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Sobre la abstención: cuando la esperanza se vive como ingenuidad

por 18 noviembre, 2017

Sobre la abstención: cuando la esperanza se vive como ingenuidad
El que hoy se declara desencantado es alguien que en el pasado estuvo, en mayor o menor medida, encantado. Es decir, es alguien que en el pasado estaba dispuesto a actuar con esperanza, que estaba dispuesto a votar porque de ese modo manifestaba una opinión que entendía relevante sobre el Chile del futuro. Pero hoy ya aprendió. Y como ya aprendió que la política es indiferente a sus demandas e intereses, hoy la elección lo encuentra “vacunado”. No votar es su manera de decir que no está dispuesto a que lo utilicen otra vez para legitimar una política que prescinde de él en todo momento.
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Durante la campaña electoral, me he encontrado con muchas personas que me han dicho que no tienen intenciones de ir a votar. En realidad, muchas veces la cuestión es más radical: no tienen siquiera interés en recibir la información que uno le ofrece, en la forma de un diario de campaña o un volante con ideas y posiciones sobre AFP, salud, educación, etc. ¿Qué significa esto?

Las campañas y declaraciones recientes que buscan aumentar la participación electoral responden: significa incumplimiento del deber ciudadano más básico (y entonces reprochan) o desaprovechamiento de la oportunidad de tener influencia política (y entonces intentan convencer de que votar hace una diferencia). A mi juicio estas dos aproximaciones no entienden el fenómeno al que se enfrentan.

Los ciudadanos con quienes me he encontrado y que dicen no querer votar o recibir información política no toman esta posición por flojera, ni porque votar interfiera con otras cosas más gratas que tienen que hacer el 19 de noviembre. Yo no me he encontrado con una actitud de indiferencia o desidia, sino una desafiante, molesta: los que no quieren participar han aprendido que la política no toma en cuenta sus intereses, porque da lo mismo lo que voten todo sigue más o menos igual.

A primera vista, esto no parece muy racional. Porque no votar no hará que los intereses de uno sean más tomados en cuenta. Y por cierto, el que no vota no se libera de cumplir las leyes que aprueban “los políticos”. El único efecto que tiene es que ese ciudadano se hace más irrelevante, que sus interesas contarán todavía menos. Pero ¿cómo es que el que está desencantado porque no es tomado en cuenta actúa de modo de ser todavía más ignorado?

A mi juicio la explicación se encuentra en una característica profunda de la política, una que ha sido sistemáticamente ignorada en la discusión.

Votar es un acto de esperanza. El que vota manifiesta con su voto su creencia de que las cosas pueden ser distintas, que a través del voto los ciudadanos podemos decidir sobre cómo será Chile. Y esto es lo que la política binominal extirpó de la política. La última generación que vivió esta experiencia fue la mía (yo tenía 20 años en 1988, la última vez que hemos experimentado que mediante nuestro voto Chile podía cambiar). Después de la elección presidencial de 1989, la esperanza desapareció. Y hoy no importa cuántas personas marchen contra las AFP, la posibilidad de tener un sistema de pensiones sin AFP es algo que la política institucional no puede ni siquiera considerar.

El que hoy se declara desencantado es alguien que en el pasado estuvo, en mayor o menor medida, encantado. Es decir, es alguien que en el pasado estaba dispuesto a actuar con esperanza, que estaba dispuesto a votar porque de ese modo manifestaba una opinión que entendía relevante sobre el Chile del futuro. Pero hoy ya aprendió. Y como ya aprendió que la política es indiferente a sus demandas e intereses, hoy la elección lo encuentra “vacunado”.

No votar es su manera de decir que no está dispuesto a que lo utilicen otra vez para legitimar una política que prescinde de él en todo momento, salvo en la campaña (por eso la queja más recurrente, en mi experiencia de campaña, es que “los políticos” solo aparecen para las elecciones y “nunca más los vemos”, es decir, que aparecen solo porque ahora necesitan el voto, para usar a los ciudadanos).

Para muchos (decidoramente, más en Peñalolén que en Vitacura, en lo que se refiere al distrito 11), votar es actuar con ingenuidad; es mostrar esperanza donde la experiencia ya le ha enseñado que no la hay. Por eso el que no vota actúa no con indiferencia, sino con indignación; normalmente, no se encoge de hombros cuando un candidato le ofrece un volante. En vez lo encara, porque asume que todo candidato representa la política que lo desengañó. Y le espeta que no pretenda seguir usándolo; que, al menos en lo que se refiere a él o ella mismo/a, ya no podrán aprovecharse de su ingenuidad, y que siga su camino a la búsqueda de algún ingenuo que todavía no se haya desengañado.

¿Qué puede uno decir a este ciudadano? En mi experiencia de candidato, cuando hay espacio para conversar con el desencantado, cuando uno puede explicarle que ese desencanto es el mismo que explica mi paso de la universidad a la política, que el problema está en la cultura política binominal y que la solución está en tener una política distinta, y que para eso es necesario que haya recambio de las personas y una nueva constitución, entonces el desencantado se manifiesta dispuesto a reconsiderar su posición. Es decir, la conversación con ese ciudadano (justamente) desencantado no puede basarse en apelaciones a su “deber cívico” o en que no deje que otros decidan por él. En ambos casos uno está ignorando la causa del fenómeno, lo justificado de su desencanto, y desde el punto de vista del desencantado lo primero será un insulto, lo segundo merecerá solo la mirada escéptica y socarrona de aquel a quien ya no le pasan gato por liebre. El punto de partida debe ser que ese desencanto está justificado, de que eso es lo que le ha enseñado la forma política de las últimas décadas. Pero que la política puede ser distinta. Porque la vida sin esperanza es intolerable.

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