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Cristo de nuevo

por 17 junio, 2016

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Los cristianos creen que Cristo resucitó. Lo impresionante, sin embargo, es que creen que resucitó un crucificado. No un muerto cualquiera. Sino uno que, en nombre de Dios, representó una causa lo suficientemente conflictiva como para haber sido condenado por el establishment a una muerte violenta. Su causa fue anunciar a los pobres el reino, perdonar a los pecadores, proclamar a un Dios que ama sin límites. Los cristianos recordaron al crucificado, además, para que no hubiera nunca más víctimas de violencias injustas.

Pero el cristianismo ha tenido problemas para transmitir este aprendizaje a lo largo de dos mil años.

La devoción a Cristo, por ejemplo, ha conducido a conclusiones contrarias: a unos les ha ayudado a resignarse ante la injusticia y a otros a luchar contra ella.

Por otra parte, tras el olvido de las razones que tuvieron los fariseos y saduceos para eliminarlo; después de haberse usado miles de veces por reyes y cruzados para derrotar a sus enemigos por las armas; y, habiéndose convertido en un objeto decorativo de gente adinerada, el símbolo del crucificado se ha desvanecido.

Aún ayuda a cargar los dramas de la vida de tanta gente, pero no tiene vigor suficiente para hincar de rodillas a una sociedad social, económica, cultural y políticamente injusta.

¿Qué asoma en la destrucción del cristo de la iglesia de la Gratitud Nacional la semana pasada?

Asoma el vandalismo de personas desconocidas que destruyen un símbolo muy querido en Chile. Lo han hecho pedazos como se puede herir mortalmente a cualquier ser humano. Se atropellan así los sentimientos humanitarios de cristianos y no cristianos. Se lo hace adrede. Para intimidar y amenazar a los chilenos por parejo.

Lo hacen vándalos, posiblemente jóvenes, que desprecian los sentimientos religiosos y humanos de sus conciudadanos. Pero lo hacen con la complicidad de dirigentes universitarios que se hacen los lesos cada vez que estos desalmados destruyen la ciudad. Y lo hacen también, ¡atención!, en una sociedad en la que ha comenzado a ser posible reírse de la Virgen o pintarrajearla; y burlarse, denigrar e insultar públicamente a cualquiera.

Chile tiene símbolos para ejercer la violencia: sus héroes, sus batallas, sus monolitos… Lamentablemente los tiene. En la era futura de la paz que tantos seres humanos esperamos, estos símbolos desaparecerán. Por el contrario, en este país el recuerdo de Cristo, para la inmensa mayoría de la población, alivia tanta pena, articula el perdón y conjura la violencia injusta. Este cristo roto de la Gratitud Nacional y los demás crucifijos que pueblan el país, sacan de nuestra alma el deseo de un “nunca más”. Por eso es tan grave lo sucedido.

Asoma, ciertamente, la incapacidad del Gobierno de controlar la violencia y al lumpen que la practica a cada rato y de un modo creciente. El Gobierno procura incluso educar a los ciudadanos en el respeto del prójimo. ¡Cuántas veces se pide a la gente que no se siente en el suelo en el Metro! Los jóvenes no hacen caso a avisos tan razonables. Otras personas no pagan en el Trasantiago. Manadas completas de sinvergüenzas se cuelan gratis. El centro es un chiquero. Todas las casas rayadas con grafitis. Edificaciones preciosas… Y nada. El lunes vuelven los funcionarios municipales a limpiar y reponer los paraderos destruidos. Tampoco se la puede el Gobierno con las tomas. No logra controlar la destrucción de establecimientos por parte de estudiantes que demandan educación buena y sin costo, becas, plata las fotocopias y para financiar el centro de alumnos que, a su vez, arrasa con las instalaciones.

Asoma, tal vez, la rabia contra un país próspero y terriblemente desigual.

La destrucción de este cristo de Cumming con la Alameda equivale a dinamitar una de las impresionantes mansiones de la cota mil. Destruirlo es pegarles a los millonarios de Chile donde más les duele: en el símbolo que contiene la violencia que ellos generan con la sociedad de consumo que, por una parte, aviva las ganas de comprar y, por otra, produce frustración y resentimiento.

Asoma, seguramente, la furia indeterminada contra el clero, los obispos y los creyentes en general.

No se puede descartar que los jóvenes, destruyendo al cristo de yeso, quieran recordarnos al Cristo del monte Calvario. Lo dudo. Si así fuera, tendrán que reconocer que hacer añicos la imagen de un torturado equivale a torturarlo de nuevo.

Chile tiene símbolos para ejercer la violencia: sus héroes, sus batallas, sus monolitos… Lamentablemente los tiene. En la era futura de la paz que tantos seres humanos esperamos, estos símbolos desaparecerán. Por el contrario, en este país el recuerdo de Cristo, para la inmensa mayoría de la población, alivia tanta pena, articula el perdón y conjura la violencia injusta. Este cristo roto de la Gratitud Nacional y los demás crucifijos que pueblan el país, sacan de nuestra alma el deseo de un “nunca más”. Por eso es tan grave lo sucedido.

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