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La regresión de las nuevas iglesias evangélicas al juicio y el castigo

por 12 septiembre, 2017

La regresión de las nuevas iglesias evangélicas al juicio y el castigo
Resulta extraño y doloroso este nuevo rostro de las iglesias evangélicas chilenas, tan distinto y tan distante de la tradición de acogida, de reconocimiento y de valoración que fue tan característica desde sus orígenes, particularmente desde la irrupción del pentecostalismo. Los viejos líderes, hombres y mujeres, no se reconocerían en la actual generación de liderazgos orientados a la búsqueda de la notoriedad en los medios de comunicación y al ejercicio severo del juicio y el castigo. Es una pena, es una pérdida, es una oportunidad que se deja pasar. Justamente cuando las personas buscan con afán comunidades acogedoras, los evangélicos empiezan a responderles con normas, con juicios y castigos.
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El domingo 10 de septiembre de 2017 se realizó el llamado Tedeum evangélico. Al momento de su entrada al templo, la Presidenta de la República fue agredida verbalmente –entre otros epítetos, se le gritó “asesina”– por personas, evangélicas, que ahí se encontraban. Durante el desarrollo de la ceremonia, distintos oradores, pastores y obispos, se refirieron con dureza y descomedidamente a algunas de las políticas públicas promovidas por el Gobierno y asociadas a temas valóricos. Al término del acto, la Presidenta se refirió a lo sucedido en términos de “un abuso”; a su vez, el Obispo regente del templo Catedral Evangélica, el anfitrión, se refirió al acto en términos de “ejercicio de un derecho”.

Lo relatado sintéticamente merece algunas reflexiones.

En primer lugar, resulta incomprensible que las personas que organizan y son responsables del Tedeum evangélico no hayan previsto y, por tanto, evitado activamente, la ocurrencia de agresiones verbales a la más alta autoridad de la república, con independencia de la simpatía o antipatía que la persona que ocupa esa posición les merezca. Sería aún más incomprensible y doloroso que lo hubiesen planeado o al menos estimulado. Los obispos y pastores evangélicos le deben una explicación al país –a la República de Chile– por el trato vejatorio a la autoridad y por el tratamiento negligente de la planificación y realización del mayor acto público evangélico que se realiza en nuestro país.

Resulta sorprendente, si no incomprensible, que los obispos y pastores evangélicos se encuentren ahora enzarzados en una batalla abierta contra las personas que, según su parecer, quebrantarían los valores tradicionales de las iglesias evangélicas, al realizar aborto en alguna de las tres causales o al conformar pareja con alguien de su mismo sexo. Si por valores se refieren a expresiones o mandatos registrados en la Biblia como parte de situaciones históricas específicas o de debates teológicos o doctrinales suscitados en algún momento del desarrollo de cristianismo emergente, sin duda los obispos y pastores evangélicos prácticamente no podrían realizar sus vidas cotidianas, puesto que la cantidad, la diversidad y el discernimiento de la pertinencia de tales expresiones sin duda les paralizarían.

En segundo lugar, y relacionado con el fondo de los cuestionamientos de obispos y pastores a la política pública promovida por la Presidenta y relacionada con la denominada “agenda valórica” –aborto en tres causales, matrimonio igualitario, identidad de género–, parece necesaria una reflexión serena respecto de la trayectoria de la presencia evangélica en la sociedad chilena y su tradición de identificación con las personas, en especial con los pobres y marginados.

El llamado evangélico tradicional puede resumirse en la expresión “ven tal como estás”: aceptación, renuncia al enjuiciamiento del pasado o del presente, incorporación a la comunidad de creyentes, acompañamiento en el crecimiento espiritual, comprensión y tolerancia en el “caminar”, etc. Sobre todo, el llamado ha sido a la “conversión” y esta ha sido comprendida como la “obra del Señor”.

La tradición evangélica en Chile, hasta ahora, ha sido la de confiar en el Espíritu Santo y no poner la mira en las normas y en la operación de las instituciones. Aun a riesgo de su propia fragilidad y fragmentación institucional, los y las evangélicas, en Chile, han confiado más en la capacidad afectiva de la comunidad que en el carácter normativo de las instituciones.

Resulta sorprendente, si no incomprensible, que los obispos y pastores evangélicos se encuentren ahora enzarzados en una batalla abierta contra las personas que, según su parecer, quebrantarían los valores tradicionales de las iglesias evangélicas, al realizar aborto en alguna de las tres causales o al conformar pareja con alguien de su mismo sexo. Si por valores se refieren a expresiones o mandatos registrados en la Biblia como parte de situaciones históricas específicas o de debates teológicos o doctrinales suscitados en algún momento del desarrollo de cristianismo emergente, sin duda los obispos y pastores evangélicos prácticamente no podrían realizar sus vidas cotidianas, puesto que la cantidad, la diversidad y el discernimiento de la pertinencia de tales expresiones sin duda les paralizarían.

Si lo reflexionaran con atención, se harían cargo del hecho de que el carácter normativo del texto bíblico requiere necesariamente de una cuidadosa, inspirada y situada interpretación y comprensión; sobre todo, se darían cuenta de que requiere de acuerdos mínimos de respeto, de tolerancia y de reconocimiento mutuo.

En cuarto lugar, los obispos y pastores evangélicos tienen todo el derecho a tener opiniones e incluso a predicar lo que creen es la comprensión adecuada del texto bíblico. Más aún, es posible que las personas aprecien y agradezcan una postura clara de sus autoridades religiosas; en la tradición evangélica chilena, el mensaje del Evangelio ha sido dirigido a las personas, como una interpelación singular, única y personalizada a la conciencia y la subjetividad individuales. Por ello, los obispos y pastores se equivocan al pretender rechazar o enjuiciar a las personas para hablar –como ha sido por siglos la tradición católica romana– a las instituciones, es decir, a la autoridad y el poder.

Lo que se busca, por cierto, es que el poder obligue a las personas a comportarse de un modo determinado; lo que está detrás de esta búsqueda, sin embargo, es el reconocimiento de la propia incapacidad para hablar significativamente a las personas. Los evangélicos en Chile han sido respetados, en el pasado, porque la potencia de su mensaje no radicaba en la fuerza sino en el testimonio. Los obispos y pastores se sienten incapaces de convocar con el testimonio y recurren, al igual que el catolicismo romano, a la fuerza de las instituciones del Estado.

Finalmente, resulta extraño y doloroso este nuevo rostro de las iglesias evangélicas chilenas, tan distinto y tan distante de la tradición de acogida, de reconocimiento y de valoración que fue tan característica desde sus orígenes, particularmente desde la irrupción del pentecostalismo. Los viejos líderes, hombres y mujeres, no se reconocerían en la actual generación de liderazgos orientados a la búsqueda de la notoriedad en los medios de comunicación y al ejercicio severo del juicio y el castigo. Es una pena, es una pérdida, es una oportunidad que se deja pasar. Justamente cuando las personas buscan con afán comunidades acogedoras, los evangélicos empiezan a responderles con normas, con juicios y castigos.

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