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Mientras algunos muros caen, otros se levantan

por 8 agosto, 2019

Mientras algunos muros caen, otros se levantan
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En un par de meses se cumplirán 30 años de la caída del Muro de Berlín. La imagen de miles de alemanes de Oriente y Poniente destruyéndolo está grabada a fuego en los ojos del mundo entero. No solo significó el fracaso de un régimen, sino también el fin de una era.

El Muro era el símbolo del régimen comunista, de la opresión, del secretismo. Su caída, que la democracia había triunfado. La Guerra Fría quedaba atrás y, después de tanto tiempo, se restituía la paz. La libertad, la solidaridad y la seguridad parecían inspirar nuevamente a las personas.

Con todo, llama la atención que a 30 años de su caída, han sido más los muros que se levantan que los que se derriban. Por poner un ejemplo, el presidente de Estados Unidos se ha empecinado en la construcción de uno, aplicando una política fronteriza que ha dejado las más tristes postales, como la foto de un padre abrazado a su hija de dos años, ahogados en un río intentando cruzar la frontera.

Pero esta división sistemática no solo es material, sino también –y quizás más grave aún– simbólica: los discursos y relatos que realzan la división entre compatriotas, discriminando y alentando a excluir a quienes provienen de ascendencia migrante, se han vuelto cotidianos. La semana pasada fuimos testigos de cómo un grupo de inmigrantes, al ser desalojados de una toma en el norte de nuestro país, fueron abucheados por un grupo de chilenos que allí residían, quienes entre gritos exclamaban “¡que se vayan!”.

Y es por eso que no necesitamos alejarnos tanto para pensar en estos muros. Hoy nuestra misma sociedad se divide. Son aquellos muros que inundan barrios y poblaciones, como aquel que separaba la Legua de la “Legua Emergencia”, el lugar donde casi nadie podía entrar. Están también los de las cárceles, que al mismo tiempo que nos impiden ver el hacinamiento y su estructura precaria, nos hacen indiferentes a su realidad.

Así, las divisiones de nuestro país no son solo muros de concreto; pero sí producen similares efectos. Esto ocurre porque son fruto de la desigualdad, y no debemos olvidar que cuando ésta es así de significativa y profunda, nos alejamos y los lazos se quiebran entre las personas. Las comunidades se fragmentan y se pierde el sentido de pertenencia. Y para peor, es allí, en esa necesidad de pertenecer a algo que se comienza a fraguar el caldo de cultivo para los nacionalismos exacerbados, los populismos y caudillismos. Es por esto que ya no son embates externos los que sufren la democracia e institucionalidad vigente. Se trata de estos desafíos que vienen desde adentro, que se engendran en los mismos límites de nuestros sistemas democráticos occidentales.

No debemos olvidar que, así como los muros caen, se pueden volver a levantar. De ahí que sea importante recordar que la institucionalidad vigente y la democracia no están aseguradas. Son una conquista permanente, que podemos perder en nuestro delirio de construir muros artificiales.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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