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Educación: la sugestión de superioridad

por 26 julio, 2017

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Quienes forman la escuela tienen la capacidad de marcar a sus estudiantes a través de la persistente reiteración de un conjunto de ideas que se graban en sus mentes. A Gabriela Mistral la obsesionaba este peligroso poder de la escuela. A comienzos del siglo XX trató de denunciar la sugestión de inferioridad, ese resultado negativo que iba encontrando en las escuelas para los niños más necesitados.

Uno de los pecados de nuestro sistema educativo durante décadas ha sido enseñar a muchos estudiantes la resignación. Voz pasiva que el sistema grabó cancelando el potencial que cada ser humano trae para ser el narrador de su propia vida. Aún puede escucharse: “No pueden más, para qué exigirles”, “Qué van a poder si sus familias y su entorno…”, “Son así, siempre lo han sido no deben aspirar a más”, “Tienen la vida resuelta, trabajarán con el papá”… entre otros juicios que están en la base del quehacer de colegios completos. Esos cuentos son enemigos de la gracia pedagógica que ayuda al niño desarrollarse en la medida de su voluntad y no de su realidad.

Insertos en un hiperactivismo exitista, superficial y comercial vamos sacrificando la convivencia y haciendo renuncias que nos alejan de los anhelos que originariamente nos entusiasmaban.

Sin perder de vista que la sugestión de inferioridad sigue presente, vemos una nueva voz que está alterando la actividad psíquica de nuestros estudiantes y sus procesos de aprendizaje: la sugestión de superioridad. Las escuelas han comenzado a enseñar ideas que dicen “Nada es imposible”, “Tú quieres, tú puedes”, “Conviértete en emprendedor” y “Busca tu éxito” … Relato que representa como verdad en la mente dos grandes mentiras: “tú puedes poderlo todo” y “el éxito está caracterizado por un competitivo individualismo”. Al poco andar, cuando el niño se enfrenta al mundo con esos dos supuestos se desilusiona, se descubre incapaz de poderlo todo y se encuentra más solo de lo que deseaba.

Hay casos de éxito en este modo de entender la vida, pero son los menos. Para la gran mayoría vivir este cuento de la sociedad del rendimiento se traduce en un quiebre que impide construir sentido de vida saludable. Insertos en un hiperactivismo exitista, superficial y comercial vamos sacrificando la convivencia y haciendo renuncias que nos alejan de los anhelos que originariamente nos entusiasmaban.

Instilar en la sensibilidad del niño, o del adulto, estos ácidos es responsabilidad de nuestro sistema educativo y de quienes lo integramos. La ignorancia de la superioridad es más dañina que la de la inferioridad porque viene condicionada por el utilitarismo: si no sirve para el éxito se descarta. La escuela tiene el desafió ético de salir de la torpe dualidad fracasado/triunfador para enseñar al niño la capacidad de erigir la voz propia.

La enseñanza tiene la potencia para ser ese espacio rico en ensoñación, en momentos que permitan al estudiante definir un país interior, favoreciendo la autonomía y la construcción de una posición de sujeto. Diseñemos una educación contemplativa en vez de una hiperactiva, donde el aprendizaje central sea la hospitalidad: la capacidad de encontrarnos con otro sin medirnos según la regla de éxito de turno. Así el niño dejará de explotar a los otros y, principalmente, dejará de explotarse a sí mismo.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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