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Escuchar: un desafío para la discusión pública

por 5 abril, 2017

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De un tiempo a esta parte, la discusión pública sobre los llamados temas "valóricos" ha dejado mucho que desear. Entre quienes participan en estos debates predomina, en la mayoría de los casos, un ánimo más de disputa que de diálogo. Pareciera que nadie tiene la menor intención siquiera de escuchar –menos de comprender– las razones que ofrece la contraparte. Y, a la menor provocación, ante el menor desacuerdo, cada uno vuelve a su trinchera para disparar.

Es obvio que lo anterior no lleva a ninguna parte. Y, de hecho, eso es lo que ha ocurrido, por ejemplo, en la tramitación de los proyectos de aborto e identidad de género. No se trata, en todo caso, de obviar las diferencias o pedir que cada uno ceda en aspectos que considera irrenunciables. Se trata de tener una actitud distinta, de no ver al otro simplemente como enemigo.

Además (¿habrá que decirlo?), no es cierto que, incluso en medio de las discusiones más complejas y radicales, no existan puntos de acuerdos, aunque sean mínimos, en donde sí se puede avanzar. Muchas veces nos conformamos con la primera impresión para confirmar el prejuicio y volver al ataque. El peligro de esto es indudable: crear discusiones fantasmas, dar palos de ciego, convertir al oponente político en un mono de paja. Esto, lógicamente, termina por dañar nuestra discusión pública y alejar las posiciones más de lo que en realidad están. Por otro lado, este clima de irracionalidad es un caldo de cultivo para que las opiniones más insensatas predominen y las voces ponderadas y meditadas sean silenciadas.

¿Cómo superar todo esto?

Por de pronto, es necesario cambiar la forma en que nos aproximamos a las posturas que divergen de la propia. Ello implica un trabajo personal, de carácter. En la medida en que cada uno comience a escuchar antes que criticar, a estar abierto intelectualmente a encontrarle la razón al otro, se habrá dado un paso no menor. Algo que conviene tener presente es que detrás de toda postura siempre –o casi siempre– subyace un valor que se desea resguardar. En el caso del aborto –por poner un ejemplo extremo– quienes lo promueven lo hacen en defensa de la libertad de la mujer y quienes se oponen argumentan en favor de la vida del que está por nacer. Ambos consideran que hacen lo correcto, desde dos valores morales distintos, sin perjuicio que divergen en sus conclusiones. Es evidente que uno está equivocado y el otro no. Pero también es evidente que el binomio “buenos y malos”, por más atractivo que sea desde el punto de vista retórico, no logra reflejar el trasfondo de las diferencias, convirtiendo en triviales ambas categorías.

 Urge que demos un paso hacia la sensatez, antes que estas discusiones que, en rigor, son las más relevantes para cualquier sociedad, dejen de tener sentido. Quizá un primer paso consiste en dejar de llamar homofóbico a todos los que están en contra –con buenas razones políticas y morales– de las demandas del movimiento de la diversidad sexual, de la misma manera que hay que terminar con la costumbre de llamar ideología de género (a estas alturas cabe preguntarse a qué se quiere aludir con esta expresión) a cada propuesta que no se alinea con la visión tradicional del matrimonio y la familia.

Urge que demos un paso hacia la sensatez, antes que estas discusiones que, en rigor, son las más relevantes para cualquier sociedad, dejen de tener sentido. Quizá un primer paso consiste en dejar de llamar homofóbico a todos los que están en contra –con buenas razones políticas y morales– de las demandas del movimiento de la diversidad sexual, de la misma manera que hay que terminar con la costumbre de llamar ideología de género (a estas alturas cabe preguntarse a qué se quiere aludir con esta expresión) a cada propuesta que no se alinea con la visión tradicional del matrimonio y la familia.

A todos nos compete hacernos cargo de este desafío que tiene que ver, a fin de cuentas, con cuidar nuestra democracia.

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