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Las culpas del vicario: una configuración luminosa y oscura

por 12 noviembre, 2017

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El famoso pensador católico inglés John Acton acuñó el célebre aserto de que el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. Lo hizo en referencia al apoyo que brindó a las decenas de obispos más lúcidos y progresistas que hasta el final se opusieron a la declaración de infalibilidad papal, que Pío IX se empecinó en obtener del Concilio Vaticano I en 1870. Si bien Pío Nono logró finalmente imponer su voluntad, no es menos cierto que junto con ello -dada la la reunificación italiana que culminó el mismo año- se produjo el fin del poder temporal del papado que tanto bien le ha hecho a la Iglesia Católica.

Recordemos que el poder político de la Iglesia ha estado en la raíz de las peores distorsiones históricas del cristianismo: la Inquisición; las cruzadas; el antisemitismo y la caza de brujas. Y que el término de aquel poder posibilitó la reasunción de valores evangélicos fundamentales: la afirmación de la libertad de conciencia; el respeto a la dignidad y los derechos humanos; y la lucha por la justicia social, la paz y la democracia. Todo ello se ha expresado en la doctrina social de la Iglesia que se desarrolló crecientemente a partir de 1891 con la encíclica Rerum Novarum; y que culminó en los documentos del Concilio Vaticano II y de las conferencias episcopales latinoamericanas de Medellín y Puebla.

Sin embargo, el Concilio Vaticano II dejó una gran tarea pendiente: la consecuente democratización de las estructuras eclesiales que conservan aún el absolutismo medieval. Mientras esto no se realice seguirá dándose gravemente en su interior lo que Acton tan lúcidamente denunciara: la corrupción. Y hemos visto como ésta se ha seguido produciendo, especialmente en dos ámbitos: el financiero y el de los abusos sexuales. Particularmente devastador ha sido para el catolicismo mundial la profusión en las últimas décadas de los delitos de pederastia y el virtual encubrimiento que de ellos ha hecho la jerarquía eclesiástica; y la “complicidad pasiva” que hemos tenido la generalidad de los laicos. En Chile esto se ha expresado fundamentalmente en dos “cataclismos”: los casos Karadima y Precht. El primero de ellos ha sido profusamente analizado, particularmente en los libros Karadima: el señor de los infiernos, de María Olivia Monckeberg; y en Los secretos del imperio de Karadima de Mónica González, Gustavo Villarrubia y Juan Andrés Guzmán.

En el caso del segundo, acaba de aparecer el libro Precht. Las culpas del vicario, de Andrea Lagos. Este es un muy buen libro biográfico-periodístico que trata con gran seriedad un tema extremadamente complejo: la configuración de la vida profundamente luminosa y oscura, a la vez, de una de las personalidades más influyentes de la Iglesia Católica chilena desde la época de la dictadura hasta hace pocos años: Cristián Precht. Como secretario ejecutivo del Comité Pro Paz y luego Vicario de la Solidaridad, desde 1974 hasta 1979, fue un valiente y admirado defensor de los derechos humanos.

Y posteriormente ocupó casi permanentemente cargos pastorales que lo convirtieron en el principal asesor de los sucesivos cardenales-arzobispos de Santiago hasta la gestión de Francisco Javier Errázuriz. Por otro lado, 11 denuncias de abusos sexuales cometidos a jóvenes; y 4 a menores de edad; además de numerosas otras referencias indirectas en la misma dirección, llevaron a Precht a un castigo y una caída muy dolorosa tanto para él como para la Iglesia chilena en general.

En el libro se tratan extensamente las dos fases de la vida de Precht, en la idea de obtener con la mayor objetividad posible la comprensión de su compleja personalidad. Sin concesiones y, a la vez, sin morbo. Para ello, la principal fuente de información la proporcionan ocho entrevistas al mismo Precht. Y a ello se agregaron más de 80 personas entrevistadas, varias de ellas en más de una ocasión. La propia estructura del libro está muy bien diseñada, pero lo más notable es su escritura que “atrapa” desde el comienzo, con una siempre atractiva relación de los acontecimientos, muy bien acompañada de los puntos de vista pertinentes y del contexto histórico en que se van desarrollando.

Por cierto -lo que el mismo libro señala- ambos casos tienen importantes diferencias. Por un lado, las acciones de Karadima fueron mucho más graves, ya que en torno a sus abusos estructuró una virtual secta, donde se desarrolló un control mental continuado; vejaciones públicas y privadas; aprovechamiento económico de sus miembros y de “benefactores”; etc. Y además Karadima logró incluso la designación de varios obispos entre sus miembros, dada las excelentes relaciones que cultivó con el nuncio Angelo Sodano, de triste memoria en nuestro país y que llegó a un altísimo cargo en el Vaticano. Pero, por otro lado, el daño al prestigio y la credibilidad de la Iglesia ha sido mucho mayor en el caso de Precht, precisamente por la muchísimo mayor estimación que tenía, no solo dentro de la Iglesia sino en el país en general, en virtud de su valiosísima labor en favor de la defensa de los derechos humanos durante los peores años de la dictadura.

En el libro se tratan extensamente las dos fases de la vida de Precht, en la idea de obtener con la mayor objetividad posible la comprensión de su compleja personalidad. Sin concesiones y, a la vez, sin morbo. Para ello, la principal fuente de información la proporcionan ocho entrevistas al mismo Precht. Y a ello se agregaron más de 80 personas entrevistadas, varias de ellas en más de una ocasión. La propia estructura del libro está muy bien diseñada, pero lo más notable es su escritura que “atrapa” desde el comienzo, con una siempre atractiva relación de los acontecimientos, muy bien acompañada de los puntos de vista pertinentes y del contexto histórico en que se van desarrollando.

Además, el libro no puede aparecer en un momento más oportuno. Como lo señala Andrea Lagos al final de su libro, en diciembre próximo se cumple el período de cinco años de suspensión de la vida ministerial de Precht. El propio Vaticano lo condenó por conductas sexuales abusivas con menores y mayores de edad. Sin embargo, le encomendó al cardenal Ezzatti decidir la duración de la pena y éste la fijó en cinco años; lo que le significó una dura pugna con el Vicario Judicial, (que efectuó la investigación judicial de Precht), Jaime Ortiz de Lazcano, quien se manifestó partidario de castigarlo a perpetuidad. De acuerdo a Lagos, “no hay precedente de un cura chileno con alta figuración pública que haya sido condenado por el Vaticano por abusos sexuales a menores y que luego haya vuelto a ejercer el ministerio sacerdotal” (p. 225).

Por último, el libro tiene la virtud de suscitar numerosas reflexiones sobre la fragilidad de la condición humana. Y por cierto, estimula una profunda autocrítica, no solo a las instituciones extremadamente jerárquicas y autoritarias de la Iglesia Católica, sino también a los grados increíbles de infantilismo y de mentalidad borreguil que afectan a los laicos católicos en todo el mundo. No es, por cierto, una exclusividad chilena. ¿Cómo se puede llegar a temores reverenciales tan paralizantes respecto de otros seres humanos, que tienen exactamente nuestra misma naturaleza? ¿Cómo se puede llegar a alteraciones tan profundas de la percepción de actos eminentemente repudiables, por el solo hecho que los efectúen personas de las que menos se espera? ¿Cómo no ser, por el contrario, mucho más exigente con la moralidad de personas que, precisamente, tienen una responsabilidad mucho mayor en este sentido?

Y lo otro que resulta increíble en una institución milenaria es lo poco que ha aprendido de la historia. Porque, ¿cómo no darse cuenta que el anti-ético ocultamiento de delitos o graves faltas en función del “interés corporativo” constituye, incluso, un expediente completamente ineficaz en el largo plazo? Peor aún, a la larga su descubrimiento trae consecuencias mucho más graves para la credibilidad y legitimidad de la institución en cuestión; que si se hubiese actuado con la debida responsabilidad y justicia en el mismo momento en que se supieron los hechos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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