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El fútbol y el exitismo

por 6 julio, 2016

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Antropológicamente hablando, todo deporte es una forma efectiva de sublimar la rivalidad entre los estamentos, clases o grupos que componen una sociedad. El deportista no solo compite contra otros como él, sino contra la aleatoriedad que es propia de toda disciplina. Aun haciendo lo correcto, el deporte demuestra que los resultados pueden no ser los deseados.

Como sea el caso, la importancia de la perseverancia demuestra cómo el temple humano no puede ser vulnerado ni siquiera por los dioses. El azar, como argüía Johan Huizinga, sumado a la práctica agonal que emula una batalla real, son dos de los aspectos por medio de los cuales nos apasionan los espectáculos deportivos. Claro que, como espectáculos, también ellos son instrumentos de disposición ideológica que producen y diseminan un mensaje a los miembros de la sociedad.

En este sentido, estudiar la ideología del deporte es un trabajo necesario para poder comprender la forma en que los sistemas productivos de cada sociedad se materializan. Aun cuando tratar a todos los deportes por igual se torna en una tarea titánica, es importante focalizarse en dos megaeventos de importancia mundial, como lo son el Campeonato del Mundo FIFA y los Juegos Olímpicos. Si bien diferentes en sus origines, ambos permiten emular una rivalidad agonal que produce identidades, prácticas y productos culturales de consumo masivo como nunca antes se ha visto. En tanto que espectáculos mediáticos, por ende, los JJ.OO. y el FIFA World Cup sugieren dos mensajes alegóricos bien distintos.

Los Juegos Olímpicos nacieron en la Antigua Grecia para evitar “una lucha total de todos contra todos” y, de esa forma, cada ciudad mandaba a sus atletas a competir o batirse a duelo en diversas disciplinas. Si bien todas las ciudades ganaban, aquella que más medallas recolectaba era la que gozaba de cierta paz, pues los gobernantes debían pensar dos veces antes de iniciar una invasión a una ciudad de “campeones”. El lema, en este sentido de los juegos olímpicos que siempre ha acompañado a la humanidad, es el de una hospitalidad universal, si se quiere una paz perpetua en donde todas las partes integrantes ganan.

El triunfo no queda vedado a unos pocos, sino que llama a la participación de todos. Lo mismo pareciera no suceder en el mundo capitalista moderno de los negocios, el cual parece haber transformado esa suerte de paz perpetua en una lucha darwinista por la supervivencia de pocos.

La filosofía y los estudios culturales han discutido que esta misma realidad se encuentra presente no solo en el mundo capitalista sino en el actual mercado de trabajo, donde por un solo puesto un centenar de candidatos luchan en igualdad de oportunidades para imponerse. Particularmente porque sobrevaloran sus posibilidades, los participantes se enfrentan ciegamente en una condición que favorece a la elite financiera del sistema capitalista. Una visión cultural del mundo donde pocos tienen mucho, mientras muchos mueren por poco.

El sistema capitalista es exclusivo de la misma forma que la concepción puritana de la salvación del alma. Esta concepción del mundo considera que la pobreza no es una condición que requiera intervención, sino que es sinónimo de debilidad espiritual. En las sociedades capitalistas de raigambre puritana o anglosajona, existe una suerte de darwinismo social donde cada uno debe competir con otros para demostrar ser digno de pertenecer a la “raza de los elegidos”, a “la raza fuerte”, como enfatiza la nueva publicidad de Ford.

Esta forma ideológica de control se encuentra presente en filmes de la agudeza de The Hunger Games o realities como Big Brother, donde queda expresamente de manifiesto una lógica perversa de la exclusión.

Para poder mantener la opresión, una ciudad central organiza unos juegos donde cada sector debe enviar a sus delegados. Confiando en sus propias oportunidades y habilidades, cada participante lucha contra otro por obtener el premio mayor. No obstante, una mirada superadora nos demuestra que solo puede haber un ganador. Debido a que cada participante parte de una visión desmedida y narcisista de sí mismo, es que no puede cooperar con el otro participante para alterar las reglas del sistema.

La filosofía y los estudios culturales han discutido que esta misma realidad se encuentra presente no solo en el mundo capitalista sino en el actual mercado de trabajo, donde por un solo puesto un centenar de candidatos luchan en igualdad de oportunidades para imponerse. Particularmente porque sobrevaloran sus posibilidades, los participantes se enfrentan ciegamente en una condición que favorece a la elite financiera del sistema capitalista. Una visión cultural del mundo donde pocos tienen mucho, mientras muchos mueren por poco.

Estas alegorías darwinistas que promueven la supervivencia de los más fuertes encuentran en espectáculos como el campeonato FIFA su máxima expresión discursiva. En cierta forma, el mundo productivo ha hecho que las sociedades de los “juegos olímpicos” se vean desplazadas por nuevas versiones más orientadas a esferas limitadas, donde “solo puede haber un ganador”. Lo natural, como demuestra la filosofía FIFA, es que la gloria sea solo para uno y que quien la tome se quede con todo. Todos participan porque se consideran dignos de ser ese único ganador, recortando de esa forma la solidaridad con los otros y reemplazándola por la competencia.

Por ejemplo, Diego Maradona demostró a los argentinos que, luego de la derrota estrepitosa de Malvinas y de la masacre perpetrada por la Junta de Reorganización Nacional, en un mismo partido, se puede alternar el arte sublime del don que el propio Maradona demuestra frente a una defensa inglesa desarmada, con la trampa y el engaño que favoreció a los argentinos en lo que se bautizó como “la mano de Dios”, y que simplemente encarna el mensaje capitalista: “Cualquier fin justifica los métodos”.

En un campeonato de Fútbol FIFA, la clasificación de una selección a la próxima fase se vive como un tema de Estado en donde quedar fuera de competencia implica “morir simbólicamente”. Este evento puede paralizar al mundo, pues cada nación desarrolla una imagen totalmente desmedida de sí misma, si se quiere etnocéntrica, a pesar de las bajas probabilidades de éxito.

Como en el mundo capitalista, debemos considerar seriamente que el triunfo de uno implica la ruina del resto.

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