Tecnocracia en la educación escolar: el fin de la comunidad
Señor Director:
Después de una abundante y variada reacción adversa por parte de decenas de personas que se manifestaron en los medios de comunicación, el Ministerio de Educación ha anunciado que no se aplicarán las modificaciones que sus expertos habían propuesto para la asignatura de Filosofía, en el currículum de tercero y cuarto año de educación media. No cabe sino congratularse de esta decisión.
Sin embargo, queda rondando en la atmósfera generada por esta discusión la incómoda sensación de que este tipo de propuestas, carentes en apariencia de estudios preliminares y fundamentos sólidos, más bien tributarias poco selectivas de tendencias, prácticas o modas sobrevinientes en el campo de la educación, pueden volver a plantearse en cualquier momento en la escena pública, y desatar de nuevo reacciones contrarias en amplios sectores de la sociedad. Esto por varias consideraciones. Una de ellas está relacionada, precisamente, con ese prurito sugerente y difícil de domeñar que apunta a introducir cambios e innovaciones sin que las realidades sobre las cuales incidirán normalmente lo justifiquen; hacerlos más bien por la necesidad de generar y mantener una especie de estándar en cuanto a actualizaciones que se definen, diseñan y resuelven en medio de la asepsia de las oficinas ministeriales y de los escritorios y salas de reuniones de sus funcionarios.
Otra está relacionada con la necesidad estratégica de colocar el sistema educacional al servicio de mediciones técnicas y la generación de estadísticas que resulten funcionales al logro de indicadores y estándares previamente definidos, centrados puramente en lo cuantitativo. El aprendizaje real que puedan conseguir los niños y jóvenes del sistema escolar parece relegado a un lugar enteramente secundario, ya no es lo que mueve y alimenta el esfuerzo de la educación escolar. Lo importante son los resultados, los guarismos, las métricas, los estadígrafos; todos instrumentos técnicos que tienden a ocultar una realidad cada día más extendida: jóvenes portadores de escasos conocimientos pero equipados con esas habilidades, competencias y atributos que se necesitan para proveer de recursos humanos al aparato productivo y dinamizar las instancias estructurales de la economía.
También se puede advertir en las propuestas innovadoras que cada cierto tiempo emanan de este sector, una especie de adhesión sin reservas a un tipo de racionalidad meramente instrumental, al utilitarismo y a la invasión de la lógica económica en todas las esferas de la vida colectiva. Las reformas en el campo educacional que, aún sin advertirlo, son portadoras de este substrato filosófico, terminan posibilitando la desafección por los asuntos de interés general y la pérdida de un auténtico sentido de comunidad. Los jóvenes viven su etapa escolar imbuidos de un profundo sentimiento de malestar e insatisfacción. Por esta vía, el bien común deja de ser algo deseable, que alimente el deseo y la necesidad ciudadana de construir una convivencia solidaria, y por lo mismo ya no genera el compromiso indispensable con su consecución.
Gustavo Adolfo Cárdenas Ortega
Comunicador Social y Licenciado en Ciencias Jurídicas