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Transantiago: a 9 años de la dictadura de la tecnocracia en las políticas públicas

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Por: Víctor salinas, Sociólogo, Consejero centro estudiantil de análisis político, Universidad Diego Portales


Señor Director:

La psicología del desarrollo señala que a la edad de 9 años, el ser humano comienza la etapa de introyección, es decir la empatía hacia el entorno aumenta y el niño o niña ya es consciente de sus responsabilidades. El Transantiago, lejos de ser un humano, cumplió 9 años y es hora de que reconozca sus errores, para trascender su cometido y sumar aprendizajes a otras políticas públicas igual o más magnas que el proyecto de transporte metropolitano.

Transantiago es el ejemplo vivo de una política pública elaborada por técnicos, predominantemente de eficiencia, por sobre criterios sociales e incluso ambientales. La forma top-down o de “decisiones en la cúpula” para su implementación, sumado a las graves falencias, crearon una política pública que golpeó a prácticamente todos los santiaguinos.

Los que estuvieron a cargo de la implementación del plan Transantiago, sabiendo el rechazo que causaba el sistema de transporte antiguo en la ciudadanía, dieron inicio al nuevo sistema con el pensamiento concreto de que cualquier cosa sería mejor que lo actual, sin indagar en la percepciones ciudadanas y privilegiando menores tiempos de traslado. Eliminaron aquel bus que en dos horas transportaba desde la Plaza de Puente Alto a Providencia a la señora “juanita”, señora que en el caso concreto, prefería recuperar horas de sueños arriba del bus, que ahorrar media hora viajando de pie, y tomando tres trasbordos entre bus, metro y bus para llegar al mismo destino 30 minutos antes. El factor humano parece ser algo que tiene más valor que la eficiencia.

La coloquialmente denomina tecnocracia, en este sentido se vuelve un incentivo perverso para las políticas públicas, porque lejos de ser microorganismos en un laboratorio, decisiones que afectan la vida cotidiana, no pueden realizarse sin tener en cuenta factores tan básicos como lo son aquellos que enuncian las características de la vida cotidiana. La democracia participativa, es en este aspecto, una luz de esperanza para los cuestionados gobiernos latinoamericanos, acostumbrados a ser “secuestrados», por una elite terrateniente que está lejos de empatizar (Como un niño menor de 9 años) con el resto de los ciudadanos. Los procesos participativos, en la forma que sean, son instancias que nutren y mejoran las políticas públicas que muchas veces se elaboran en el valle de Santiago, y son implementadas rígidamente desde el desierto, hasta la Patagonia y generando diversos anticuerpos no hacen más que mostrarnos algo que toda la vida hemos conocido: la mejor evaluación de un entorno determinado, la hacen sus usuarios, sus habitantes. Quizás la autoconciencia es algo que deba ponderarse mejor dentro de la evaluación de las próximas políticas públicas que emergen en nuestra sociedad.

Víctor salinas, Sociólogo, Consejero centro estudiantil de análisis político, Universidad Diego Portales

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