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La patria grande y la patria chica: hacia una respuesta de la izquierda al nacionalismo

por 7 diciembre, 2016

La patria grande y la patria chica: hacia una respuesta de la izquierda al nacionalismo
¿Qué puede hacer la izquierda ante este escenario? ¿Cómo resolver los daños que ha causado el libre flujo del poder financiero, sin caer en las cerrazones de fronteras y la política antiinmigración?¿Cómo puede la izquierda responder al nacionalismo excluyente de Trump o del Brexit?
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La patria es un concepto de difícil digestión desde la izquierda. No es la primera ni será la última vez que la izquierda se encuentra con este concepto definiendo el contexto político. Sin embargo, parece que hay una tendencia en un sector de la izquierda a omitirse completamente de esta discusión, escondiéndola detrás de la discusión general por la distribución de la riqueza.

El objetivo de esta columna no es hacerse cargo del debate en su completitud, sino bosquejar una alternativa a no hablar del “elefante en el cuarto”.

Pareciera que la izquierda se ha posicionado de dos maneras ante el concepto de la patria-nación.

El primer posicionamiento es una acepción negativa. Se puede resumir como la mirada que enclaustra la discusión de patria a los márgenes de un “invento burgués” del Estado nación, en el que la clase trabajadora sería una víctima de las guerras que se ve obligada a pelear en nombre de los generales y que defiende los intereses de clase de otros. Es decir, la patria sería uno más de los artefactos de hegemonía de una clase dirigente. En sus versiones más vertebradas esta idea se puede sintetizar con el conocido lema de “la clase es la patria”.

La segunda acepción de patria desde el eje izquierda-derecha es una visión de resistencia del Estado-nación. Esta mirada pone el foco en la internacionalización del capital, sobre todo el financiero. Es decir, el capital no tiene país, los trabajadores sí. Por lo tanto, la organización de la población en torno a fronteras funcionaría como un mecanismo de freno ante este poder.

Tanto en las acepciones positivas como negativas, la pregunta subyacente sobre la concepción de patria parece estar en un eje diferente al de izquierda-derecha. En este sentido, la pregunta más relevante debiera ser: ¿es patria un concepto de élite o del pueblo? Es decir, en el eje arriba-abajo. Y la respuesta no es nada clara. ¿La nación se define desde las construcciones elitistas de un grupo dominante o es el fruto de una identidad comunitaria que se desarrolla en el espacio popular? El concepto de patria trae más preguntas que respuestas. En cualquier caso, pareciera que el antinacionalismo cosmopolita del proceso de globalización actual no logra permear el sentir popular. Es una construcción “desde arriba”.

Esta dificultad para incorporar a contingentes importantes de la población en el relato de la globalización no se da solo en el ámbito simbólico. La apertura a los flujos del capital terminó empobreciendo a una clase media que dependía de su trabajo asalariado en la producción de la industria y servicios locales, que se vio pauperizada en este proceso. Este proceso se agudizó, en el primer mundo, con la crisis del 2008. Esta crisis golpeó y debilitó a los partidos de centroizquierda que habían levantado la bandera de la Tercera Vía y enaltecido a un sector financiero hipertrofiado hasta la implosión. Ante esto las clases medias, precarizadas y desilusionadas, abandonaron a los que los habían abandonado.

En momentos en que la derecha chilena ha declarado que abrazará la política antiinmigración (y derechamente la xenofobia) como uno de sus pilares políticos para el ciclo venidero, se hace más necesario que nunca que desde el campo de la izquierda podamos dar una alternativa. Frente a su intento por desviar la discusión de la globalización financiera a los asuntos de la inmigración (mientras eluden impuestos con inversiones en paraísos fiscales) tenemos la responsabilidad de no hacer oídos sordos.

La debacle de los partidos de la Tercera Vía, abandonados por las clases medias, los ha llevado a fracasar en contener la emergencia de un neofacismo popular. Este último se para sobre el real malestar de esta clase media y apunta con el dedo a los migrantes, aun más pobres, como los responsables de sus problemas. Solo allí donde el penúltimo se ve obligado a pelear con el último emerge el fascismo xenofóbico.

Los verdaderos padres de la emergencia de este neofacismo popular son los líderes de la Tercera Vía que, con su indolencia y oportunismo, no dudaron en sacrificar a la clase media, y el tejido social, sofocando cualquier atisbo de organización social con capacidad de resistir a sus reformas neoliberalizadoras de los 80 y 90, para aplanar el terreno al libremercadismo. Hay pocos más responsables de la victoria de Trump que el establishment demócrata, bloqueando la alternativa de Sanders. Una Tercera Vía seducida por las promesas del TTP o el TTIP y que se sorprende de su estrepitosa caída ante la rebeldía de la clase media. La irresponsabilidad de quienes, disfrazados de una supuesta responsabilidad, terminan demoliendo el sustento democrático de los países, y con su fundamentalismo de centro le entregan en bandeja los gobiernos al neofacismo.

Y ahora, ¿qué puede hacer la izquierda ante este escenario? ¿Cómo resolver los daños que ha causado el libre flujo del poder financiero, sin caer en las cerrazones de fronteras y la política antiinmigración?¿Cómo puede la izquierda responder al nacionalismo excluyente de Trump o del Brexit?

El proteccionismo que propone esta nueva derecha fascista busca desviar el foco de la disputa a los flujos de migración, mientras se defienden las rentas de los grupos industriales locales. Es, en definitiva, la exacerbación del imaginario de una Patria de mercado. Una Patria de mercado con “P” mayúscula, porque refleja la noción esencialista que le dan a este concepto. La Patria de esta derecha no requiere de sujetos constituidos socialmente, con redes y organización de base. Es un llamado identitario, que se nutre de la falta de organización de base. Eso le permite contraponer al trabajador pobre local frente al trabajador pobre inmigrante, porque no le reconoce la categoría de trabajador, para empezar.

Ante eso, la alternativa de la izquierda, alejándose de la ceguera voluntaria que defienden los paladines de la Tercera Vía, es el desarrollismo. Es decir, en lugar de la Patria de mercado, la patria de la ciudadanía. Recomponer el sentido de patria como comunidad imaginada. No la con “P” mayúscula, no la idealizada y sacralizada, sino la concreta, la que se da en la organización y empoderamiento de la sociedad civil. La patria que son las escuelas, que son los hospitales. La patria es la chilenización del cobre, la reforma agraria y la Ley General de Instrucción Primaria. La patria que son los proyectos desarrollistas de generación de riqueza, mediante el fortalecimiento de la producción local, no protegiendo la industria local porque sí (o para asegurarle sus rentas), sino para exigirle que crezca y se fortalezca para salir a competir en condiciones dignas.

En definitiva, esa patria del Estado garante de derechos y del Estado emprendedor que fue la patria del proyecto comunitario, más allá de la exacerbación identitaria tribal.

En realidad, en esto no hay novedad. Las lecciones del siglo XX nos muestran lo mismo. Todas las revoluciones y transformaciones de la izquierda han sido nacionales. Qué mayor ejemplo que la vía “chilena” al socialismo, no la vía “internacional”, ni siquiera la “latinoamericana”. Lo importante es que esa patria sea una porosa, que se autoconfigure como práctica anticipatoria de una emancipación global y, por lo tanto, solo pueda ver virtudes en todos quienes vengan a este proyecto, hayan nacido dentro de sus fronteras o fuera de ellas.

En momentos en que la derecha chilena ha declarado que abrazará la política antiinmigración (y derechamente la xenofobia) como una de sus pilares políticos para el ciclo venidero, se hace más necesario que nunca que desde el campo de la izquierda podamos dar una alternativa. Frente a su intento por desviar la discusión de la globalización financiera a los asuntos de la inmigración (mientras eluden impuestos con inversiones en paraísos fiscales) tenemos la responsabilidad de no hacer oídos sordos.

De modo oportunista, la derecha ha sabido leer en el momento actual un resurgimiento de las cuestiones nacionales. No podemos dormirnos en los laureles. Hay razones para preocuparse.

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