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Nada personal: Comunicación, sin emoción Opinión AGENCIA UNO

Nada personal: Comunicación, sin emoción

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Un gobierno puede sobrevivir a errores, incluso a crisis, si logra construir un vínculo con la ciudadanía. Boric lo exacerbó hasta transformarlo en algo ridículo. Pero lo que se hace hoy es peor aún: difícilmente se sobrevive a la indiferencia.


Hay gobiernos que creen que comunicar bien consiste en no molestar, en hablar bajito, despacio, sin estridencias, sin épica, sin riesgo, como si la política pudiera reducirse a un parte clínico: cifras, medidas, resultado. Nada personal.

El problema es que, cuando un gobierno opta por esa asepsia comunicacional, no se vuelve neutral: se vuelve irrelevante. La actual administración de Kast parece haber abrazado esa lógica. Sus mensajes buscan transmitir eficiencia, control, sobriedad, pero en ese esfuerzo por despojar a la política de emoción, ha terminado por vaciarla de sentido. Las decisiones se explican, pero no se sienten. Se informan, pero no se conectan con la experiencia concreta de quienes las reciben. Y en política lo que no conecta, no existe.

Aquí aparece la intuición —casi profética— de la letra de Nada Personal de Soda Stereo: Comunicación, sin emoción. Una voz en off con expresión deforme. La canción describe un vínculo frío, distante, donde todo ocurre sin implicación real. No hay conflicto abierto, pero tampoco hay compromiso. Algo similar ocurre cuando un gobierno comunica como si sus decisiones fueran meros actos administrativos, desvinculados de las vidas que afectan. La ciudadanía deja de ser interlocutora y pasa a ser audiencia pasiva. O peor: indiferente.

Creer que la emoción es sinónimo de populismo es una confusión política. La emoción, en política, es otra cosa. Es relato, es pertenencia, es la capacidad de dotar de sentido a la acción pública. Sin ella, incluso las políticas correctas pierden tracción. Se transforman en mera información, pero no en ideas que movilizan.

La sobriedad, en este contexto, se convierte en silencio simbólico. Y ese silencio nunca queda vacío: alguien lo ocupa. Cuando el gobierno renuncia a construir un relato, la oposición lo hace por él. Cuando evita la épica, otros la inventan. Y cuando insiste en que no hay nada personal, la ciudadanía termina por creerle y actuar en consecuencia. Como en la canción, al final igual todos buscamos calor en esa imagen de vídeo… y si no la encontramos la buscamos por otro lado.

La mejor expresión de este modelo comunicacional por el que ha optado el gobierno es el hecho que la ministra vocera dependa de los contenidos y decisiones del Segundo Piso. Al final deja a quien ejerce la vocería -nada personal, nuevamente- como un intérprete de una canción que no le es propia. Como un holograma, como lo que nos trajeron Zeta Bosio y Charly Alberti al Movistar Arena: quisiéramos pensar que sí lo es, pero en realidad, la triste realidad, es que no lo es.

El riesgo de todo esto no es solo comunicacional, sino político. Un gobierno puede sobrevivir a errores, incluso a crisis, si logra construir un vínculo con la ciudadanía. Boric lo exacerbó hasta transformarlo en algo ridículo. Pero lo que se hace hoy es peor aún: difícilmente se sobrevive a la indiferencia, porque la indiferencia no moviliza, no defiende, no perdona.

En tiempos donde la política compite por atención, sentido y pertenencia, comunicar sin emoción no es una virtud. Es una renuncia estratégica. Una forma elegante —casi sofisticada— de decir nada. Nada personal.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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