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La Presidenta autista y el agotamiento del modelo político monárquico Opinión

La Presidenta autista y el agotamiento del modelo político monárquico

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Edison Ortiz González
Por : Edison Ortiz González Doctor en Historia. Profesor colaborador MGPP, Universidad de Santiago.
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El episodio de La Araucanía ha puesto en evidencia una vez más que la Presidenta no tiene ninguna confianza en su elenco ministerial, menos aún en su jefe de gabinete DC, y ese atributo solo es depositado en un pequeño círculo de confianza que funciona bajo la lógica de la complicidad emotiva y las historias comunes.


Corría el segundo año del Gobierno de Frei Ruiz-Tagle y los problemas con el mundo político del oficialismo se acrecentaban. El Presidente, por entonces, mostraba un déficit de diálogo político con los principales actores de su coalición –al punto que despidió a su ministro del Interior, Germán Correa, apenas transcurridos seis meses de su ascensión y luego de que este lo acompañara en carroza en la celebración de Fiestas Patrias–, y sus contactos se restringían a su círculo de hierro –el trío Figueroa, Pérez Yoma y Arriagada–, en tanto que frente al resto de su gabinete evidenciaba una indiferencia absoluta.

Esto era particularmente grave con el mundo progresista de la Concertación, y de manera especial con el PS. Fue entonces cuando, en un evento partidario, el sociólogo Manuel Antonio Garretón enarboló la famosa frase que molestó tanto al ex Presidente: “Este es un gobierno autista”.

Lo curioso es que el fenómeno se reproduciría exactamente veinte años después, pero con los papeles invertidos: un desorientado ministro del Interior DC y una Presidenta socialista autista.

¿La Moneda o La Araucanía incendiada?

Sebastián Dávalos había decidido despedir el año a lo mexicano: disparándoles a todos, para variar en Rancagua, ciudad donde han terminado por explotar varios de los problemas más agudos de nuestra transición: el MOP-GATE, las escuelas de conductores, los curas pedófilos y, hoy, el Caso Caval.

El reproche a las palabras del ex Director Sociocultural de la Presidencia fue generalizado –a excepción de Palacio–, al punto que Osvaldo Andrade llegó a decir que estaba absolutamente decepcionado de la G-90 o de los jóvenes que alcanzaron el estrellato con Bachelet, mientras el diario español El País en portada reiteraba que se trató de una “bomba tanto para el Ejecutivo como para el oficialismo chileno y [que] ha reabierto un flanco complicado para el Gobierno”.

No obstante ello, el Ejecutivo guardó un silencio sospechoso sobre el asunto, mientras la Presidenta, tanto antes  del exabrupto de su retoño –Caras– como después del mismo –Revista Sábado– insistía en la inocencia de su hijo y se encargaba, luego de cada rueda de prensa, de recalcar ese libreto. Esa era la trama hasta que Burgos, un día antes de Navidad, se salió del guion prestablecido y señaló que los dichos de Dávalos “son declaraciones bastante poco atingentes”, encendiendo de nuevo en llamas a La Moneda y generando la molestia en la Presidenta que, fiel a su estilo secretista y como si se tratara de una película de espías de la Guerra Fría, preparó con su entorno más próximo –probablemente incluso con la Subsecretaría del Interior, dada la cantidad de personal que se movilizó en La Araucanía– una embestida al jefe de gabinete, quien hasta allí era el responsable político de la conflictiva zona.

Tras dejarlo en ridículo, Burgos oficializó su renuncia. Como en los filmes de Martín Scorsese, Bachelet se tomaba cruelmente revancha personal con el ministro DC que osó cuestionar la versión oficial sobre las declaraciones de Dávalos pero, parece, sin medir sus consecuencias, pues dejó al Ejecutivo en el más absoluto offside.

Bachelet: ¿de dónde tanta desconfianza?

No son pocos los que han escrito toneladas de tinta sobre el carácter de la Presidenta y donde resaltan algunos aspectos que determinan su identidad: su procedencia de una familia militar y la lógica de la obediencia debida; su trágica historia sentimental de amor y traición que tuvo como corolario la desaparición de una generación de jóvenes dirigentes socialistas, así como su pulsión a no confiar en nadie; su profesión médica y la responsabilidad individual ante un paciente; su inclinación culposa ante un hijo que quizá no recibió todo lo que necesitaba de una madre dedicada casi por completo a la causa política y su feminismo sesentero, algo trasnochado, que se construyó en oposición a lo varonil.

Todo ello, más su pertenencia a una generación fracasada –soñaron con alcanzar el cielo por asalto y se entregaron luego sin pudor al neoliberalismo: la imagen de uno de sus descendientes inclinándose ante un banquero para conseguir un crédito irregular es la más patética postal de esa derrota–, hace que la desconfianza sea el eje de sus relaciones. Esto no sería un problema si Bachelet no ostentara el cargo que tiene. Pero el asunto se torna más complejo cuando esa lógica articula la gestión del Gobierno que, por voluntad de una mayoría de chilenos, ella encabeza.

[cita tipo= «destaque»]La Presidenta se ha habituado a gestionar sola y cuando enfrenta dificultades recurre al mecanismo de aislarse y comunicarse solo con un pequeño entorno, el que es, finalmente, el encargado de notificar al resto del gabinete el parecer de la Mandataria. Y ese autismo, esa manera de enfrentar los desafíos ha contribuido, entre otros factores –improvisación, falta de profesionalismo, etc.–, a que sus reformas hayan sido mal gestionadas.[/cita]

En efecto, el episodio de La Araucanía ha puesto en evidencia una vez más que la Presidenta no tiene ninguna confianza en su elenco ministerial, menos aún en su jefe de gabinete DC, y ese atributo solo es depositado en un pequeño círculo de confianza que funciona bajo la lógica de la complicidad emotiva y las historias comunes. Ello explica que, insólitamente, sus secretarios de Estado sean notificados a través de su jefa de gabinete, Ana Lya Uriarte, sobre los temas más relevantes de la gestión bacheletista.

La visita a La Araucanía reitera la desconfianza observada anteriormente con su ministro del Interior, quien ni siquiera fue avisado de la gira presidencial. En castellano nítido: la Presidenta trapeó con Burgos, lo dejó en ridículo y estableció claramente que “aquí manda ella”, lo que generó la respuesta desafiante del ex diputado a la altura del agravio recibido: “Esto no se repetirá nunca más”. Luego, Gutenberg Martínez advierte que “la DC evaluará su continuidad en el Gobierno”, como si efectivamente alguien fuese a creer que los militantes de la flecha roja dejarán sus cargos en el Estado, y enseguida Pizarro matiza y pone el foco en el segundo piso y en especial en Ana Lya Uriarte, a la vez que reitera que Burgos renunció, pero que fue la propia Presidenta la que “encarecidamente” le pidió que se quedara. Mientras, los zorros más viejos, como Andrés Zaldívar, se aprestan a ponerle precio a tamaño desaguisado.

En fin, un desatino completo donde, además de la falta de sensibilidad política, queda claro que La Moneda y la dirigencia capitalina ni siquiera son capaces de resolver sus propios líos y menos podrán acometer el histórico conflicto mapuche, poniendo en el tapete de paso el uso caprichoso y ególatra de un conflicto tan grave en función de una querella personal. Por de pronto, Burgos se queda, pero la pregunta sigue dando vueltas en el aire: ¿de qué le sirve a la Presidenta un ministro que por decisión de ella misma ha quedado como el bufón de la corte?

El episodio manifiesta nítidamente la falta de visión de Estado de la Presidenta y su autismo político que, una vez más, no solo está contribuyendo a corroer rápidamente la figura de la monarquía presidencial chilena sino que, también, está poniendo en serio riesgo a las instituciones republicanas del modelo portaliano. Tal vez sin proponérselo, la Mandataria está aportando sistemáticamente al colapso final del sistema político.

Igual cosa sucede con su relación con las oligarquías económicas: en su programa las amenazó con que les iba a cambiar las condiciones del juego, que su administración modificaría la inequitativa distribución del ingreso existente pero, por el contrario, su hijo termina pidiéndole un préstamo a la principal figura de esa oligarquía, echando abajo todo el discurso sobre la igualdad.

La Presidenta se ha habituado a gestionar sola y cuando enfrenta dificultades recurre al mecanismo de aislarse y comunicarse solo con un pequeño entorno, el que es, finalmente, el encargado de notificar al resto del gabinete el parecer de la Mandataria. Y ese autismo, esa manera de enfrentar los desafíos ha contribuido, entre otros factores –improvisación, falta de profesionalismo, etc.–, a que sus reformas hayan sido mal gestionadas: la gratuidad es una de las más recientes, así como el capricho por sacar a cualquier precio la reforma de la educación superior; los ripios de la reforma tributaria; lo que acaba de anunciar Pacheco, en que se avisa que tendremos la energía más barata del continente (carbón), mientras todo el planeta suscribe compromisos para reducir la contaminación.

El complejo escenario de Isabel Allende

La presión desmedida y soterrada que ha ejercido Palacio para que el PS concurra a firmar un pacto electoral con el PDC a cambio de nada, es la última consecuencia práctica de esa manera de relacionarse y entender la política que tiene la Presidenta.

El próximo fin de semana Isabel Allende, mandamás del socialismo local, deberá explicarle al pleno del comité central por qué el partido quedó a la derecha de la Nueva Mayoría, y por qué la colectividad de Allende es percibida por el resto de los actores de la coalición –PPD, PC y PR– como una fuerza conservadora que ahora pacta con el PDC, la misma colectividad que todos los fines de semana anuncia sus reparos a las reformas. Y por más que la asamblea socialista esté casi completamente “cooptada” en cargos del Estado y, por tanto, sometida al Ejecutivo, será difícil justificar cómo es que el PS llegó nuevamente a este escenario, considerando que su eje histórico, hasta el golpe de Estado de Escalona en 2005, fue la alianza con el progresismo de la Concertación que también representaba el PPD.  

Michelle Bachelet se irá en dos años y probablemente la crisis política no se acabará con su partida. Y si bien es cierto que la oligarquía  oficialista –los Walker-Martínez, los Escalona-Solari-Letelier, los Bitar-Girardi-Vidal, los Insulza-Tironi-Correa, etc.–, verdaderos responsables de la crisis de legitimidad de las instituciones –la clientelización de los partidos, la descomposición del Estado, su adicción desmedida a la droga dura del poder–,   continuará incólume intentando pasar toda la responsabilidad de los desaguisados a la Presidenta, lo cierto es que no es menor, también, su débito en la acelerada descomposición del sistema político.

Es la crisis del modelo presidencialista monárquico, cuya expresión cobra más relevancia hoy, cuando esa figura se ha desplomado, y no son pocos los actores de la Nueva Mayoría (NM) que hoy, tal como ayer lo hizo el sultán Boabdil, se lamentan y lloran por haber apostado todo a la exclusiva figura de Bachelet para sostener la república.

Reaparece así, en la cabeza de no pocos actores políticos del oficialismo, la necesidad de cambiar un modelo anquilosado que deja todo en manos de una sola persona. Lo que se agrava cuando esta exhibe síntomas de autismo político. Ocurrió con Frei y, ahora, ha vuelto a suceder con Michelle Bachelet.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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