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El sexismo oculto del «primer» liceo del país

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Por: Camilo Vergara, Coordinador de 4ºs medios, Instituto Nacional


Señor Director:

El ‘primer’ liceo de Chile sólo se queda primero en términos temporales. La ‘tradición’ que hace que el Instituto Nacional sea sólo de hombres se remonta a cuando el cura jesuita Camilo Henríquez replicó el modelo de enseñanza de su orden religiosa en una figura ‘republicana’, haciendo de la educación una opción solo para los hombres.

Desde aquel punto a la actualidad, el aislamiento que perciben los estudiantes del nacional tiene consecuencias durante toda la estancia de los compañeros en el liceo. En primer lugar es necesario aclarar que existen 2 jornadas lectivas (jornada tarde y jornada mañana) donde la jornada de la tarde es para los más pequeños (7mo, 8vo y 1ero medio) y la de la mañana es para 2dos, 3eros y 4tos medios. Esto obliga a los sujetos en formación, a pasar los primeros 3 años del liceo alejados de cualquier contacto con una mujer, salvo por la posibilidad de ir una vez a la semana a buscar a compañeras de otros liceos. Luego, este problema se manifiesta en que exista una validación del sexo masculino como sujeto ‘par’ y una distorsión de la mujer a una figura sexualizada o idealizada dependiendo de cada caso.

Otros elementos que influyen tienen que ver con la relación que se genera entre los integrantes de la comunidad, donde los profesores hombres se convierten en catalizadores del machismo originario de los compañeros fomentando la sexualización y por sobre todo la misoginia, no solo en un discurso sexista, sino que además, en un discurso chauvinista que profundiza la validación exclusiva del hombre como sujeto par mencionada anteriormente, pues la reivindicación del rol del Instituto Nacional, alude a su vez su carácter elitista y la capacidad que ha tenido de posicionar en la ‘alcurnia’ o en el poder a ‘institutanos’ en desmedro de todas las mujeres que potencialmente pudieron haber entrado en esta mini elite.

Además, la relación que suelen desarrollar los estudiantes resulta diametralmente distinta entre ‘profesores’ y ‘profesoras’, pues los profesores suelen tomar ciertas libertades en el día a día, que van desde la vulgarización del lenguaje hasta ataques directos a compañeros -realidad que ha ido en declive, más no ha sido erradicada, pues ahora tiende a darse en situaciones puntuales, a diferencia del pasado, donde incluso podría hablarse de matonaje desde el profesor al alumno-. Todas estas libertades nunca son vistas en profesoras, donde el contexto y la asimetría de género inculcada en los estudiantes obligan a las docentes a ser mucho más limitadas al momento de relacionarse en su ambiente laboral.

Otro punto que pese a la magnitud de su importancia es algo que al interior del liceo ni siquiera es tratado; las disidencias sexuales no han sido visibilizadas, las relaciones de amor que se dan entre compañeros difícilmente se ven al interior de los pasillos o salas de clases, siendo contados los casos en que deciden ser expuestas, probablemente por temor o para pasar lo más desapercibidos posibles ante compañeros y profesores que no escatiman en comentarios homofóbicos.

La normalización de todas estas situaciones hacen imposible la citación de ejemplos concretos, pues son situaciones que a todos nos ha tocado ver en nuestro paso por el liceo; por lo general lo descrito aquí recibe una justificación o legitimación, implantando una lógica de no polemizar frente a las agresiones que se viven día a día tanto hacia profesoras y compañeros.

Al final del día si se tiene que hacer un balance, es posible apreciar que el espacio que ofrece el Instituto Nacional para jóvenes en formación tiene una capacidad de generar paradigmas que limitan una óptima formación e inserción social, aquella que debería ser la máxima de todo establecimiento de educación pública.

Le saluda cordialmente,

Camilo Vergara
Coordinador de 4ºs medios, Instituto Nacional

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