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El imaginario del “pescador bueno”: invisibilización de la problemática pesquera artesanal en Chile

por 30 diciembre, 2016

El imaginario del “pescador bueno”: invisibilización de la problemática pesquera artesanal en Chile
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Desde la perspectiva de las ciencias sociales, la pesca artesanal en Chile ha ido adquiriendo diversas formas y tomando posición también en distintos escenarios. Hemos sido testigos de cómo una selecta porción de gente de mar aparece en portadas de diarios, programas de televisión y siendo protagonistas de libros conmemoratorios. Si bien es cierto estas prácticas contribuyen a visibilizar a la pesca artesanal como un grupo social históricamente opacado en la sociedad chilena, no es menos cierto que también pueden generar percepciones erradas o deformes sobre la realidad de las comunidades costeras en nuestro país. La diversidad territorial, geográfica y cultural del borde costero chileno abre un mundo que, si bien comparte algunos patrones culturales en común, es primordialmente heterogéneo con problemáticas profundas y que en los últimos años se han incrementado por diversas razones sociales, políticas y económicas.

I.

Son las 3 de la tarde en Caleta Lota Bajo. Caminamos a paso lento por las calles de barro de este histórico barrio ubicado en la costa de la Región del Biobío. Algunas mujeres filetean pescado y hierven jaibas para venderlas en el mercado o en la feria, tradicional comercio de esta ciudad del sur de Chile. Aquí casi todos son pescadores que se formaron por herencia familiar o porque cuando la mina de carbón, sustento de tantas familias de estas latitudes, cerró sus puertas definitivamente. Los pescadores que aún persisten principalmente extraen sardina, anchoveta y jibia, recursos con los que compiten prácticamente a la par con la pesca industrial, y que, en efecto, son vendidos también en casi su totalidad a la industria reductora de harina de pescado y frigorífica (para la jibia). De hecho, el 90% de la producción de harina y aceite de sardina y anchoveta está controlado por un reducido número de industrias a partir de un oligopsonio. Acá no existen las Áreas de Manejo. Y las que hay, están contaminadas o no tienen productividad. Este es un elemento muy decidor y diferenciador con otras zonas del país, como la Región de Coquimbo, por ejemplo, donde existe una gran cantidad de áreas dispuestas para la producción y que han tenido importantes resultados, principalmente en la cosecha de locos y el cultivo a pequeña escala.

El conflicto y la crisis son latentes. Las vedas, la constante intromisión de embarcaciones semiindustriales en sectores no habilitados, la pesca bajo talla, el monopolio de la industria y además la escasa intervención social por parte de la institucionalidad pesquera, han puesto en alerta roja no tan solo la continuidad de estos oficios históricos, sino también la sustentabilidad de recursos tan importantes para resguardar la seguridad alimentaria en Chile.

II.

Amanece en el desierto costero de la Región de Antofagasta. Solo se escucha el murmurar del viento y las olas. A lo lejos, cuatro casuchas sin luz, agua ni servicios básicos. Su ciudad más próxima se encuentra a 60 kilómetros por un camino francamente intransitable. Son recolectores de algas y ocupantes del borde costero. Hace unos días un operador de Sernapesca les vino a hablar sobre un Plan de Manejo que poco entendieron. Tienen más de 60 años, prácticamente han vivido en su totalidad al lado del mar, y jamás necesitaron de algún Plan para cuidar lo que ellos consideran su fuente de vida. No forman parte de ninguna organización en la región, ni sindicato ni asociación gremial. Son simplemente algueros o gente de mar, changos que no tienen previsión ni resguardo estatal. Cuentan que la única vez que vino alguien a preguntarles sobre sus condiciones de vida, al terminar su interrogación les ofreció un crédito. La civilización del salvaje moderno. Del olvidado.

III.

Tenía 17 años en ese entonces mi amigo. Un cabro bueno para la pelota pero no así para los estudios. Su fortaleza física lo hacía diestro en las faenas pesqueras de la merluza austral en los canales del sur de Chile. Nacido en la Patagonia, se fue forjando sobre la base de las lluvias constantes, las malas mareas y la rudeza de vivir en este paraje prácticamente inhóspito. Aquí se pesca merluza austral principalmente, pero también congrio dorado y mantarraya. Nada de esto abastece al mercado nacional. Todo se exporta a España, Brasil y otros países compradores. Todo se vende a la industria. El llamado “oro de la Patagonia” a precio de huevo.

En la década de los 80, fueron miles de pescadores, buzos, buscavidas y un largo etcétera los que se aventuraron para estas latitudes del sur austral chileno en búsqueda de éxito y esplendor bajo la bandera de los erizos, locos, cholgas, etc. En esos tiempos había bonanza, como cuando estalla toda fiebre económica. Pero esa bonanza comenzó a mermar, y ya entrando en el siglo XXI, la merluza austral, sostén de tantas familias del litoral aisenino, fue desapareciendo de los espineles. Las poblaciones también fueron mermando, y algunos resistieron el tiempo y las crisis “haciendo patria”, a pesar del olvido que quedó como estela de tiempos mejores.

¿Es el pescador vendible, ese que camina al costado de lo que la institucionalidad quiere, el futuro de la pesca artesanal en Chile? Y, por último, ¿es este sujeto imaginario representativo de la pesca artesanal o solamente se instala como un discurso, como símbolo, como forma? Son preguntas que no solo deben ser planteadas y contestadas desde las disciplinas que trabajan colaborativamente con los pescadores artesanales, sino también desde los propios actores del sector y sobre todo los invisibilizados: los buzos del norte, los algueros de sur, la gente de mar en general.

IV.

La temática, compleja, diversa y multidimensional, nos lleva a plantearnos entonces: ¿es posible definir al pescador artesanal y situarlo en la historia? ¿Podemos construir un sujeto con límites y conceptos claros? Hoy por hoy, tanto la antropología como otras ciencias sociales han intentado acercarse al fenómeno vinculando lo productivo con lo social. Sin embargo, aún persiste el intento de folclorizar al pescador artesanal, y al igual que el Mapuche, el pescador “bueno” es aquel que danza al ritmo del sistema (impuesto, por supuesto, desde la propia sectorialidad). Esta danza es el baile de los proyectos y configuración política instrumental. Ese escenario denostado pero necesario; impuesto y casi obligado para no perderse en la neblina del olvido. Surgen baluartes y símbolos; homenajes necesarios que son un premio a una vida en el mar. Sin duda, todo un aparataje dispuesto para construir a este sujeto “pescador bueno”.

Pero la duda de este cientista social se plantea: ¿es acaso el camino que deben seguir todos los pescadores artesanales en Chile? ¿La visibilización del sujeto histórico es ocultando, negando o bien no mostrando sus conflictos? ¿Es el pescador vendible, ese que camina al costado de lo que la institucionalidad quiere, el futuro de la pesca artesanal en Chile? Y, por último, ¿es este sujeto imaginario representativo de la pesca artesanal o solamente se instala como un discurso, como símbolo, como forma? Son preguntas que no solo deben ser planteadas y contestadas desde las disciplinas que trabajan colaborativamente con los pescadores artesanales, sino también desde los propios actores del sector y sobre todo los invisibilizados: los buzos del norte, los algueros de sur, la gente de mar en general.

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