Opinión
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¿Qué pensaría Miguel Kast del gobierno de su hermano?
El desafío que enfrenta el gobierno de José Antonio Kast no es solo político o ideológico. Es, ante todo, responder en materia social a la obra de su hermano Miguel, y a lo que él representa en su propio sector político.
Más allá de las diferencias políticas existe un consenso transversal: las actuales políticas sociales chilenas llevan la impronta de Miguel Kast Rist. Desde que impulsó en la Oficina de Planificación Nacional (Odeplan) el primer Mapa de la Extrema Pobreza, sostuvo que la escasez de recursos fiscales debía asumirse como una restricción operativa, no como un obstáculo insalvable. Por eso instaló la necesidad de instrumentos objetivos que detectaran situaciones de vulnerabilidad y permitieran focalizar los esfuerzos de manera consistente.
Han pasado décadas y el gobierno de su hermano José Antonio no parece abordar el problema con el mismo criterio. Los oficios que está emitiendo el Ministerio de Hacienda, a cargo del ministro Jorge Quiroz, proponen discontinuar 142 programas dependientes de 22 ministerios, con un ahorro anual de 5,4 billones de pesos (aproximadamente 5.400 millones de dólares). Estas medidas no guardan coherencia con las ideas y criterios de la antigua Odeplan.
Quienes conocieron a Miguel Kast saben que no era un tecnócrata convencional. Entendía que el peor obstáculo para los pobres es la mala calidad de la política social. Por eso diseñó un sistema de beneficios focalizados en los sectores de menores ingresos, con el propósito de que cada peso del gasto público llegara con precisión a quien más lo necesitaba.
Hoy, el gobierno de su hermano José Antonio parece aplicar una lógica distinta: discontinuidades masivas sin diagnóstico previo, sin evaluación técnica y sin propuesta de reestructuración o reemplazo. La tabla de recortes del 3% ejemplifica una discrecionalidad administrativa basada en medidas arbitrarias, decididas en el escritorio del ministro Quiroz, sin considerar los impactos reales de esas políticas en los indicadores generales que el Estado debe atender.
En Odeplan, Miguel Kast no solo eliminaba programas. Los reemplazaba por otros mejor diseñados, con mayor impacto comprobado y con evaluación previa. Creó el subsidio único familiar, modernizó las fichas estadísticas y sentó las bases del actual Registro Social de Hogares. Todo eso implicó estudios, pilotajes, ajustes y seguimiento sistemático de resultados. La eficiencia del gasto era el medio, no el fin. El objetivo era sacar a las personas de la pobreza y elevar los indicadores sociales en términos que hoy pueden calificarse de restringidos, pero que fueron avanzados para su época.
Para Miguel Kast, la pobreza no se enfrentaba con meros recortes. Su interés era la precisión: con datos, con planificación y con la convicción de que la política social no puede ser moneda de cambio fiscal. Se trataba de hacer más y mejor con el mismo presupuesto.
Hace apenas meses, el presidente José Antonio Kast prometió en campaña: “No vamos a cortar ningún beneficio social que hoy exista”. El oficio de Jorge Quiroz, presentado como un mero “insumo técnico” para el debate presupuestario, amenaza con incumplir esa promesa y, de paso, abandonar el legado de quien da nombre a la propia tradición política familiar del presidente.
Si algo detestaba Miguel Kast era la improvisación. La política social focalizada que diseñó en los años 70 y 80 fue una respuesta técnica para un país con recursos muy limitados. Por eso, probablemente, hoy no estaría aplaudiendo este recetario de ajuste sin base técnica ni planificadora.
El listado de programas afectados incluye instrumentos que día a día inciden en la vida de miles de niños, enfermos y familias en situación de vulnerabilidad. Miguel Kast no habría recortado solo por ahorrar. Habría eliminado lo que no funciona, pero exigiendo estudios, evaluaciones y, sobre todo, programas alternativos antes de desmantelar pilares que han sostenido durante décadas a los más vulnerables.
El desafío que enfrenta el gobierno de José Antonio Kast no es solo político o ideológico. Es, ante todo, responder en materia social a la obra de su hermano Miguel, y a lo que él representa en su propio sector político, como un referente de algo mucho más complejo que la arbitrariedad de una motosierra.
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