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Crecimiento económico: ¿qué más podemos hacer?

por 20 abril, 2016

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En una columna anterior titulada "La segunda mitad del gobierno: ¿mejor o peor?", junto con analizar lo bueno y lo malo de lo que va de este gobierno, terminaba relevando la importancia de mejorar la actual trayectoria de crecimiento económico. Lo anterior, no solo como condición de sustentabilidad de las transformaciones sociales y políticas acometidas sino que también como un factor determinante para la continuidad en el gobierno de la alianza de centroizquierda de cara a las futuras elecciones presidenciales.

El gobierno en las últimas semanas ha propuesto una agenda de valiosas iniciativas que buscan precisamente hacerse cargo de este desafío. Así es, se acaba de anunciar un paquete de 22 medidas para impulsar la productividad y potenciar la capacidad de crecimiento de la economía. A esta se suman los recientes aportes de la Comisión Nacional de Productividad que propone un conjunto de medidas estructurales y específicas que van en la misma dirección.

Podemos entonces concluir que vamos por buen camino. Más allá de la crítica que se puede hacer por la demora en reaccionar que se ha tenido, parece justo exculpar de responsabilidad al ministro de Hacienda que ha estado muy ocupado en ordenar y racionalizar la agenda programática en función de las restricciones que objetivamente se tienen.

La pregunta es entonces ¿qué más podemos hacer? Una respuesta viene desde la macroeconomía.

Para ello, se requiere primero revisar el contexto y proyecciones a nivel internacional y nacional.

El crecimiento económico mundial viene con un sesgo a la baja respecto de los años anteriores con una proyección para el 2016 en el rango del 3%, la economía China ha experimentado una sostenida desaceleración en los últimos cuatro años, América Latina está entrando en riesgo de estancamiento o derechamente de recesión, los países emergentes o en desarrollo también con menores proyecciones de crecimiento que el obtenido en años recientes pero un 1 punto arriba que el PIB mundial, como es esperable. A su vez, Chile con su proyección para el 2016 bajo el 2%, si bien se ubica sobre el promedio de América Latina aparece muy desacoplado de las proyecciones de los países emergentes, que es el lugar que quisiéramos ocupar como país de ingresos medios y en vías de desarrollo.

Estas cifras se dan en un contexto internacional que no muestra en el corto plazo signos de recuperación. Más bien los riesgos presentes, entre ellos, la persistente desaceleración de China, la volatilidad del precio internacional del petróleo, la profundización de la crisis política y económica de Brasil y la agudización de problemas geopolíticos como son el recrudecimiento del terrorismo y del fenómeno inmigratorio, hacen prever que el actual gobierno estará bajo la influencia de un cuatrienio a la baja a diferencia del gobierno anterior que se vio favorecido por el superciclo de los commodities en buena parte de su período. Para reforzar este diagnóstico pesimista, basta recordar que entre China y Latam se concentra el 40% del destino de nuestras exportaciones y que el cobre experimentará una baja de su precio equivalente al 50% entre 2013 y 2016 (de 332 a 217 c/$US la libra).

En consecuencia, si el escenario internacional se presenta adverso para nuestras pretensiones de mayor crecimiento económico, debemos analizar con total pragmatismo todos los espacios posibles para actuar sin desaprovechar ninguno, menos si el argumento es solo un exceso de ortodoxia. En esa perspectiva, el manejo macroeconómico ofrece opciones.

Primero, si bien la política monetaria con su actual TPM de 3,5% es expansiva no se ven razones para atender los consejos de muchos analistas que presionan para una o dos alzas antes del término del presente año. Las razones son a lo menos dos; estamos creciendo bajo el PIB potencial y todo indica que la inflación terminara el año anclándose en el rango meta del propio Banco Central. Por lo tanto, mantener la señal expansiva suma y no resta.

En tiempos difíciles, cuando la moda se inclina hacia las recetas más ortodoxas, hay quienes pensamos que el pragmatismo es la mejor receta. La política, en un país democrático, siempre debe primar en las decisiones de un gobierno. Más aun cuando estamos exigidos para lograr que la micro, meso y macroeconomía estén alineadas tras una misma estrategia cuyo propósito central debe ser cambiar, lo antes posible, la actual trayectoria de crecimiento económico.

Segundo, el manejo del tipo de cambio libre no puede ni debe convertirse en una cuestión casi religiosa para algunos. Así es, desde el año 1999 que se instauró esta política, hemos conocido cuatro intervenciones del BC con consecuencias distintas. A modo de ejemplo, en abril del 2008 salió a comprar dólares atendiendo las demandas de los exportadores y produciendo un aumento de las reservas internacionales. Hoy día, cuando el Subsecretario de Hacienda propone incentivar las exportaciones de servicios para diversificar nuestra actual canasta exportadora, lo que parece ser una muy buena iniciativa, sería más coherente evitar un tipo de cambio enloquecido y, por el contrario, incentivar al BC para que retome el mando en la conducción del tipo de cambio coadyuvando, por la vía de miniajustes cambiarios, a que las empresas objeto de esta política pública dispongan de un tipo de cambio atractivo para emprender este desafío. Por cierto, las Pymes exportadoras también se verán favorecidas por esta política, especialmente aquellas que compiten con las importaciones.

Tercero, en el ámbito de la política fiscal será necesario revisar la necesidad de seguir presionando el déficit efectivo a la baja, toda vez, que existe un trade-off con la conveniencia de impulsar con energía un programa de inversión pública de carácter contra cíclico para evitar que el PIB siga cayendo y sustentar el crecimiento futuro. Esto lo hicimos en el 2009 con muy buenos resultados. No hay razón para no hacerlo en el presente, toda vez, que si bien no estamos en una situación de recesión, el crecimiento proyectado es tan bajo que cualquier agravamiento de los factores externos nos puede poner en el límite de esta. Esta agenda de inversión pública debería comprender un conjunto de proyectos de corto, mediano y largo plazo que, sobre la base de una alianza público-privada, resulten costo efectivas para agregar crecimiento económico junto con evitar el deterioro en las actuales tasas de desempleo.

En tiempos difíciles, cuando la moda se inclina hacia las recetas más ortodoxas, hay quienes pensamos que el pragmatismo es la mejor receta. La política, en un país democrático, siempre debe primar en las decisiones de un gobierno. Más aun cuando estamos exigidos para lograr que la micro, meso y macroeconomía estén alineadas tras una misma estrategia cuyo propósito central debe ser cambiar, lo antes posible, la actual trayectoria de crecimiento económico.

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