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Cuando las Alamedas se hicieron estrechas un 8 de marzo

por 12 marzo, 2019

Cuando las Alamedas se hicieron estrechas un 8 de marzo
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A veces nos enfrentamos a la historia, y sabemos que la estamos forjando. Tenemos la certeza que nuestros pasos están plasmando un camino que no se borrará fácilmente, que segmentará una trayectoria de avance quizás nunca antes vista. El 8 de marzo del 2019 es parte de esta trayectoria, somos y seremos parte de un futuro que sólo alcanzará nuestro destino en tanto continuemos este camino, el feminista.

Miles de razones fueron las que motivaron a las 800 mil mujeres que se movilizaron en todo el país, porque también son miles las razones para clamar que el feminismo se vuelve una necesidad, hoy más que nunca. Mujeres, madres, hijas, abuelas y nietas. Disidencias y diversidades. Marcha transgeneracional que nos permitió reconocernos en un amplio espectro, en un orgullo de sentirnos partes de un proceso, de un hito, pero también esa posibilidad de compartirlo entre tantas mujeres. Miradas cómplices se cruzaban en los paraderos, en el metro, y en el trabajo. Miradas que atestiguaban una similitud en nuestra experiencia y destino, que dieron cuenta mediante un distintivo, una cinta morada o un pañuelo verde, que nos encontraríamos. No importaba quiénes éramos, sino quiénes podríamos ser y quienes queremos ser: mujeres que exigimos una transformación social, mujeres que luchamos desde un descontento hacia una posibilidad de transformación.

Julieta Kirkwood –nuestra destacada teórica y feminista de los 80’– decía que el feminismo es rebeldía que se gesta ante la “la tremenda diferencia entre lo que se postula para todo el género humano y lo que vivenciamos concretamente las mujeres”. Experiencia compartida de violencia, de injusticias, de discriminación que hoy, como antes, se articulan nuevamente exigiendo una transformación, un cambio sustantivo a las formas en que se reproduce la sociedad. El movimiento feminista gesta la posibilidad de abordar nuevamente cuestiones sustantivas para responder frente a un sistema que merma nuestras posibilidades y que constriñe nuestra vida tanto en lo público como en lo privado, en la casa y en el trabajo. Ese es el contenido político del feminismo, aquel que desbarata las formas actuales y que exige una transformación. Es político en tanto cuestiona y propone transformaciones, y construye una posibilidad que busca derribar las estructuras patriarcales dominantes en la sociedad.

Los feminismos son rebeldes, y se constituyen como un movimiento político porque implican no sólo una transformación de los cánones culturales que reproducen la opresión y subordinación de las mujeres, sino que también apela a las formas estructurales que reproducen el sistema patriarcal en ámbitos sustantivos para la vida de las mujeres: sistema de pensiones, de salud, seguridad social, violencia, derechos sexuales y reproductivos. Va más allá de demandas específicas y establece una visión global que señala una multiplicidad de campos de acción para la transformación: desde el ámbito económico, al jurídico y político. Así, se articulan feminismos contra la precarización de la vida.

En este sentido, las demandas feministas son profundamente democráticas. Democracia que no sólo se establece jurídica o procedimentalmente, sino que señalan la posibilidad de exigir una democracia efectiva en todos los planos en que las mujeres nos desenvolvemos. En último término, los feminismos vueltos movimientos claman por la conformación de una actoría social que dispute en términos políticos la mejora sustantiva de la vida de las mujeres y de las personas que están en una posición subordinada. Llamado que traspasa fronteras y se plasma con el carácter general a través del llamado a huelga de este 8 de marzo.

El trabajo extenso, articulado y nacional que desplegó la Coordinadora 8 de marzo desde el 2018, es un hito en nuestra historia reciente. Miles de mujeres que se pliegan ante un llamado que enfatiza nuestra necesidad de decir basta. De parar y hacernos visibles ante un sistema que obstaculiza y atenta contra nuestras vidas al no contar con una respuesta frente a nuestras demandas, donde se hagan carne. Los feminismos dan cuenta de eso, constituyen ese espacio de articulación y organización social que se construye y dota de contenido y elaboración política desde mujeres y disidencias. Movimiento que implica un enfoque que incomoda al sistema económico, que evidencia las formas de precarización de todes: migrantes, trabajadoras, pobladoras, estudiantes, mapuches y dueñas de casa. Pliego de demandas que el pasado viernes 8 se manifestaron en una multiplicidad de espacios llamando a la consecución de nuestra lucha.

Este año se promete feminista. Se presiente como una continuidad de las demandas de las estudiantes que el pasado 2018 coparon las calles y plazas exigiendo una educación no sexista. Hoy ese llamado trastoca a la sociedad en su conjunto y hace eco en nuestras casas y espacios de trabajo. Se comprende y se siente desde la multiplicidad de mujeres que transformaron un sentido común feminista en una demanda política por derechos sociales, por justicia y por una vida digna. Por libertad y emancipación, como dirían las feministas de los años 30 y 40. Por democracia, como las de los 80’. Hoy, nuestro desafío es construir esa agenda feminista, desde las calles, el movimiento y la organización social. Mujeres que politizan su vida y experiencia, y constituyen una fuerza indudable que busca cambiar el orden de las cosas.

Cambio que ninguna agenda externa o gubernamental podrá contener. Desdobla la intención de la política tradicional-transicional y desborda los límites de lo institucional. Que pone en jaque las promesas neoliberales bajo la figura del empoderamiento e incorporación económica de las mujeres: vamos mucho más allá de eso. ¿Cómo no considerar el feminismo como ese espacio de articulación, heterogéneo y diverso, que se constituye como una nueva posibilidad a la política tradicional, a las derechas y frente al avance de los discursos conservadores? ¿Cómo no comprender el potencial político del feminismo? ¿Cómo acallar el componente estructural que violenta cotidianamente nuestras vidas? Las calles atiborradas de mujeres, dan cuenta de la condición histórica a la cual nos enfrentamos. A la necesidad de multiplicar las asambleas en nuestros trabajos, en el vecindario, las escuelas y universidades. A enseñar, aprender, multiplicar y contagiar de feminismo nuestros espacios. A compartir, construir y reflexionar en conjunto. A organizarnos y ser parte del destino que queremos forjar, en conjunto y para todes. Compañeras, ahora es cuando.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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