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La falacia de los méritos

por 27 marzo, 2017

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Existe en el ideario colectivo la idea de que el mérito constituye la vara con la que debe medirse la calificación de las personas para acceder a determinados beneficios, particularmente cuando éstos provienen del Estado.

Convengamos que una primera mirada al concepto parece hacerlo razonable. Si el individuo tiene méritos, tales como ser estudioso, responsable, buen hijo o padre o madre, trabajador, buen vecino, etc., es merecedor de reconocimientos que, para el caso estatal, se traducirían en subsidios, apoyos, becas, etc.

Así, por ejemplo, se podría afirmar que los alumnos del Instituto Nacional son potenciales sujetos de tales beneficios, toda vez que, sin duda alguna, son prometedores estudiantes que alcanzarían niveles laborales, técnicos o universitarios de excelencia. Son buenos alumnos; cómo negarles apoyo si tienen todos los méritos.

¿Y cómo es que estos prometedores jóvenes cuentan con tantos méritos? La respuesta es casi obvia: cuentan con un padre o madre, o ambos, que fomentan en ellos, por ejemplo, el hábito de estudio; viven en un entorno, por ejemplo, donde abunda la literatura; son sujetos de cariño, de preocupación, están bien alimentados (en la mayoría de los casos), lo que redunda en una buena salud. Tienen una cama, un computador, ven a sus padres o cuidadores leyendo, entienden el esfuerzo de los padres o cuidadores, que trabajan por su bienestar integral.

Frente a estos jóvenes meritorios, se encontrarían aquellos que no ostentan tal calidad y, por ende, no serían merecedores de ningún tipo de apoyo, bajo la lógica de que no “quieren” estudiar, o trabajar, o ser útiles a la comunidad, no respetan a sus padres, vecinos, amigos, etc. No tienen méritos, en definitiva.

Insisto, una primera mirada haría concluir lo razonable de tal postura. Sin embargo, dándole más vueltas a tal idea, es posible darse cuenta que no es más que una falacia impregnada de fobias perversas, particularmente al que es pobre. Veamos.

Existe en Chile una realidad que es innegable, y es una realidad que, en mayor o menor medida, ha sido estimulada por esta falaz idea de que los carentes de méritos no los tienen porque no quieren. Son pobres porque quieren, se entregan a la delincuencia porque quieren, se drogan y se alcoholizan porque quieren…

Lo primero que habría que preguntarse es ¿por qué alguien puede carecer de méritos? La respuesta nos llevará, inevitablemente, a un sinnúmero de causas. La evidencia demuestra que tal “carencia” es resultado de otras carencias de carácter material, como las que indiqué más arriba, y de carácter inmaterial, también aludidas antes.

¿Qué hacemos con estas personas carentes de méritos? Piñera propone “olvidarnos” de ellos. “Vamos a otorgar becas para que estudien aquellos que tienen los méritos”, ha gritado a los cuatro vientos; “el que no va a clases perderá la beca”, agrega. ¿Y los otros, los que “no tienen” méritos? Para ellos el olvido, la segregación, el peso de la ley si corresponde.

Existe en Chile una realidad que es innegable, y es una realidad que, en mayor o menor medida, ha sido estimulada por esta falaz idea de que los carentes de méritos no los tienen porque no quieren. Son pobres porque quieren, se entregan a la delincuencia porque quieren, se drogan y se alcoholizan porque quieren…

El mérito, más allá de casos puntuales, no es una cuestión espontánea, no es algo que cualquier persona deba tener simplemente por el hecho de nacer. El mérito es consecuencia de una cadena de circunstancias que adornan la vida de una persona. El darse cuenta de la importancia del mérito exige estímulos, materiales e inmateriales. Y en este país, y en muchos más, tales estímulos no existen y se niegan expresamente. Es como lo de Lavín con los limpia vidrios: carecen de algún mérito como para que estén en una comuna tan prístina, así que olvidémonos de ellos y expulsémoslos de nuestra vista.

Me parece que continuar invocando este absurdo criterio del mérito es simplemente perverso. Precisamente porque queremos que todos tengan los méritos necesarios para llevar una vida decente, es que se debe entregar y garantizar educación para todos, de calidad, gratuita, sin deudas, como un derecho inalienable, inigualable por ser una poderosísima herramienta para salir de la pobreza, para salir de la falta de méritos y, consecuencialmente, salir del olvido en el que han estado por demasiados años, olvido en el que Piñera y sus seguidores quieren mantenerlos.

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