En respuesta a Alejandra Zuñiga
Señor Director
En su columna del día miércoles pasado, Alejandra Zúñiga establece que, por diferir de su punto de vista en materia de aborto, Soledad Alvear sería «una mujer en contra de todas las mujeres”. Dicho juicio, además de no ser efectivo, podría ser considerado como una forma de amedrentamiento: a nadie le gusta estar sólo contra el mundo. En efecto, al intentar convertir este asunto en una lucha de género, sus partidarios han sido exitosos en silenciar a casi todos los hombres contrarios al aborto, indicando que la maternidad es un asunto que compete solo a los mujeres, para alegría de los casi 200.000 padres chilenos que no pagan las pensiones alimenticias que les corresponden. El paso siguiente parece ser, ahora, silenciar también a las mujeres que se oponen a él. Los límites del debate (?) han sido definidos: sólo pueden hablar quienes piensen como Alejandra Zuñiga. El resto serían enemigos de la mitad femenina del planeta.
Pero, en primer lugar, la versión de feminismo de la que Alejandra Zuñiga es representante, ni es la única ni es compartida por todas las mujeres. En efecto, el feminismo consiste esencialmente en promover la igualdad entre hombres y mujeres, acabando con toda discriminación arbitraria en contra de éstas. Pero, al contrario de cómo lo presenta Alejandra Zuñiga, ser feminista no significa necesariamente estar a favor del derecho al aborto. Así bien, por ejemplo, hay formas de feminismo de la diferenciación que reivindican también la absoluta igualdad entre hombres y mujeres, pero señalando que difieren, eso sí, en el don de la maternidad, que solo ellas tienen. Por ello, reclaman, la sociedad debe amparar y proteger esta característica. En consecuencia, no son partidarias del derecho al aborto; entre otras razones, porque lo consideran una consolidación del machismo más recalcitrante.
En segundo lugar, sea cual sea la versión de feminismo a la cual adhiera o no, Soledad Alvear tiene derecho a defender su punto de vista sobre este asunto, aunque su posición tenga el imperdonable defecto de ser contraria a la de Alejandra Zuñiga. Y esta posición, a diferencia de como se le caricaturiza, no está basada en una “ideología religiosa”, sino que es similar a la que han sostenido prestigiosas personas de avanzada, agnósticas, ateas e incluso antirreligiosas, como Pier Paolo Pasolini, Tabaré Vásquez, Cristopher Hitchens o Norberto Bobbio, por nombrar sólo algunas.
Que defienda esa posición, aun cuando fuera la única mujer del mundo que lo hiciera -que no lo es-, tiene un valor inestimable: la historia de la humanidad demuestra, una y mil veces, que los grandes avances en Derechos Humanos ocurrieron cuando voces solitarias se atrevieron a decir algo disonante a lo que los poderosos y las mayorías afirmaban.
Pia Mundaca y Augusto Wiegand