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El feminismo y la agencia política parlamentaria

por 6 enero, 2018

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En un acto de resistencia, valentía y extrema perseverancia las feministas ochenteras se aposentaban a los pies de la Biblioteca Nacional, bajo el lienzo que señalaba: “Democracia Ahora. Movimiento Feminista, Chile”. Era 1983 y, como imagen icónica, una fotografía pasaría a la historia como un hito que plantea con irreverencia y tozudez, el malestar que producía el autoritarismo, asentado en las casas y en las calles, en la cultura y sociedad. Esa irreverencia, aquella valentía inicial de denominarse bajo una palabra que causaba escozor incluso en la izquierda más rupturista se impuso en la cotidianeidad.

El feminismo chocaba, era incómodo y encabritaba por su connotación de constante sospecha frente a un orden, y, también, a una forma de hacer política. Planteando un desvío y rebeldía frente al deber ser militante de oposición a la dictadura, mujeres se asignaron propia voz bajo sus propias consignas, creando sus espacios, guaridas y refugios. Su propia política.

Hoy el feminismo parece distante de aquellos tiempos, particularmente en un contexto donde la ‘bancada femenina’ del Frente Amplio se posiciona mediáticamente a través de una polémica por la postulación a la presidencia de la Cámara de Diputados.

Sin desmerecer la intención inicial y performática de ‘aparecer’ -sobre todo cuando los medios insisten en invisibilizar a las mujeres del Frente Amplio- también es necesario evaluar cómo, en unos pocos días, el tema se transforma en una pugna que no tiene sentido político explícito ni señala qué avances representa la Presidencia de la Cámara de Diputados, más allá de una figuración personal. Sabemos que sólo ocupar importantes cargos políticos por mujeres no implica un progreso ni del feminismo, ni de las políticas que buscan una mejora en las condiciones de vida de las mujeres.

Hoy en día el feminismo se toma los espacios tradicionales de la política bajo una retórica común, se cuela entre programas de gobierno y voces feministas se presentan al parlamento desde la bandera frenteamplista.

Tampoco ser mujer implica estar de acuerdo per se, mermando la discusión política y el disenso. El feminismo se ha vuelto un lugar común, propio, pero socializado al punto de que figuras de distintos espectros políticos puedan asignarse bajo su rótulo. ¿Es esto un avance? Sin duda configura un acceso frente a la disputa del sentido común, pero lo cual no debe implicar un vaciamiento en términos de su contenido.

Subversivo, rebelde y emancipador. El feminismo comprende una toma de conciencia, una necesidad de recomponer el ordenamiento político-sexual cuya reproducción se manifiesta en la institucionalidad que nos rodea, en relaciones sociales, en nuestros hogares, lugares de trabajo y estudio. Requiere de una mirada que busque no sólo un posicionamiento ‘femenino’ –en tanto mujer– sino que también, una búsqueda de transformación frente a un orden de cosas que legitima la condición subordinada de personas bajo el ordenamiento de género.

El feminismo es transformación. Por lo tanto, no puede desligarse lisa y llanamente de un proyecto de carácter total, pues justamente, el patriarcado se encuentra presente en una transversalidad de espacios. En las AFP’s, en las Isapres, en las Universidades y colegios, en las brechas salariales y la violencia de género.

Hoy en día el feminismo se toma los espacios tradicionales de la política bajo una retórica común, se cuela entre programas de gobierno y voces feministas se presentan al parlamento desde la bandera frenteamplista. En buena hora, en un momento necesario. Ahora bien, el problema no es menor y la disputa sobre el vínculo entre el feminismo y lo institucional retoma un hilo enhebrado ya en los 80’, el mismo momento en que se posicionaba como un movimiento de apelación y disputa a la política entendida desde las formas tradicionales.

Surge la duda entonces: ¿Qué es hacer política desde el feminismo?, ¿cómo sería esta política feminista?, ¿cómo se enfrenta nuevamente a la pregunta por la democracia y la institucionalidad? Preguntas que Julieta Kirkwood se planteaba, que quedaron en barbecho durante un tiempo prudente y resurgen hoy cuando la estrategia integracionista o institucional del género se plantea como la política hegemónica.

Sin duda nos distanciamos de aquellos que comprenden al feminismo a partir del Estado y el parlamento como espacios exclusivos desde donde se desenvuelve una política, por cierto, cooptada por partidos y grupos económicos.

También es necesario distanciarse de un feminismo que se contente con el simple hecho de ocupar un espacio antes negado, como un cuerpo que habita un lugar y se adscribe una voz por el simple hecho de su biología. Nos preguntamos ¿es posible construir feminismo desde los espacios conquistados en el parlamento?; ¿cómo debiese ser esa forma de construcción? Frente a tamaña cuestión, sólo algunas propuestas de reflexión, reconociendo el carácter complejo y polémico del tema.

Hay que señalar que no por el hecho de que la política transicional haya hipotecado la potencia del movimiento feminista en los 80’, esto se vaya a replicar siempre. Es cierto que existen importantes cortapisos, leyes y brechas que es necesario recomponer y transformar para configurar una real condición de igualdad para las mujeres y personas LGTBI, desligándonos de los vestigios institucionales que merman la posibilidad de libertad al momento de elegir la maternidad, de transitar por las calles y de recibir una salud, un sueldo y una educación digna. Pero también, como feministas, debemos preguntarnos cómo aquello refuerza la constitución de un movimiento.

Este segundo punto es fundamental. Las mujeres han conquistado importantes avances a costa de la acción conjunta, de copar las calles, alzar la voz y configurarse como una fuerza que es capaz de poner en tela de juicio un orden que las marginaba de la palestra pública.

Pasar de una política enunciativa, a la agencia. Es necesario transitar de la política de la “presencia” a la de la acción. Por tanto, es preciso que las feministas que nos denominamos como tal podamos vincular en nuestros espacios de trabajo esa voz conjunta, que supere lo declarativo por la organización, la política de la identidad por una que clame en relación al fortalecimiento de un movimiento, desde una revinculación de lo social en su capacidad de decisión y deliberación de lo político. Este desafío supera la noción de partido, por la transversalidad de un movimiento que pueda establecer una sincronía de luchas que apelen a las formas actuales en que el neoliberalismo segmenta las demandas y reivindicaciones.

Es preciso, entonces, que el feminismo se plantee como una forma de política otra, que abra espacios apelando a la clausura que la política institucional tiende a cerrar. Que apueste por un resquebrajamiento de los lugares donde históricamente se han marginado a sectores importantes de la población, que se haga cargo del vacío de lo popular en la política, y que por lo mismo, no reproduzca la dicotomía entre lo social y lo político.

El feminismo se presenta como un vínculo entre ambos, en tanto es una lucha que apuesta por la transformación socio-cultural, también lo hace por un orden que comprende un profundo proceso de democratización de amplio espectro. Y esta tarea debe ser puesta en juego y concretizada por las feministas en espacios representación política, a través de una acción radicalmente democrática buscando la distancia de una política tradicional, caracterizada por la deslegitimación que la encubre ¿Cómo las feministas responden a este problema? ¿Cómo desde el feminismo construimos otras formas de hacer, construir y disputar la política? Sin duda son temas que recién abrimos, y que es necesario comenzar en a discutir, elaborar y proponer.

Ser feminista hoy comprende también una responsabilidad, y es aquella la que debemos apelar si mantenemos la radicalidad de nuestras compañeras que posicionaron un concepto y lucha, en complejas condiciones de represión y persecución. Hoy las aperturas son varias y las condiciones inigualables respecto a las generaciones anteriores de mujeres abriéndose paso por los cambios. Es nuestra tarea hacer carne de la responsabilidad política que implica su nombre.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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