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Los tiempos de la politización: el Frente Amplio (segunda parte)

por 29 diciembre, 2016

Los tiempos de la politización: el Frente Amplio (segunda parte)
La descomposición del duopolio está caracterizada por dos fenómenos: por un lado, por la corrupción develada por medio del "incestuoso maridaje entre el dinero y la política" que se reproduce en las más altas esferas de nuestra sociedad de mercado. Por el otro, el fraccionamiento de sus conglomerados y colectividades, las cuales parecen haber "implosionado" durante los últimos años.
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Recordemos el marco de análisis propuesto en el inicio de esta segunda parte: el conjunto del sistema político posee múltiples tiempos. Para el propósito de esta columna, me interesa rescatar dos. Los tiempos institucionales y los tiempos de las fuerzas sociopolíticas.

En el primer caso, los tiempos institucionales de nuestra “democracia semisoberana” comprenden la realización de elecciones periódicas, que han fijado como horizonte temporal más cercano las elecciones presidenciales y parlamentarias de noviembre próximo, a lo que habría que agregar la elección de consejeros regionales, además de la elección de Intendentes (esto último, si es que el Senado decide finalmente aprobarlo). Sin duda alguna, las votaciones del 2017 serán las más complejas y relevantes desde el plebiscito de 1988. Esto, porque darán cuenta del reordenamiento de las fuerzas sociopolíticas a nivel nacional, incluyendo el reparto específico de cargos y recursos otorgados por el poder político institucionalizado, cuestión fundamental para perspectivar las condiciones básicas del tablero político en el cambio de década.

La apertura relativa generada por el cambio en el sistema binominal: ¿mantendrá la repartición de poder característica de las democracias neoliberales por medio de sus lógicas de consenso duopólicas, con capacidad para excluir la irrupción de fuerzas alternativas o, por el contrario, configurará un tablero de “tres tercios” que tenderá al agotamiento sistemático del centro, en desmedro del crecimiento irregular de los polos?

Los cambios y tensiones registradas en el sentido común ciudadano: ¿seguirán profundizando el nivel de desafección observado en las últimas elecciones o revertirán significativamente esta tendencia, vinculando el malestar social a una alternativa política?

A fines del próximo año: ¿se verá más cercana la restauración o la transformación?

Los tiempos de las fuerzas políticas en un escenario de descomposición

Por su parte, los tiempos de las fuerzas políticas pueden diferenciarse en dos.

Uno, el tiempo de la política tradicional; tiempo relacionado con las coaliciones y partidos políticos que han conducido la totalidad del proceso transicional desde el retorno a la democracia; el denominado duopolio.

El otro, el tiempo las fuerzas emergentes; tiempo vinculado a las formas organizativas que han enfrentado las consecuencias perversas del “despojo neoliberal”, y que hoy proyectan constituirse en una alternativa política capaz de incidir en el marco decisional de la política; el denominado frente amplio.

Evidentemente, diferenciar los tiempos de las fuerzas políticas, no significa homogeneizar las variadas organizaciones y tendencias que perviven al interior del duopolio o aquellas que orbitan –con más cercanía o lejanía– la tesis del frente amplio. Hablamos de segmentos con intereses, recursos, objetivos e identidades variopintas. Sin embargo, diferenciar sus tiempos, nos permite leer adecuadamente las tensiones de un momento histórico que podemos retratar por medio del concepto de descomposición.

La descomposición adquiere distintos significados, dependiendo de las fuerzas políticas que tomemos por referencia.

En efecto, la descomposición del duopolio está caracterizada por dos fenómenos: por un lado, por la corrupción develada por medio del "incestuoso maridaje entre el dinero y la política" que se reproduce en las más altas esferas de nuestra sociedad de mercado. Por el otro, el fraccionamiento de sus conglomerados y colectividades, las cuales parecen haber "implosionado" durante los últimos años. La situación es delicada para estos grupos, no solo porque las estructuras partidarias tradicionales se han vuelto incapaces “para reaccionar contra el espíritu de hábito, contra las tendencias a momificarse y a volverse anacrónico” (Gramsci), sino también porque el duopolio en su conjunto pierde terreno en el campo electoral, mientras que en su interior se consolidan transversalmente las tendencias restauradoras dentro de un amplio abanico, que va desde la UDI al PS (incluyendo, por cierto, la decisión del Partido Comunista de seguir siendo parte de la actual coalición de gobierno, en un contexto en el que dicho partido se encuentra mucho más debilitado que en la elección del 2013). Estos síntomas no hacen más que consolidar el predominio restaurador observado en la generalidad del proceso reformista conducido por el gobierno de la Nueva Mayoría.

Hablamos de una descomposición distinta a los fenómenos de corrupción y fraccionamiento que atraviesa al duopolio y la elite político-económica en general, ya que en el caso del Frente Amplio, la descomposición se nutre de una intensa fractura entre política y sociedad (no por nada, uno de los temas privilegiados de la sociología política desde el 2011), además de una profunda atomización de la base social (desde la fragmentación provocada por la terciarización de las relaciones laborales y la consecuente jibarización sindical ejecutada magistralmente por el Plan Laboral, hasta la reproducción de pautas de consumo profundamente individualistas, solo por tomar dos ejemplos representativos).

Los tiempos del duopolio son tiempos agitados. Restaurar el consenso neoliberal perdido no es una tarea menos ardua que la que requiere levantar una fuerza política alternativa con la capacidad suficiente como para aventurar un ordenamiento social “posneoliberal”.

El tiempo del Frente Amplio

En este contexto, la tesis del Frente Amplio ha servido para demarcar una fórmula que plantea como principal objetivo viabilizar la construcción de una alternativa política capaz de disputar el reparto del poder político-institucional, articulando los esfuerzos de diversas formas organizativas que han madurado al calor de los movimientos sociales y espacios sectoriales, así como, también, de aquellos segmentos mayoritarios de la población que –por un lado– responden con hastío y desafección cuando se enfrentan a la política tradicional, mientras que –por el otro– manifiestan adhesión y participación cuando surgen demandas que ponen en tela de juicio las “externalidades negativas” de la matriz neoliberal (endeudamiento generalizado, precarización del empleo, degradación socioambiental, pensiones indignas, etc.).

Para “rendir honor a su nombre”, el Frente Amplio debe asumir, en primer lugar, su propio tiempo. Un tiempo que permita superar la descomposición que ha mantenido históricamente este sector, y que arrastra incluso antes de constituirse en términos formales.

Hablamos de una descomposición distinta a los fenómenos de corrupción y fraccionamiento que atraviesa al duopolio y la elite político-económica en general, ya que, en el caso del Frente Amplio, la descomposición se nutre de una intensa fractura entre política y sociedad (no por nada, uno de los temas privilegiados de la sociología política desde el 2011), además de una profunda atomización de la base social (desde la fragmentación provocada por la terciarización de las relaciones laborales y la consecuente jibarización sindical ejecutada magistralmente por el Plan Laboral, hasta la reproducción de pautas de consumo profundamente individualistas, solo por tomar dos ejemplos representativos).

Superar la descomposición histórica de este sector, supone descartar cualquier intento por convertir el Frente Amplio en un pacto electoral de 4 (Revolución Democrática, Movimiento Autonomista, Nueva Democracia e Izquierda Libertaria), 8 (+ Partido Igualdad, Izquierda Autónoma, Partido Poder, Partido Ecologista-Verde), 12 (+ Partido Liberal, Partido Humanista, País, Convergencia de Izquierdas) o “X” organizaciones, orientadas exclusivamente por las exigencias del calendario electoral; cuestión que, evidentemente, no significa desconocer la relevancia de los próximos comicios, ya que este desafío insta al Frente Amplio a actuar con premura, mas no apresuradamente.

Basificar local y sectorialmente. Vertebrar regional y nacionalmente. Convocar y promover la participación –tanto de los activos sociales movilizados durante los últimos años como de la ciudadanía hastiada y defraudada de la política tradicional duopólica– en torno a un proyecto político alternativo y de largo plazo, significa asumir el tiempo amplio del frente en formación.

Definir, mediante mecanismos democráticos, participativos y deliberativos –tanto las apuestas programáticas como los(as) representantes que disputarán por un escaño en el Parlamento o la magistratura presidencial–, permitirá al Frente Amplio asumir sincronizadamente (mas no exclusivamente) los importantes desafíos electorales del año que se inicia.

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