Acerca de la idea de patrimonio
Señor Director:
Hace poco se celebró el mes del patrimonio y hace más poco aún –y paradójicamente- se dio cuenta de varios casos de vulnerabilidad patrimonial en todo el país: la conservación de la Casa de Italia, en Viña del Mar; el riesgo en que está la fábrica de Bellavista Oveja Tomé, en la Región del Biobío, y la bullada controversia en torno a la Villa San Luis, en Santiago. Todos son ejemplos que dan pie para hablar de un concepto arraigado hace décadas en el mundo, pero valorado desde hace muy poco en Chile: el patrimonio que como idea universal se identifica con un conjunto de bienes y derechos, cargas y obligaciones pertenecientes a una persona, física o jurídica. Es un latinismo surgido del derecho romano que en concreto se refiere a lo recibido por línea paterna. Se refiere a una estimación económica que con el tiempo ha ido modificándose en relación a otros aspectos de la sociedad como la cultura y la política.
Surgió el patrimonio cultural, aspecto subjetivo y dinámico que no depende de los bienes en sí mismos, sino de los valores que la sociedad le atribuye a un objeto en un momento de la historia, determinado qué es lo que hay que proteger y conservar para la posteridad. Más tarde, y junto con la emergencia de fenómenos como la globalización, se comenzó a hablar de patrimonio cultural inmaterial. La Unesco lo define como lo concerniente a las tradiciones orales, artes del espectáculo, usos sociales, rituales, actos festivos, conocimientos y prácticas relativas a la naturaleza y el universo, saberes y técnicas vinculados a la artesanía tradicional.
Cada sociedad, todo individuo, empresa y organización poseen una relación patrimonial con aquello que recibe por herencia, logra con su esfuerzo o acumula por disciplina e interés. Estos diferentes niveles de patrimonio personal y colectivo, material o inmaterial, van definiendo constantemente las acciones e ideas que logran las diversas identidades sociales. Estas valoraciones colectivas solo pueden trascender si, efectivamente, son divulgadas y compartidas permanentemente. La idea de un patrimonio monumental y estático que dominaba las primeras definiciones en torno al concepto, dio paso a uno donde se reconoce lo cotidiano y lo simple, la forma de vivir y sus contextos, exigiendo muchas veces la mediación y el acuerdo entre las diferentes partes involucradas. Es por ejemplo lo que ocurrió en El Olivar – el hallazgo arqueológico ubicado a cuatro kilómetros de La Serena, en la ruta que une esta ciudad con Vallenar-, donde se ha debido conciliar el pasado y el presente gestando un acuerdo entre la concesionaria de las obras viales ahí ejecutadas y el Consejo de Monumentos. Un ejemplo de negociación en post de la protección patrimonial que debiera replicarse en otras situaciones similares, como la discusión en torno a la Villa San Luis.
Lo importante de todo esto es comprender que hoy el patrimonio debe entenderse como un concepto vital y en transformación permanente, pero sobre todo comunitario. Más allá de objetos inertes, se impulsa la protección de sistemas más complejos: zonas urbanas, barrios o asentamientos en los que la sociedad se reconoce y en los que pueden seguir significándose de manera activa –en la Casa de Italia de Viña de Mar lo hace toda una colectividad de inmigrantes de ese país. Lo que ahora se manifiesta será en el futuro una señal, una idea que nos permitirá identificarnos y conocernos. Cualquier patrimonio colectivo que sea secuestrado, ocultado, encapsulado o negado al resto de los cuerpos sociales es un acto de barbarie y de una egoísta pretensión de que sólo el patrimonio económico –el interés por el que suele ser devastada la cultura y sus expresiones- consolida al individuo socialmente.
Rodrigo García
Académico Facultad de Arquitectura, Arte y Diseño
Universidad Diego Portales