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De la precarización del trabajo, con equidad de género

por 2 febrero, 2018

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Desde hace días que vengo leyendo columnas y noticias relativas al lanzamiento en Chile de la aplicación móvil She Drives Us, entre ellas una publicada por este diario, El Mostrador, titulada “Mujeres toman la iniciativa en seguridad y crean diversas medidas para protegerse entre ellas mismas”, columna que si bien resalta una argumentación de empoderamiento de la mujer –a lo cual adhiero-, muestra la creación de la aplicación antes mencionada como una conquista.

Para los pocos entendidos, se trata del Uber para mujeres: una empresa que ofrece un servicio de transporte público, en el que los conductores y pasajeros únicamente son mujeres; los trabajadores ofrecen su fuerza de trabajo y su automóvil, mientras que el empleador retiene el 22% de lo ganado e invertido (según expresa shedrivesus.com). Don Esteban Torres, fundador de nuevo negocio, expresó a Emol: “buscamos ofrecer seguridad, en ningún momento queremos generalizar que el hombre es un acosador o un abusador, pero sí queremos ser parte de la sociedad y ojalá podamos minimizar algunos índices que existen y son reales. Queremos también dar cierta igualdad en un rubro que hoy en día dominan los hombres y que por lo demás se quiten ese mito de que las mujeres son un peligro al volante cuando las estadísticas dicen completamente lo contrario”.

Es que estamos en pleno siglo XXI y lo cierto es que el paradigma de trabajo ha cambiado, del teylorismo o fordismo clásico, al work on demand o clickworkers, de trabajar todo el día y vida para una fábrica, a trabajar desde la casa (o automóvil) al ritmo de una aplicación y para varias empresas. El crecimiento de lo que denominamos economía digitalizada reposa sobre un hecho social como es  la llamada tecnologización de la vida cotidiana (Sagástegui, 2005). Ahora bien, ¿estos avances en tecnología deben, necesariamente, consistir en el retroceso en el respeto de los derechos de los trabajadores? considero que no.

Y digo retroceso, como sinónimo de precarización laboral y/o la huida del Derecho del Trabajo en la configuración de las nuevas relaciones de trabajo. Pues, si analizamos las aplicaciones que marcan nuestro diario vivir, todas tienen patrones comunes: relaciones triangulares (consumidor – trabajador – empleador detrás de un sistema computacional), el empleador retiene el dinero y descuenta su utilidad, hay un direccionamiento del trabajo a través de las “condiciones del servicio” que obligan al conductor a comportarse de cierta manera con la amenaza latente del despido (llamado también la desconexión, suspensión o la baja), una jornada laboral sin límites (disfrazada de flexible),  y un salario a los vaivenes del consumo (sin siquiera respetar el, tantas veces cuestionado, Ingreso Mínimo Mensual); todo lo anterior en un marco de completa irresponsabilidad en las obligaciones del empresario en derechos laborales y de seguridad social.

En otras palabras, se refuerza el poder unilateral del empresario, insistiendo en la necesidad de una flexibilidad laboral permanente como consecuencia del modelo de negocio, flexibilidad que esconde la mayor parte de las veces la forma de obtención del beneficio empresarial, a través de la degradación de condiciones de trabajo (Trillo, 2018).

Un avance en el empoderamiento de la mujer en la sociedad, en equidad de género, debe necesariamente ir de la mano con la dignidad de la misma; en caso contrario, estaremos celebrando un paso más de la precarización en el empleo y la desprotección de los derechos humanos laborales.

La sociedad mundial, se está levantando. Diversos abogados laboralistas en el mundo entero estamos haciendo intentos judiciales y extrajudiciales por quitarle el velo a la precarización laboral y están dando resultados: En Brasil, España, EE.UU. e Inglaterra existen pronunciamientos judiciales que reconocen el vínculo laboral de empresas como Uber, condenándolos al pago de indemnizaciones por despidos injustificados y al pago de cotizaciones adeudas. En Londres, ciudad que en un inicio abrió las puertas a Uber, el 30 de septiembre de año pasado, se prohíbe el uso de la aplicación por atentar - su precariedad laboral - a la seguridad pública de los pasajeros y conductores.

Por todo lo anterior, es que me permito discrepar de la alegoría a She Drives Us, desde un discurso de género. Si entendemos que la igualdad del mismo es un llamado a la protección y promoción, en equidad, de los derechos fundamentales de aquella sujeto social, histórica y culturalmente vulnerada como ha sido y es la mujer, ¿por qué celebramos a una empresa que con el velo de la igualdad, fortalece exclusivamente la precarización de la mujer en el trabajo? Dejemos la ingenuidad, y no creamos tan fácilmente, la perspectiva de género del mercado, al leer que la intención es “generar una igualdad en el rubro” empoderando a las mujeres, a costa del 22% de su trabajo, de no hacerse responsables de los riesgos y accidentes laborales, cotizaciones para jubilación o -algo tan simple pero tan difícil encontrar- como asegurarles el derecho al descanso a trabajadoras que pueden estar 24 horas conduciendo.

Un avance en el empoderamiento de la mujer en la sociedad, en equidad de género, debe necesariamente ir de la mano con la dignidad de la misma; en caso contrario, estaremos celebrando un paso más de la precarización en el empleo y la desprotección de los derechos humanos laborales.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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