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Gabriel Boric y la duda política

por 16 mayo, 2017

Gabriel Boric y la duda política
Una de las preguntas que surge de la frase “en política, la duda debe seguir a la convicción como una sombra”, con la que Boric parafraseó a Camus, es ¿por qué si defiende una política de la duda parece reprobar tanto a los que dudaron antes que él? A Lagos, a Aylwin, a Boeninger. A Foxley, a Brunner, a Cavallo. ¿Por qué se aferra a los avances de un antiliberalismo estatista, racionalista y teológico, y descarta, en cambio, las ideas socialistas más moderadas y de una epistemología más humilde, delineadas, por ejemplo, por Landerretche? ¿Por qué, en otras palabras, aparece más bien alineado con una izquierda que no duda, y que se enorgullece de aquello? ¿Es que acaso no duda, en realidad?
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En el contexto de una discusión con quienes desde el mundo progresista acusan al Frente Amplio de purismo y radicalismo juvenil, el diputado Gabriel Boric cerró una columna con una idea de Albert Camus que consideraba su frase de cabecera: “En política, la duda debe seguir a la convicción como una sombra”.

La frase, escrita por un intelectual que fue excomulgado y ninguneado por la izquierda francesa de su época por negarse a defender el estalinismo cuando estaba de moda, suena bastante inocente. Sin embargo, es de una radicalidad enorme, pues ¿cómo estar convencido de algo respecto a lo que se duda? ¿Qué tipo de convicción es esa? Bien podrían pensar algunos que lo planteado es una simple contradicción, una pieza de retórica vacía. Sin embargo, no lo es.

Autores de la talla de Ernest Gellner, Gianni Vattimo, Amitai Etzioni y Richard Rorty han tratado justamente de explicar qué implicaría algo así. Todos proponen una especie de “compromiso irónico” con la propia forma de vida. Es decir, la aceptación de la contingencia de las formas de vida en el mundo –incluyendo la propia–, para incorporarla dentro de la disposición hacia ese mundo.

De esta manera, nos dice Gellner, el mundo en que vivimos pasa a ser experimentado como “provisional, válido solo si se utiliza como un apunte rápido diario, pero inadecuado cuando hay que hacer frente a cuestiones trascendentales”. Y eso, a su vez, no significa que dejen de existir convicciones respecto a estas cuestiones, sino que “la cooperación social, la lealtad y la solidaridad ya no presuponen una fe compartida (…) de hecho, pueden presuponer la ausencia de una convicción plenamente compartida y seria e inequívocamente sostenida e, incluso, quizás, lo que requieren es la duda compartida”, coexistiendo, entonces, la seguridad de las convicciones y el pensamiento interno con el reconocimiento de la legitimidad de la duda última.

Este tipo de aproximación ha sido delineado en nuestro país por pensadores como Aldo Mascareño (“ética de la contingencia”) y Andrés Murillo. La idea de “confianza lúcida”, defendida por este último, es particularmente clara como un ejemplo de esta “convicción que duda”: “Es necesario, nos dice, que la lucidez de la confianza tome constantemente distancia de sí misma a partir de su espacio, y la someta a una mirada crítica, como si se tratara de otros. Esa distancia, que no es otra cosa que el espacio propio de la lucidez, permite tomar partido, discernir la realidad, hallarse en el mundo y orientarse (…) por eso la confianza lúcida no solo deja espacio, sino que necesita, requiere de la crítica y de la autocrítica constantes. La distancia y la crítica constituyen la fuerza de su compromiso lúcido”. 

Guste o no, el postulado de una convicción seguida de una sombra de duda nos lleva hacia una especie de “pensamiento débil” mezclado con conservadurismo reformista. A un mundo político de búsqueda de consensos pluralistas y de transacciones tolerantes. Hacia la moderación reformista. Y hacia un discurso político y una política pública mucho más prospectiva, exploratoria y participativa. Algo así como el anarquismo de James Scott que, citando a un conservador inglés como Michael Oakeshott, termina defendiendo a la pequeña empresa y a la rebelión local, mientras critica la planificación estatal.

Este compromiso irónico, a su vez, se diferencia de un mero relativismo del “todo vale”, ya que excluye necesariamente a aquellas costumbres y creencias orientadas a la mutilación del otro, a la degradación de las instituciones y a la supresión de toda duda. Una sociedad como esa, en teoría, no tendría más enemigos que aquellos que no soporten la legitimidad de la duda ajena respecto a sus propias creencias.

La disposición política con la que el diputado Boric se identifica, entonces, existe. Al menos como idea. Pero, despejado ese problema, emerge otro: el de la compatibilidad entre dicha idea y la tradición, o las tradiciones, de la izquierda que el diputado representa, y que reivindica en su columna como una forma de mostrar que el Frente Amplio no cree haber nacido ayer.

¿No se caracteriza acaso la izquierda del diputado por mantener convicciones radicales y más bien excluyentes? ¿No les preocupa mucho más que reine a rajatabla el principio de mayoría, antes que defender la diversidad de formas de vida, muchas de ellas minoritarias? ¿No ha defendido, a diferencia de Camus, proyectos autoritarios que se mostraban como benignos, pero cuya proyección totalitaria podía ser advertida, como el de la Venezuela chavista? ¿No siguen usando campantemente la palabra “revolución”, que Camus excluyó de su léxico justamente por contener el soberbio postulado de saber cómo reorganizar el mundo? ¿No le siguen asignando al dirigismo estatal y la planificación central un enorme rol, equivalente al que la derecha economicista asigna al mercado? ¿No es una izquierda que entiende la coherencia con los ideales mucho más como invariabilidad que de manera explorativa y curiosa? ¿No es una izquierda que valora mucho más a Gladys Marín que a Ricardo Lagos? ¿No conciben su proyecto político más bien como la instalación de un “modelo” que sea el equivalente negativo al “modelo” de la dictadura, en vez de como una superación de la lógica dirigista y constructivista implícita en esas visiones? ¿No era la vieja Concertación, en su mejor versión, algo mucho más parecido a una izquierda abierta a la duda, comprometida irónicamente, que el Frente Amplio?

Y es que, guste o no, el postulado de una convicción seguida de una sombra de duda nos lleva hacia una especie de “pensamiento débil” mezclado con conservadurismo reformista. A un mundo político de búsqueda de consensos pluralistas y de transacciones tolerantes. Hacia la moderación reformista. Y hacia un discurso político y una política pública mucho más prospectiva, exploratoria y participativa. Algo así como el anarquismo de James Scott que, citando a un conservador inglés como Michael Oakeshott, termina defendiendo a la pequeña empresa y a la rebelión local, mientras critica la planificación estatal.

O como el “socialismo de espuma” de Óscar Landerretche, quien advierte en la conclusión de su último libro que “a estas alturas deberíamos saber, en todo caso, que los proyectos totalizantes, únicos, que quieren desafiar al capitalismo y presentarse como un modo de revertir sus consecuencias culturales están, en gran medida, destinados al fracaso. Una estructura cultural particular es, al final, demasiado frágil frente a un mundo en constante destrucción creativa. Es muy probable que los feroces oleajes de la modernidad capitalista terminen por derrotarla, como hicieron con ese edificio monumental de certezas y convicciones que fue el comunismo real”.

Para cerrar, entonces, mi pregunta es ¿por qué si el diputado Boric defiende una política de la duda, parece reprobar tanto a los que dudaron antes que él? A Lagos, a Aylwin, a Boeninger. A Foxley, a Brunner, a Cavallo. ¿Por qué se aferra a los avances de un antiliberalismo estatista, racionalista y teológico, y descarta, en cambio, las ideas socialistas más moderadas y de una epistemología más humilde, delineadas, por ejemplo, por Landerretche? ¿Por qué, en otras palabras, aparece más bien alineado con una izquierda que no duda, y que se enorgullece de aquello? ¿Es que acaso no duda, en realidad?

¿O será que en realidad es heredero de la izquierda que dudó antes que él, pero no lo puede reconocer, así como, en palabras de Boeninger, la Concertación no podía reconocer que valoraba algunas de las instituciones heredadas de la dictadura?

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