su dedo inquisidor al que no comparte sus irreflexivas conclusiones.
Se agradece a los jóvenes por este remezón que nos han dado, que parte mucho antes con los “pingüinos”. Lo que no se puede agradecer es que cuarentones, cincuentones y otros mayores, que eran los llamados a encauzar los cambios, adoptaran posiciones casi de imberbes adolescentes y dejaran florecer sus nostálgicas aspiraciones de revolucionarios, hoy más seguros bajo el cobijo de sus cargos públicos. Y tampoco pueden ser dignos de gratitud aquellos que creen que la civilización comenzó en los años ochentas y que cualquier cambio es el inicio de un irreversible deterioro, refugiándose en la comodidad de sus privilegios. En unos tenemos viejos con complejo de jóvenes y en otros jóvenes que nacieron viejos.
Los jóvenes han hecho lo suyo, nos han despertado, están ahí impidiendo que nos volvamos a dormir, nos recuerdan que siempre se puede más. Irradian la vitalidad que el país necesita. Esperemos que los mayores asumamos el rol que nos compete, al menos el mínimo que exige el definirse como adulto, aceptar que toda elección implica renuncia. Así como pedir por un país mejor es un derecho irrenunciable, también es irrenunciable la obligación de decir NO cuando corresponde. Chile tiene aún indicadores de pobreza elevados, por eso no es la oportunidad para educación superior gratuita; podrán no estar de acuerdo conmigo, pero no es posible desconocer que es una cuestión discutible y lo que hasta el momento no se ha hecho es tener dicha discusión.
Aldo Reyes D.
Ingeniero Comercial