¿Los hijos de…?
Señor Director:
Se equivocó Bachelet. Se lo dice un joven candidato a Diputado del Frente Amplio que vive en la misma población de Renca que lo vio nacer. No existe ministro o subsecretario al que tenga por padre o madre y no soy hijo de un tecnócrata siquiera de mediana factura en el aparato público. Provengo de una familia trabajadora y participo del debate público desde mi carácter popular. Así ocurrió cuando fui dirigente de mi liceo y así seguirá siendo.
Con sus dichos, la Presidenta entró en terreno peligroso, pues ha de saber que, si de herederos políticos se trata, hay más paño que cortar en la Nueva Mayoría y en Chile Vamos. Creo más pertinente, sin embargo, pasar de la chimuchina al tema de fondo, cual es la composición de clase de los partidos y el carácter elitista de nuestra política nacional.
Cualquier intento de caracterizar homogéneamente un partido o coalición corre el riesgo de construir una caricatura. Sin embargo, es un recurso político frecuente que busca reducir complejidad en el relato político para hacer sentido. La realidad, en cambio, es que el Frente Amplio es más diverso que lo sugerido por la Presidenta. Conforme suma voluntades, nuestra emergente coalición se irá tornando, sin lugar a dudas, cada vez más robusta y diversa.
Certera o no en la problematización, asertiva o no en caracterizar la dimensión del fenómeno que insinúa, la Presidenta Bachelet puso sobre la mesa un aspecto que se revela como desafío cierto para todo actor democratizador que sea emergente: cómo sortear la amenaza de la oligarquización política que pretende combatir.
Ciertamente el problema no es nuevo. Los partidos que hoy están en crisis – y que llamamos con frecuencia “partidos tradicionales” – nacieron poniendo fin al dominio de los partidos conservadores y liberales. Este proceso se vivió en diversos países del mundo, cada cual con su particularidad, dando pie a una nueva disputa por la hegemonía entre partidos modernos.
A la formación de dichos partidos concurrieron no pocos ciudadanos provenientes de la oligarquía y de la aristocracia en crisis.
Entre aquellos, con certeza, hijos de militantes de los gastados partidos del pasado y de la burguesía. Sin ir más lejos, un ejemplo de lo anterior es el partido de la Presidenta. A su constitución concurrieron apellidos como Schnake y Matte – por nombrar solo algunos – y otros tantos próceres intelectuales de izquierda y profesionales de diversas áreas. Distinto era el caso del POS – organización que dio origen al Partido Comunista – cuya extracción de clase era marcadamente obrera y principalmente salitrera.
En un país tan oligárquico como el de entonces, no era cosa rara que la formación de partidos nuevos contara entre sus filas a miembros de la élite. Pero a cada uno de estos personajes de nuestra historia, con todo y su diversa procedencia, se les juzga no por ello sino por sus ideas y su contribución a un país más igualitario.
Sería injusto también negar que estos instrumentos políticos con su impronta democratizadora allanaron camino para que actores sociales históricamente excluidos pudieran acceder a puestos de enorme relevancia nacional. Ejemplificando todavía con el partido de la Presidenta, junto a profesionales de la talla del joven parlamentario y médico Carlos Lorca hubo también un Exequiel Ponce, obrero portuario miembro de la Comisión Política del PS o un joven Rolando Calderón (reciente
Gobernador de Bachelet) que con 27 años de edad llegó a Ministro de Agricultura del Presidente Salvador Allende.
La tensión suscitada entre la reproducción o superación de los rasgos oligárquicos no es un fenómeno nuevo. Es un asunto propio de los cambios de ciclo político, del cambio generacional y del agotamiento progresivo de las otrora ideas dominantes.
Pero, dado el carácter estructural de la desigualdad de nuestras sociedades, desafortunadamente el cambio de ciclo político no siempre involucra un cambio en el tipo de actor que encabeza el nuevo periodo.
Como Frente Amplio debemos pensar en este tipo de cosas para conformar un proyecto que, independiente de la diversidad de sus componentes, pueda dar protagonismo y proyección a los sectores tradicionalmente excluidos. Con la incómoda soberbia e insolencia que tuvieron los partidos nacidos en siglo XX para desplazar a los sostenedores del régimen oligárquico, las organizaciones que hoy damos vida al Frente Amplio buscamos ganar el espacio para realizar las promesas incumplidas por estos partidos re-oligarquizados. Tenemos en ello más un desafío que un destino asegurado.
Con todo, se equivocó la Presidenta. Que el Frente Amplio es un espacio de retoños del arcoíris concertacionista es una simplificación que riñe con la verdad. Quien escribe es el ejemplo de aquello.
Pero, en lugar de enfadarse, hay que tomar las palabras de Bachelet – independiente de la intencionalidad política que tuvieron – como una alerta necesaria en este camino. Desde estos desafíos, aspiro a que el Frente Amplio no sea la reproducción de una política elitaria sino un espacio de proyección popular. Con el Frente Amplio ha nacido un nuevo actor político que sin duda enfrentará este tipo de dilemas. Y como tantos dirigentes sociales, estoy aquí porque tenemos la convicción de no ser pivotes en la sustitución de una élite por otra sino en que el Frente Amplio es una oportunidad para que los sectores populares sean protagonistas de la historia como no se les ha permitido en décadas. Con este objetivo claro disputo las primarias este 2 de julio y competiré en las parlamentarias de noviembre: para ganarle a la derecha y llevar al parlamento la voz de los sectores populares, de los postergados de siempre, de la mayoría de los chilenos que trabajan por un futuro mejor para sus familias y para las generaciones futuras.
Amador Sepúlveda
Candidato a Diputado del Frente Amplio por el Movimiento Autonomista en el Distrito 9