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La nueva Torre de Babel

por 11 julio, 2017

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La renovación ideológica de la izquierda es unos de los hechos más fascinantes del último decenio del siglo veinte. Chantal Mouffe escribió un artículo, a fines de los años ochenta, en el cual instaba a los seguidores de Marx a abandonar el discurso de izquierda típico de la centuria pasada y, simultáneamente, los exhortaba a tomar, en su reemplazo, las banderas del posmodernismo. En esos años la posmodernidad se visualizaba como un horizonte de esperanza, de concreción del pluralismo y de una razonable flexibilidad. Con ella simpatizaban no pocos conservadores, incluso en Chile.

Un cuarto de siglo después, ese suspiro de alivio suscitado por el arribo de la posmodernidad se ha transmutado en un resuello de angustia. El ocaso de la modernidad implicaba decir adiós a las rigideces del racionalismo (con sus respetivas pretensiones de universalidad) y abominar del autoritarismo y, especialmente, del episodio del totalitarismo. Así, la posmodernidad era la promesa del advenimiento del pluralismo, de la mesura, de la prudencia, del sentido práctico, del buen vivir, en definitiva, de la paz espontánea y duradera. Atrás quedaban los integrismos y las ideologías totalitarias. Era la hora del liberalismo. La tesis del fin de la historia de Francis Fukuyama parecía plausible. El liberalismo se expandía y, a la vez, se diluía plácidamente como una gota de tinta en un vaso de agua.

En el cuatrienio 1988-1991 soplaba una suave brisa impregnada de aromas de confianza en el porvenir, de una sensata alegría y de una auspiciosa serenidad. Las dictaduras se derrumbaban de manera súbita —casi todas sin derramamiento de sangre—; la Guerra Fría llegaba a su fin; los muros —los físicos y los mentales— se agrietaban, se derruían y, finalmente, caían. Había, sin duda alguna, motivos para albergar ilusiones y tener esperanzas. Reinaba el optimismo. Recordar, en un ambiente así, la frase que Iván Karamazov le espeta a su hermano Aliosha —cuando aquél le dice a éste que los hombres hacen todo lo posible por romper sus cadenas, para alcanzar su libertad, pero en cuanto lo logran su principal preocupación es saber ante quién tienen que inclinarse—, hubiese sido un despropósito, una impertinencia propia de un aguafiestas.

Pero ¿por qué se frustraron las esperanzas?, ¿qué suscitó el cambio de los ánimos? Siguiendo la alegoría de Iván Karamazov bien se podría decir que lo que sobrevino después del venturoso cuatrienio fue la imperceptible construcción de la segunda Torre de Babel, esto es, la edificación del sistema neoliberal.

Los moradores de la Torre de Babel claman, ahora, por un pastor que guie y apaciente al rebaño; prefieren el pan de la tierra al pan del cielo (exigen regalías; las consideran un derecho) y puesto que están aterrorizados por sus propios congéneres aúllan por seguridad. Tal como lo vaticinó Fedor Dostoiewsky, en 1880, en “La leyenda del Gran Inquisidor”, los rebeldes al no saber qué hacer con la libertad desesperan y, en seguida, claman por el retorno de un poder ordenador, por el retorno del Gran Inquisidor. Los rebeldes no están a la altura de la libertad con la que deliran. No están a la altura del liberalismo que los embriaga, en cuanto no cumplen con las exigencias que éste les impone a sí mismo como individuos. Por eso, el liberalismo deviene en neoliberalismo.
Siguiendo la lógica del argumento ficcional de Iván Karamazov, bien podría decirse, desde el punto de vista del personaje el Gran Inquisidor, que Jesús sería un liberal. No sólo porque vino a predicar la libertad, sino que también por su concepción excesivamente optimista de la naturaleza humana. De hecho, uno de los reproches más duros que el cardenal inquisidor le efectúa al nazareno es el ser un mal conocedor de la naturaleza humana. Por cierto, de acuerdo al relato de Iván Karamazov, Jesús vino a predicar la libertad y el resultado de esa perorata fue un desastre. ¿Ese mismo reproche, acaso, no se le puede espetar al liberalismo?

La Torre de Babel, es decir el individualismo neoliberal, es incompatible no sólo con la idea de comunidad, también lo es con la de sociedad. La sociedad es una alambicada construcción del liberalismo, no del neoliberalismo. Si todos los individuos se rigieran sólo por la racionalidad neoliberal la sociedad no existiría, porque no están dadas las condiciones de posibilidad para que ella prospere.

La sociedad, en el más excelso sentido de la palabra, es liberal. Pero no toda sociedad merece llamarse sociedad. Una sociedad es algo diferente de un conglomerado como, asimismo, de una muchedumbre o de la sumatoria de individuos que habita en un espacio. La sociedad es un tipo sociabilidad típicamente liberal. Para que esta afirmación se comprenda hay que tener presente que el liberalismo (que es la ideología del gentleman) es un tipo de pensamiento que presupone la existencia de los aristoi, es decir, de aquellos sujetos que poseen la areté. Entendida esta última palabra, simultáneamente, como control sobre sí mismo, como circunspección y también, en algunos casos, como sabiduría o señorío.

Por consiguiente, para que alguien pueda calificarse en propiedad de liberal requiere, previamente, cumplir con dos condiciones (exigencias) mínimas: el autoconocimiento de sí mismo y la autocontención o dominio de sí mismo. Dicho en una sola palabra para ser liberal es un requisito sine qua non ser prudente. La práctica del liberalismo requiere de hombres sumamente educados, criteriosos, autodisciplinados, cultivados, civilizados, o sea prudentes. Por eso, tiene razón John Stuart Mill cuando dice que el liberalismo no es para bárbaros ni para pueblos infantilizados y que es sólo aplicable a aquellos individuos que hayan alcanzado la madurez de sus facultades.

Los moradores de la Torre de Babel claman, ahora, por un pastor que guie y apaciente al rebaño; prefieren el pan de la tierra al pan del cielo (exigen regalías; las consideran un derecho) y puesto que están aterrorizados por sus propios congéneres aúllan por seguridad.

El liberalismo es un producto del refinamiento cultural. Cuando el liberalismo fue confiscado por los mercaderes, cuando se lo apropiaron los bárbaros y cuando devino en un credo de masas se transmutó en su opuesto, a saber: en neoliberalismo. Uno de los ejemplos emblemáticos del neoliberalismo económico, social y cultural es (para mí) el troglodita motorizado. Ese sujeto que, en torno a la media noche, se desplaza a alta velocidad en su motocicleta con un tubo de escape libre (peor aún, con un tronador o bramador) y que al hacerlo activa las alarmas de los automóviles y despierta al vecindario, cuando éste se dispone a entrar en sueño profundo.
Ese hombre no es un liberal. Es un neoliberal. Un bárbaro sobre ruedas. Él carece de autocontención. No tiene ningún respeto por el prójimo. Es la encarnación de la imprudencia absoluta. En él rebosa de manera ostentosa la prepotencia del yo (en la acepción más tosca de tal pronombre personal), el egoísmo desenfrenado y el individualismo desbocado.

Suele decirse que el liberalismo es antipolítico. En parte es así. Pero sólo en parte. No lo es porque niegue a los otros, sino porque reniega de la rudeza de las relaciones de poder. Por eso, entre otras cosas, es pacifista. No obstante, a la vez, es profundamente político, si se entiende la palabra política como sinónimo de diálogo, deliberación y negociación, sin coerción.

Pero eso no es todo. El liberalismo —ya sea como como ideal de vida, como ideal cultural o como una variante del humanismo— supone seres humanos excelsos o que, por lo menos, puedan alcanzar la excelsitud. Pero, como diría Maquiavelo, la condición humana no consciente tanta perfección. Por eso, difícilmente puede adquirir dimensiones masivas. Así lo insinuó Leo Strauss en un perspicaz ensayo referente a la educación liberal. En consecuencia, ser liberal es un difícil desafío. El liberalismo, en definitiva, no es para cualquiera. Bien podría decirse, entonces, que el neoliberalismo es la negación del liberalismo. O, quizás, sería más prudente decir que el neoliberalismo es (simplemente) el liberalismo desvirtuado y masificado.

Desde tal punto de vista —y prescindiendo del asunto concerniente a la propiedad—, no resulta del todo inoficioso preguntarse: ¿qué tiene de liberal el neoliberalismo? Asimismo, también sería pertinente preguntarse: ¿por qué el neoliberalismo (como modo de vida, como concepción de mundo) ha logrado echar raíces en nuestro país?, ¿por qué se ha aclimatado tan bien en este rincón del mundo?

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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