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Caso Oporto: ¿Cómo llegamos a esto?

por 27 julio, 2017

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Que en 2017 aparezca un hombre diciendo que mató a doce personas en defensa propia y nadie se cuestione la veracidad de sus dichos, ni siquiera periodistas que han planteado públicamente la ética y la excelencia como sus banderas de lucha, es un signo de los tiempos.

No estoy hablando de la tan manoseada posverdad, sino de la impresionante imposición del populismo penal como respuesta unívoca ante el delito que domina los discursos políticos y el pensamiento de gran parte de la población.

Ya ha sido tanto el bombardeo durante casi veinte años de frases como “puerta giratoria”, “delincuencia desatada”, “justicia blanda” y “mano dura” que los habitantes de la república están convencidos de que Chile es peor que el far west y que la causa de muerte más probable entre los chilenos es un balazo de los delincuentes. También nos hemos convencido de que nuestro sistema procesal penal, reformado entre 2000 y 2005 es excesivamente blando, pese a que las cifras serias demuestran que la población penal se multiplicó desde que se instaló la Reforma Procesal Penal. Hoy Chile es uno de los países con más presos per cápita en América Latina y organismos internacionales lo ubican en lo alto en materia de  seguridad.

Cuando hablo de que este cambio se produjo hace veinte años aludo a los temas electorales que ya se instalaban en 1997, ante la inminencia de la elección de 1999. Entonces apareció la idea de la puerta giratoria, exportada desde Estados Unidos, país donde la usó el Presidente George Bush (padre) en las elecciones de 1988. En la campaña de 1999 también se habló de barrer con la delincuencia, idea que ha seguido presente en los procesos electorales hasta nuestros días.

Los medios de comunicación, en tanto, instalaron el paradigma de la seguridad ciudadana reemplazando al viejo concepto de la crónica roja, que contaba historias de personajes sin dar el marco social que hoy se privilegia. Tanto la política como los medios olvidaron a criminólogos y expertos y pusieron al centro a las víctimas dispuestas a dar su testimonio del sufrimiento experimentado y a gritar su queja al sistema.

Los medios de comunicación, en tanto, instalaron el paradigma de la seguridad ciudadana reemplazando al viejo concepto de la crónica roja, que contaba historias de personajes sin dar el marco social que hoy se privilegia. Tanto la política como los medios olvidaron a criminólogos y expertos y pusieron al centro a las víctimas dispuestas a dar su testimonio del sufrimiento experimentado y a gritar su queja al sistema.

Pero no hubo sólo elementos comunicacionales. Evidentemente que no se puede desconocer que en el país hay delincuencia. La instalación del narcotráfico en las poblaciones ha tenido su efecto y generó un delincuente  de nuevo tipo, dependiente de las drogas, más arriesgado y violento. La crisis del Sename que hoy nos sorprende es también causa del estado actual. La acción o inacción del Estado genera está “escuela” por la que pasaron buena parte de quienes causan ese temor instalado en la sociedad.

Se requiere en este marco una acción seria, que incluye a los medios de comunicación. La ética periodística se traduce en rigurosidad y la rigurosidad hoy para el periodismo implica poner al delito en su justa dimensión: un tema importante, pero no la noticia más importante los 365 días del año. Eso significa también no seguir tratando este asunto como farándula. Si lo de Oporto hubiese sido efectivo estábamos en presencia de prácticamente un psicópata aplaudido por ese ejército de personas que creen que el temor se elimina matando personas. Como era lógico, el caso era un invento, pero da cuenta de que el cuento que nos hemos contado en estos veinte años ya forma parte del alma nacional.

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