jueves, 28 de mayo de 2020 Actualizado a las 13:16

La calle que perdimos

por Marcelo Segura 10 abril, 2020

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Señor Director:

Todo lo que en una población está fuera de las casas se llama calle dice mi viejo diccionario. Cuando éramos niños salir de casa era adentrarnos en ese espacio interminable de tierra y piedras donde conocimos el fútbol, pelear a mano limpia, leer libros prohibidos agazapados en los árboles y amar atrincherados en el arco izquierdo de la cancha. En esas calles veíamos el invierno llegar con poderosa violencia y aun así recorríamos poza a poza, los trayectos a la escuela, corriendo y saltando las planchas de zinc, ramas, pedazos de ventanas, árboles gigantes. Allí en esa calle, la primavera la esperábamos en patota porque en nuestra cuadra vivía la vecina más bella de la comarca, madre de la estrella de nuestro equipo y que con los aires de septiembre comenzaba a barrer con ropa más ligera afuera de su casa, en la calle. La mirábamos de reojo mientras jugábamos una pichanga que no tenía otra razón, que estar cerca de ella. Barria el polvo que esparcíamos con el peloteo, mientras su cuerpo se movía al ritmo de una esbelta escoba hecha de paja. Escobas de calle que solo se vendían en las calles.
En la calle conocimos nobles y malignos personajes. La señora Irene que con solo mirar nuestras mascotas las hacía suicidarse. A Manolo que inventaba historias de animales inexistentes y que desde las siete de la mañana, con un ademán oriental saludaba a amigos y enemigos, jefes y obreros, zurdos y diestros.

En la calle conocimos a “Pedrito” que nunca supimos donde vivía y que se besaba con su perra como si fuesen amantes y al “Richard”, un hombre sin envejecer que hablaba en perfecto alemán y en la calle se decía que enloqueció de tanto estudiar.
En la calle me besé con la hija del dueño del restaurante donde mi padre vendía los pescados del día.
En la calle rompimos 73 ventanas con la pelota de casco
Estábamos en la calle cuando vimos helicópteros llegar a la población y llevarse a patadas al Padre del “Callín” que nunca más creció.

En la calle perdimos hermanos, recuperamos la Democracia.

Sin internet no había emoticones y la única posibilidad de hacer un guiño era salir donde todo se aprende, lo bueno y lo malo. ¿Cómo se cultiva la empatía, si no vemos romperse las rodillas de tu prima cayendo de los árboles, la sangre en la nariz de tu mejor amigo, y la mirada aterrada de la niña que te gusta, cuando su padre llega borracho?
Salimos al balcón con nuestro hijo de casi dos años. Nos ponemos a mirar por si atraviesa la calle la señora de vestido rosa, si aparece el vecino paseando al perro, el chico de la bicicleta, una rauda motoneta, un abuelo mirando los árboles. O tan solo sentir el viento, que vive desde centurias allá afuera. Cada día nos demoramos más en ver humanos caminando. Saludamos a todos, algunos se giran y nos devuelven el saludo. En la tarde somos parte de quienes aplauden y gritan diciendo bravo, a los héroes que están deteniendo esta macabra jugada del destino. ¿hay un castigo mayor que tener los parques solos, ausentes de niños? ¿las plazas sin amantes, los cafés sin abuelos leyendo el diario?

Salir de casa siempre fue una epopeya. Era romper los muros del feudo medieval y renacer en los colores de la tierra, volviéndonos más fuertes en el abrazo de los otros. Pero nos pasó que dejamos de aprender de la calle y solo la ocupamos como espacio para correr veloces en autos, bicicletas o scooter. La invadimos de centros comerciales, farmacias y edificios tan altos como Dios. “Las ciudades son accidentes que no prevalecerán frente a los árboles”, decía el poeta Jorge Teillier. No hicimos caso. La calle de tierra se replegó a los pequeños pueblos del Chile profundo. Hoy todo es asfalto para ir de prisa quien sabe adónde, tan rápido que ahora no sabemos dónde poner el silencio, la pausa, la lentitud del tiempo.
La mirada la pusimos en el smartphone y cuando el otro te buscaba nunca más te halló. En los parques los niños jugaban mientras sus padres envían desesperados mensajes por celular como si el mundo se fuese acabar. Tantos otros allá afuera y nosotros sin mirarles.

Una peste nos ha dado el mayor castigo: No poder salir a ese espacio interminable y placentero de la calle. Si tenemos de nuevo esa posibilidad, que una pantalla no nos impida saludar a quien encontremos, porque a pesar de todo lo que estamos viviendo en este 2020 de tanta muerte, miedo y dolor, una pequeña luz se asoma por la ventana. No hay otra forma de salir de esto, que acompañado de todos quienes pasan y veo por el balcón. Por eso, acurrucado con los que quiero, cada cierto tiempo de esta cuarentena, abrimos la ventana y a todo quien pase le saludamos, uno a uno, ininterrumpidamente. Como lo hacía Manolo que desde las 7 de la mañana con un ademán oriental, les daba los buenos días a zurdos y diestros. Es la única forma de volver a dibujar un planeta, un país y una calle con caligrafía a escala humana. Por lo menos a mí, esa es la principal enseñanza de esta peste: recuperar esa calle que hemos perdido.

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