viernes, 4 de diciembre de 2020 Actualizado a las 20:41

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La relación de Conicyt con los editores científicos en Chile

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En el contexto de la institucionalidad científica del país y de sus diversos signos de dificultades, un ámbito del que poco o nada se dice, ni tampoco aparece con alguna voz propia, es el de los editores/as científicos locales. Tratemos de contrarrestar en alguna breve medida esta omisión en especial para poner en común la necesidad de que se registre un cambio en la actual forma de relaciones entre estos editores y el Programa de Información Científica de Conicyt.

Se trata de un área de editores preferentemente ligados a la academia (universidades, sociedades científicas, núcleos y grupos de investigación), si bien en él caben algunas otras instancias de especialidad del medio editorial más general.

Paulatinamente, en especial en los últimos lustros, su número ha crecido, en consonancia con la ampliación de las capacidades investigativas y de innovaciones tecnológicas del país; de la aspiración de diversos grupos académicos de contar con revistas, libros u otros productos de difusión; de la obligación, en no poca medida enajenante, de disponer de textos indexados por parte de académicos a fin de cumplir con sus respectivos compromisos de desempeño. En general, no existe entidad de formación universitaria –sin duda el lugar donde más se nota el aumento– que no aspire a tener al menos una “revista científica”.

Digamos que estos editores por lo común llegan a estas labores por situaciones bastante azarosas. En Chile no se cuenta con programas o escuelas que los formen, y aún en las pocas alternativas de capacitación formal que existen en asuntos editoriales, ellas no contemplan a la edición científica como rango específico de instrucción.

Por tanto, salvo circunstancias que desconocemos, lo corriente es que nuestro editor científico se convierta en tal por interés personal, no bien, en particular en los comienzos, varios hayan llegado a cumplir las tareas inherentes a la función porque alguien así lo dispuso o porque no había nadie más que se ocupara de ellas. Así las cosas, ha primado en nuestro medio la improvisación, el puro entusiasmo, uno que otro aventón dado por alguna jefatura, o el aporte un poco más rigoroso de encargados o directores de bibliotecas.

Así y todo, desde hace unos 20 años, el trayecto ha proporcionado más de algún saldo favorable, algunos incluso sobresalientes, lo que permite suponer cuánto más se podría mejorar y avanzar si, como se requiere, las universidades y autoridades del quehacer científico nacional generaran políticas, mecanismos y dispusieran los recursos que no solo fueran a apoyar al personal profesional ya habilitado, sino, por sobre todo, alentaran a la instalación de la labor editorial científica como frente profesional y académico de enorme valor para las ciencias y la creación del país.

A este respecto, entre los muchos aspectos que deberían abordase, hay uno que salta a la vista de modo preferencial, a saber, la escasa y, por épocas, nula participación de los editores académicos en las acciones y criterios que sobre este espacio decide e implementa Conicyt y su área de comunicación científica. En concreto, mucho podría ganar la comunicación científica transmitida a través de las revistas y libros editados en Chile si existiese mayor colaboración entre los editores y Conicyt.

No se trata de desconocer que la puesta en ejecución de los mecanismos aludidos (concursos, postulaciones, invitaciones, formas de apelación y consultas, etc.) son formas pertinentes y expeditas para la administración y su burocracia. Lo que aquí se busca señalar es que los mismos no son suficientes, no pueden ser los únicos ni, mucho menos, que reemplacen a otras modalidades que es muy imperioso practicar, en especial cuando de lo que se trata es de mejorar e introducir cambios que hagan más plena, actual e informada la comunicación entre comunicadores.

No es que la relación sea inexistente. Se dan situaciones que desmentirían de inmediato cualquier afirmación de completa ausencia de contactos. No obstante, las relaciones son muy limitadas y puramente funcionales. Por ejemplo: cada año Conicyt propicia una que otra invitación a exposiciones acerca de métodos o estados de la cienciometría, actividades siempre protagonizadas por representantes de las empresas transnacionales del sector con las que el Estado chileno tiene convenidos importantes contratos en torno a productos y servicios (Elsevier, en especial). También Conicyt convoca anualmente a los editores (Scielo) para postular a fondos de desarrollo de sus revistas en la perspectiva de la mayor inserción en redes de edición de corriente principal (Wos, Scopus). Finalmente, y de modo amplio, los invita a someter sus publicaciones a los criterios de indexación Latindex y la referida plataforma Scielo.

El conjunto de estas invitaciones y convocatorias se da en un plano unidireccional, donde la Agencia o su Programa de comunicación científica resuelven sobre el contenido y la oportunidad, así como respecto de los criterios de evaluación, estándares, tipos de proyectos en apoyo, etc.

Si hay alguna consulta o reparo que hacerles, el mecanismo oficial es la plantilla respectiva en la plataforma electrónica OIRS (Oficina de Informaciones, Reclamos y Sugerencias) del Gobierno, la que opera según plazos y modalidades formalizados.

No se trata de desconocer que la puesta en ejecución de los mecanismos aludidos (concursos, postulaciones, invitaciones, formas de apelación y consultas, etc.) son formas pertinentes y expeditas para la administración y su burocracia. Lo que aquí se busca señalar es que los mismos no son suficientes, no pueden ser los únicos ni, mucho menos, que reemplacen a otras modalidades que es muy imperioso practicar, en especial cuando de lo que se trata es de mejorar e introducir cambios que hagan más plena, actual e informada la comunicación entre comunicadores. Son muchos los ejemplos que se podrían verter para ilustrar concretamente el punto, varios de los cuales escapan a los pocos aspectos hoy considerados por la gestión oficial del sector.

No es este el lugar para entrar en estos detalles, no obstante, un solo hecho puede graficar lo indicado: en el mes de mayo de 2016 se entregaron los resultados de la postulación de revistas a la biblioteca online Scielo, sin que a los editores y público interesado se les dé a conocer pormenores de gran importancia. En la dirección web oirsvirtual.conicyt.cl solo se indica que, de 23 postulantes, clasificaron 5 revistas, quedando 18 descartadas (casi el 80%).

Ahora bien, para contar con la información que falta existen dos caminos: tomar contacto con cada una de las revistas rechazadas e inquirir de ellas por qué no alcanzaron el umbral de elegibilidad, o pedir la información por vía Ley de Transparencia, es decir, por modalidades completamente reñidas con el buen trato y las buenas prácticas de transparencia.

Pero eso no es todo. La situación se torna aún más complicada al constatar que los veredictos son inapelables, y no existe ningún derecho a revisión de los dictámenes. Esta imposibilidad es una acción igualmente oculta, pues no se haya expuesta en las bases de postulación, y el interesado solo se entera de ello cuando solicita trámite de reposición. ¿Quién decidió esto? ¿Por qué? ¿Es la rúbrica de evaluación en uso la más idónea? ¿Por qué se exigen requisitos formales que finalmente no son tomados en cuenta? Se menciona que el veredicto final sobre las postulaciones lo realiza un Consejo Asesor: ¿quiénes lo integran?, ¿cómo se conforma?, ¿está mayormente integrado de editores científicos?

En fin, como se dijo, este y otros tantos asuntos deberían ser tratados de mejor forma por Conicyt, más cuando la institucionalidad científica en su conjunto transita por aguas agitadas y debería adecuar sus prácticas y mecanismos en vistas a mejorías completas. Para ello, tomar en cuenta y hacer participar, entre otros, a los editores científicos, bien puede ser una vertiente más que oportuna sin que los contactos sean solo los de la distante OIRS.

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