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La marcha y el movimiento estudiantil 2016

por 20 abril, 2016

La marcha y el movimiento estudiantil 2016
Los conservadores están desesperados. Y el movimiento estudiantil fue la base de esa desesperación. Por eso la marcha del jueves 21 de abril es tan importante, para dar una señal clara de la voluntad de tomar la historia en las manos de los ciudadanos y para demostrar que en un origen hubo un pilar que construyó la canalización del malestar (el lucro) y de la utopía (la gratuidad) y que ese pilar fueron actores organizados que configuraron un movimiento de resonancia mundial, un movimiento sobre todo (pero no solo) estudiantil.
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El movimiento estudiantil de 2011 triunfó. Derrotó a Sebastián Piñera y a la Concertación en la misma jugada, redujo el poder de los poderes fácticos por primera vez en toda la transición, convirtió a la Concertación y la Alianza en el mismo objeto, triunfó con sus versiones sobre la realidad por sobre la televisión y la prensa dominante, inauguró una época de impugnación sorprendente que ha redundado en cambios en las agendas legislativas y en la aniquilación de ciertas figuras políticas.

Hoy las principales fuentes de legitimidad provienen del movimiento estudiantil y sus movimientos políticos gozan de buen futuro y de un extraordinario presente: marcan mejor que los partidos históricos de Chile. De hecho, los presidenciales que tienen derecho legal a competir obtienen menos aprobación que los líderes derivados del movimiento estudiantil, sin derecho a ser Presidente ni Senador.

El movimiento estudiantil de 2011 no solo detuvo el plan de consolidación privatizadora de Sebastián Piñera, sino que terminó con él esforzándose por estatizar el CAE. El concepto de gratuidad llegó para quedarse y, traiciones más o traiciones menos, no saldrá de los objetivos del país próximamente. Es probable que sea un objetivo para siempre hasta el día de su plena satisfacción. Cambió radicalmente el peso del concepto de lo público respecto a lo privado.

El movimiento estudiantil nombró el abuso empresarial y lo asoció a la rentabilidad. Creó para ello una transvaloración: ‘lucro’ dejó de ser la rentabilidad y pasó a ser abuso. Justo cuando el lucro había llegado al poder con un gobierno de empresarios, el movimiento estudiantil convirtió al lucro en una maldición, modificando radicalmente el clima hegemónico. Hoy la denuncia de lucro es la más grave en la elite, en circunstancias que antes era una señal de bendición.

El lucro destruyó las figuras de decenas de empresarios otrora respetados, eliminó del mapa político a una serie de políticos que habían sido actores relevantes (presidenciables, congresistas destacados). Hoy el lucro es un fantasma que ronda todos los sitios de exposición pública, atacando a cualquier actor que busque rentabilidad mediante un engaño o abuso. Y ha llegado tan lejos que hasta un exitoso técnico de la selección fue odiado por el lucro, justo después de haber obtenido el mayor logro en la historia del fútbol chileno.

El lucro devastó a Michelle Bachelet, a Longueira, Novoa, Peñailillo, Enríquez-Ominami, Rossi, Golborne, Pizarro, solo por nombrar a algunos; y ni hablar de los principales empresarios, que convirtieron el ranking Forbes en querellas.

¿Por qué si el gobierno no quiere daño colateral ha sido posible que caigan uno tras otro empresarios y políticos? ¿Por qué si la principal fuente de denuncia ha de ser el Servicio de Impuestos Internos, la situación se desborda de la política? Porque hay una energía que ronda, un malestar que tomó forma de actor social en el movimiento estudiantil.

La historia actual puede quedarse en la inundación de la nada a todas las fuerzas políticas o puede transitar a un nuevo ciclo verdadero, con nuevos actores, reemplazando la elite y sus pactos transicionales. En gran medida depende del movimiento estudiantil, en gran parte depende de que este se convierta nuevamente en un actor capaz de tomar la historia en sus manos, pues resulta ser el único actor que ha logrado debilitar a la elite transicional y destruir su pacto.

El movimiento estudiantil denunció la alianza entre empresarios y políticos, simbolizada en Piñera, el Presidente-Empresario. Pero denunció que también era la Concertación la que operaba bajo esa ley, menos en la propiedad y más a sueldo. Una política coludida con el sector privado o directamente financiada por él fue el resultado de la denuncia. Y esa denuncia hoy se transformó en tribunales, en fiscales y formalizaciones. Y se convirtió en desconfianza en la capacidad de la actual elite para procesar el futuro de Chile.

El movimiento estudiantil ha generado un cambio en el espacio cultural, en la condición hegemónica y en el sistema de partidos. Su triunfo es impresionante. El viejo clivaje transicional basado en Pinochet y sus opositores, hoy se transformó en el conflicto entre la elite versus la ciudadanía. Pero además modificó el valor del concepto de transformación.

Después de años donde el sector conservador era dueño de la palabra ‘cambio’, hoy los cambios son una realidad y la agenda valórica es más bien el repositorio de las derrotas de la Iglesia y los grupos autoritarios. Y ese cambio de clima deriva del cambio de signo que supuso la noción misma de cambio luego del movimiento estudiantil.

El movimiento estudiantil dio carta de ciudadanía a la igualdad y por él se cerró la Concertación, se abrió la Nueva Mayoría y los autoflagelantes pensaron que podrían ser algo en la historia. A partir de ese proceso surgieron las ‘reformas estructurales’ de Bachelet y su discurso contra los ‘poderosos de siempre’. ¿El esfuerzo del sistema político fue gatopardista? Es cierto. Pero el gatopardismo no es gratis: solo se puede ser gatopardista en la medida de lo posible, por decirlo a modo de homenaje al hombre que acaba de fallecer y dio un concepto a la transición.

Y es que hoy ese concepto nos sirve, pues para conservar el modelo actual la única solución es transformarlo y, en tanto tal, la conservación será en la medida de lo posible. Y hasta ahora no parece ser sencillo que la conservación se logre sin entregar algo importante.

El movimiento estudiantil generó una crisis de legitimidad que cuestiona las bases del modelo político, económico y cultural. El emprendimiento perdió lo avanzado como ideologema, el modelo político está trizándose desde el bipartidismo a una nueva estructura, el modelo económico clama (él mismo) por regulaciones y la misma derecha anuncia, con pavor y exageración, la llegada del chavismo.

Surgen las tesis de industrializar, surge la tesis de distribuir, surge la tesis de agotamiento del modelo desde dentro (Sebastián Edwards, por ejemplo), surgen las tesis de su escasa densidad ética, surge la tesis del diálogo social, esto es, surgen las blasfemias como única forma de mantener el credo.

El modelo ya no es lo que era, la joya del Pacífico, el milagro del jaguar latinoamericano. Hoy está exánime e ilegítimo. Mientras todo esto acontece, se discute una Constitución nueva y el horror de los conservadores es total.

El triunfo del movimiento estudiantil tuvo la misma forma de su actuar. El movimiento fue político, no gremial. Por eso conquistó el país, pero tuvo poco provecho gremial para los mismos estudiantes. Y eso es visto por muchos miembros del movimiento como derrota. Sin embargo, es la señal más clara de su victoria.

La cultura de los movimientos sociales se ha disciplinado en la transición desde una visión de sí mismos al estilo del cristianismo que describe Nietzsche: es bueno quien es débil, quien no tiene fuerza. Y ante ello, con el poder en sus manos, los estudiantes han tendido a seguir llamando a la puerta de los poderosos para que se hagan cargo. No han tomado el futuro en sus manos, no han usurpado todo el poder que podían. Contrario es el caso español, donde no se necesita ningún análisis: el partido emergente se llama ‘Podemos’. Aquí hasta ahora solo intentamos.



Las tesis de la espera han crecido y han sido un error. Pero la suma y la resta es clara: el movimiento estudiantil triunfó y es hoy la única fuente de construcción política del futuro, la única alternativa al marasmo, al silencio, a la complicidad de la elite, la única energía vital de un mundo decadente. Un movimiento no gobierna, pero puede ser la fuente de la destrucción de un orden y de la construcción de uno nuevo. Porque es un actor social y porque puede emerger incluso como un sujeto colectivo.

Es precisamente este punto el que intentan evitar los sectores del ‘partido del orden’. A sabiendas de su legitimidad dañada, solo apuestan a que no exista legitimidad alguna, que un desierto se tome la escena y obligue a los electores a mantenerse en el diablo conocido.

La historia actual puede quedarse en la inundación de la nada a todas las fuerzas políticas o puede transitar a un nuevo ciclo verdadero, con nuevos actores, reemplazando la elite y sus pactos transicionales. En gran medida depende del movimiento estudiantil, en gran parte depende de que este se convierta nuevamente en un actor capaz de tomar la historia en sus manos, pues resulta ser el único actor que ha logrado debilitar a la elite transicional y destruir su pacto.

No se puede decir que necesariamente sea el único, pero la historia es maestra de la vida, y ha sido el único movimiento que en estos años ha generado un cambio relevante en el escenario político.

A pesar del triunfo, es cierto que el movimiento estudiantil no ha logrado dar el siguiente paso: usurpar el poder y desde allí articular un nuevo pacto, lejos de los poderes fácticos, transformando el sistema político, impugnando a una elite decadente. Se ha destruido el muro de contención de la elite, pero no se ha robado el fuego a los dioses decadentes.

El movimiento estudiantil cometió errores, por supuesto. Mientras apuntaba a tomar el cielo, aceptó negociaciones de muy baja intensidad: ranking de notas, discusión presupuestaria, fueron señales inadecuadas. También perdió vertebración cuando se retiró de los procesos de movilización en 2011 sin mostrar un cambio de repertorio, o cuando no defendió adecuadamente a los estudiantes de la Universidad del Mar, o cuando concentró sus energías en la Comisión del Lucro de la Cámara de Diputados, en fin. Son varios los errores, pero son mucho más inmensos sus aciertos.

Hoy Revolución Democrática, la Izquierda Autónoma, la UNE, el FEL, el Partido Comunista y muchos otros partidos y movimientos que tenían en el movimiento sus bases sociales, cotizan sus valores muy alto en la bolsa del poder político. Los medios tradicionales tienen que afrontar el incómodo escenario de dar espacio a quienes pueden demoler el presente para construir un futuro.

Los conservadores están desesperados. Y el movimiento estudiantil fue la base de esa desesperación.

Por eso la marcha del jueves 21 de abril es tan importante, para dar una señal clara de la voluntad de tomar la historia en las manos de los ciudadanos y para demostrar que en un origen hubo un pilar que construyó la canalización del malestar (el lucro) y de la utopía (la gratuidad) y que ese pilar fueron actores organizados que configuraron un movimiento de resonancia mundial, un movimiento sobre todo (pero no solo) estudiantil.

Hoy se discuten reformas importantes, hoy se negocia en la mesa de las instituciones el futuro de muchos estudiantes. Pero no hay que concentrar las acciones en esa negociación. La diversidad de un repertorio hace la fuerza. No existe un ‘momento’ donde ‘solo’ haya que negociar. Existe la construcción y la articulación de una fuerza que debe creer que ella misma es una fuerza, cuya voluntad debe ser llamada a escena luego de décadas de invitaciones a no tomar la historia en nuestras manos.

Han pasado cinco años desde el momento más intenso. Para la historia de Chile, han pasado quince o veinte en este corto lapso: la estática transición se transformó en dinámico derrumbe. Solo la energía modificará la estructura del espacio social y político chileno. La negociación es dirección. Y sirve, pero la energía cambiará esta historia. Y ella requiere un movimiento social.

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