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La UMCE: el Pedagógico que Chile espera

por 13 junio, 2017

La UMCE: el Pedagógico que Chile espera
Como lo he dicho innumerables veces, la política de educación en Chile es la política del y para el desastre. El Pedagógico, la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación (UMCE), sería lo que debe y está llamada a ser: un faro de excelencia pedagógica, un laboratorio de innovación didáctica y una cuna de transformación psico-socio-educativa. No lo es, pero lo podría ser. Y no lo es, sobre todo, por razones políticoestructurales, pero también por una pésima concepción de lo que debe ser conducir una universidad pública tan trascendente como esa.
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Si estuviésemos en Finlandia, la UMCE sería la universidad más importante del país. No hay dudas. Si estuviésemos en un país, no como este, como Chile, que les ha hecho a la educación, la pedagogía y al profesorado un daño tan profundo y radical, las cosas serían completamente distintas. Para empezar, la universidad responsable de formar a las y los profesores del país, la UMCE, no estaría en la situación conflictiva, problemática y a veces hasta caótica en la que está.

El Pedagógico, la UMCE, sería lo que debe y está llamada a ser: un faro de excelencia pedagógica, un laboratorio de innovación didáctica y una cuna de transformación psico-socio-educativa. No lo es, pero lo podría ser. Y no lo es, sobre todo, por razones políticoestructurales, pero también por una pésima concepción de lo que debe ser conducir una universidad pública tan trascendente como esa.

Uno de los problemas endémicos de muchas de las universidades públicas del país es un estilo de gestión autoritario, heredero del régimen dictatorial, que impuso un modelo de gobernanza altamente jerárquico y vertical. En un mundo en el que la educación es un bien de consumo y un bien de inversión, ese estilo autoritario se fagocita además perfectamente con un modelo de gestión gerencial, casi de manera natural y espontánea.

Si las autoridades unipersonales (rectores, decanos, directores) no son capaces de tomar perspectiva crítica de ese modelo gerencial-autoritario, es decir, si no son capaces de dotar de sentido académico-universitario a su gestión y a su liderazgo, las instituciones universitarias se pueden volver fácilmente en cuna para el desarrollo de populismos autoritarios clientelares o en cajas de resonancia del modelo neoliberal de educación. La UMCE también tiene estos problemas y los encarnan, consciente o inconscientemente, a juicio del diagnóstico de muchos de sus académicos, las actuales autoridades del plantel.

Hoy la UMCE se encuentra internamente en una dinámica electoral, por su rectoría, que la ubica en la clásica encrucijada entre el continuismo y la posibilidad de abrir las ventanas para que entre un aire fresco, renovado y con mayor sentido universitario a como está hoy –por la razones que sean–, un poco entrampada en un autoritarismo ramplón. Desde la UMCE puede y debe nacer una voz que le hable, a este país de subdesarrollo exitoso, sobre la trascendencia de la educación y sobre la trascendencia de la formación de futuros profesores.

Sin embargo, la UMCE es una universidad pública que, en relación con el resto de las universidades del país, debiese ocupar un rol central, prioritario y estratégico en la configuración de la política pública educacional, tanto para el corto como para el mediano y largo plazos. Es sencillamente fundamental. Es la universidad que forma profesores por excelencia, en un país que tiene clavadas en el corazón de su economía dos espadas altamente letales: por un lado, somos un país profundamente desigual en lo económico y también en lo cultural; pero, por el otro, somos un país “cobre-dependiente”, con una economía extractivista de empresarios altamente rentistas, es decir, un país donde la inteligencia productiva –aquello que solo puede nacer de una buena educación– está en un subdesarrollo tal, que solo nos hace pensar en un futuro no muy halagüeño. En una perspectiva así, una universidad como la UMCE se vuelve trascendental.

Pero la política todavía no entiende esto. Las direcciones, facultades y escuelas de educación en las universidades públicas tienen deficiencias ya desde su infraestructura, que son francamente escandalosas. Clases en containers, convivencia cotidiana con roedores, patios (pastos) transformados en salas de estudio y recreación (muchas veces desmesurada), baños indignos... Ausencia de laboratorios ad hoc para la formación de profesores; ausencia, a fin de cuentas, de espacios donde solo la inteligencia pedagógica, la innovación didáctica y el sentido educativo brillen por su presencia, transformándose en los lugares propicios en que nazcan los profesores de ciencia y matemáticas, así como los de lenguaje o filosofía, y qué decir los de arte, música y educación física que el país, hoy más que nunca, necesita.

Como lo he dicho en innumerables veces, la política de educación en Chile es la política del y para el desastre.

Pues bien, hoy la UMCE se encuentra internamente en una dinámica electoral, por su rectoría, que la ubica en la clásica encrucijada entre el continuismo y la posibilidad de abrir las ventanas para que entre un aire fresco, renovado y con mayor sentido universitario a como está hoy –por la razones que sean–, un poco entrampada en un autoritarismo ramplón. Desde la UMCE puede y debe nacer una voz que le hable, a este país de subdesarrollo exitoso, sobre la trascendencia de la educación y sobre la trascendencia de la formación de futuros profesores.

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