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Soberanía austral, un tema recurrente ANÁLISIS

Soberanía austral, un tema recurrente

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José Rodríguez Elizondo
Por : José Rodríguez Elizondo Periodista, diplomático y escritor
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Fragmentos del libro Guerra de las Malvinas, Noticia en desarrollo, de José Rodríguez Elizondo, reconstruyen la doctrina geopolítica que durante décadas sostuvo que Argentina debía controlar el Estrecho de Magallanes, el Beagle y los pasos australes hacia el Atlántico.


Resumen
Síntesis generada con OpenAI
La doctrina del “principio bioceánico” marcó durante buena parte del siglo XX el pensamiento geopolítico de sectores militares argentinos. Bajo la idea de una Argentina dominante en el Atlántico Sur y un Chile limitado al Pacífico, altos oficiales llegaron a reivindicar el control del Estrecho de Magallanes, el canal Beagle y otros territorios australes. Los textos de José Rodríguez Elizondo muestran cómo esa concepción alimentó hipótesis de conflicto, tensiones con Chile y una visión estratégica en que los pasos interoceánicos eran considerados verdaderas “llaves” del poder regional.
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Si en Chile tuviéramos una Cancillería con la autoestima y la memoria que da la profesionalidad, no nos sorprendería la recurrencia de las “desprolijidades” argentinas sobre nuestras fronteras australes. El tema incluso fue objeto de una tesis presentada ante la Academia Diplomática en la primera década de este milenio. Es lo que consignara en 2012 el libro Guerra de las Malvinas, Noticia en desarrollo, de José Rodríguez Elizondo.

A continuación dos de sus capítulos más significativos:

El dogma bioceánico 

La perversión de la relación civil-militar tuvo como base ideológica el “principio bioceánico”, que daba el control del Atlántico Sur a Argentina, permitía que Chile se quedara en el Pacífico y advertía al Reino Unido que su soberanía sobre las Malvinas era un tema estratégico. La formulación más descarnada de ese principio se produjo en 1948, mediante discurso del almirante Gastón A. Clement, jefe del Estado Mayor de la Armada argentina. Allí quedó estampada su tesis de acción, según la cual “Argentina desde el punto de vista geopolítico es dueña de todo el Estrecho de Magallanes, de sus canales derivados y de todo el Beagle”. En consecuencia, todos los tratados con Chile que contraríen esa realidad “no tienen mayor alcance, porque se trata de necesidades de la nación argentina impuesta a ella por su propia naturaleza geográfica y por la configuración del extremo austral del continente (…) el cono sur de América es argentino por
obra de la naturaleza”.

En su desarrollo, esa formulación se relativizaría, pero sólo contra Chile. El capitán de navío Jorge A. Dellepianne escribió que “la Marina argentina debe tener dominio absoluto sobre todos los canales del Pacífico al sur de la isla de Chiloé”. Un geopolítico de la misma época, el coronel Manuel A. Olascoaga, diría que la expansión argentina hacia el Pacífico “es una necesidad derivada de la configuración geográfica de nuestro territorio” y que Argentina “debe fijarse como meta el dominio de los actuales puertos chilenos en el Pacífico”. [1]

Si algo positivo hubo tras la guerra de las Malvinas y la casi guerra por las islas del Beagle, fue la desacralización de ese “principio” y de la geopolítica que lo cobijaba. Quedó claro que, en lugar de ser guías del conductor político para la defensa, desarrollo y administración de Argentina, se habían convertido en una coartada castrense para la mantención de la hegemonía en la conducción política del Estado, con base en una hipótesis de conflicto continuo. Paradigmática, al respecto, fue la cruda admonición del general argentino Carlos Suárez Mason al canciller chileno Hernán Cubillos Sallato, a mediados de 1978. Cuando éste le sugería vías para mejor conducir las negociaciones del conflicto del Beagle, lo interrumpió: “Ministro, usted no entiende nada de nada, porque está buscando con veinte mil artilugios lograr la paz entre nosotros… usted no quiere entender que el ejército argentino necesita pelear una guerra limpia”. Esto último fue un obvio guiño a la “guerra sucia” o interna, que tenía a Suárez Mason como uno de los represores más conspicuos. [2]

Los líderes argentinos ilustrados, políticos y sociales, entre los cuales Raúl Alfonsín, sospecharon ese trasfondo inaceptable desde el principio. Además, por formación intelectual no podían ignorar que la frase-símbolo de la coartada -“Argentina en el Atlántico, Chile en el Pacífico”- tenía una connotación metafísico-instrumental equivalente a la del origen divino del poder real. Sugería que alguien, en el origen de los tiempos, había dispuesto que era deber de los militares argentinos impedir que los chilenos se proyectaran hacia el Atlántico, para así controlar este océano a voluntad. Como contrapartida, ese alguien aceptaba, transitoriamente, que los chilenos disfrutaran del Pacífico, aunque sin explicar quién, cómo, cuándo y por donde había trazado el límite exacto entre el Pacífico sudoriental y el Atlántico Sur.

Cabe agregar que se trataba de una coartada geopolítica en dos velocidades, pues las disputas con el Reino Unido y con Chile, a las que se aplicaba, tenían hitos iniciales diferenciados: la conquista británica de las Malvinas, en 1833 y la implantación de Chile en el Estrecho de Magallanes en 1843. Además, por emparentar ambas disputas, era una coartada que terminaba generando su propio fantasma: el temor argentino a una coalición anglo-chilena antagónica.

Las llaves del poder

De acuerdo a lo señalado, hubo un largo período -entre 1833 y 1982- en el cual las disputas, supuestamente resueltas por tratados bilaterales o encauzadas por la ONU, mutaron en amenazas de guerra (con Chile) y en guerra plena (con el Reino Unido). En esa mutación se activaron los aceleradores argentinos de la politización militar y las hipótesis de beligerancia, bajo conducción política de los militares.

El proceso avanzó en la línea de lo que Wright Mills llamaba“ definición militar de la realidad”. Es decir, como un enfoque fijo que internalizaba, sesgadamente, las lecciones navales de la Segunda Guerra Mundial y descubría el fresco apocalíptico de la inminente Tercera Guerra Mundial.

Como se supone que las guerras las ganan los que están preparados para enfrentarlas -sea desde la vanguardia o como país de reparto-, esa utopía negra reveló a los discípulos de Clement un nuevo escenario marcial para el Atlántico Sur. La hipótesis era que el control de las rutas interoceánicas cobraría una importancia decisiva, en especial relación con el transporte de hidrocarburos. El canal de Panamá, a fuer de obsoleto para naves de gran tonelaje, desaparecería tras las primeras escaramuzas y ello elevaría la importancia de las tres vías alternativas del sur: el Paso de Drake, el Estrecho de Magallanes y… el canal de Beagle. Rutas indestructibles en cuanto formaciones naturales establecidas en el Génesis.

El duende de la megalomanía, que suele esconderse entre los volúmenes de Friedrich Ratzel, Rudolf Kjellen y Karl Haushofer, debió susurrar al oído de lectores receptivos que quien tenga el control de esas tres rutas tendrá el control del mundo. O algo por el estilo. Y así fue como las posiciones geográficas con vista a ese mar se revalorizaron de manera considerable. Islas, islotes, peñones y riberas elevaron su estatus al de “llaves del Atlántico Sur”.

Ahí surgió, para Argentina, la conciencia de una carencia. Largamente bañada por ese sector del océano, no tenía el llavero completo. La llave principal la tenía el Reino Unido, por su imperial control sobre las islas Falkland (Malvinas) y sus “dependencias”. Las otras las debía compartir con Chile, que tenía el control del Estrecho de Magallanes, una amplia azotea sobre el Mar de
Drake y la posesión titulada de las islas del canal Beagle.

Como es natural, no sólo los argentinos estaban pensando geopolíticamente. Quienes tenían llaves propias, como Chile y el Reino Unido, por lo menos querían conservarlas. Además, los siempre listos geopolíticos de Brasil, proyectados hacia la Antártica, no aceptaban que hubiera una muralla china entre el océano que bañaba sus costas y el que bañaba las costas argentinas.
Para ellos, desde el punto de vista geoestratégico, el océano Atlántico era una unidad y, en términos de estrategia militar, debía haber una estrategia conjunta, en parte bajo responsabilidades regionales. Por último (tal vez, por el principio) durante la luna de miel entre los Estados Unidos de Ronald Reagan y la Argentina del general Leopoldo Fererico Galtieri estuvo procesándose la posibilidad de una Organización del Atlántico Sur (OTAS) gemela de la OTAN. El Secretario de Defensa general Alexander Haig la pensaba con la participación de las fuerzas navales de Argentina, Brasil, Chile y Sudáfrica, bajo liderazgo del primer país. Pero Brasil, que no aceptaba ese liderazgo, se excusaba por la presencia eventual de Sudáfrica (la del apartheid), que perjudicaba sus relaciones con las recién independizadas colonias portuguesas. Argentina, por su lado, no aceptaba asignar responsabilidades atlánticas a Chile, lo que produjo una urticante réplica del almirante y geopolítico chileno Francisco Ghisolfo. En un discurso semi oficial –condecorando a un oficial sudafricano- propuso que la defensa atlántica de Occidente se fundara sobre las fuerzas navales de: Brasil, Chile, Sudáfrica y… el Reino Unido. [3]

Un desplante muy en línea con la posición institucional de la Armada chilena de la época, para la cual, por razones estratégicas y geopolíticas, no había que favorecer las aspiraciones argentinas a las islas Malvinas en aras de una “supuesta descolonización del continente”. [4]

 

[1]Cit. por diplomático chileno Raúl Sanhueza Carvajal, en su tesis académica El conflicto anglo-argentino sobre Malvinas / Falkland y la política chilena respecto de ese territorio ¿coherencia, solidaridad o subordinación?, presentada ante la Academia Diplomática de Chile en marzo de 2009.

[2] Episodio en entrevista a Cubillos para Informe especial, programa de Televisión Nacional de Chile. El entrevistado califica como prepotente la actuación de Suárez (“me alzó la voz”) y la explica porque “quizás tenía unas gotas de alcohol de más”. Visionada por el autor en Youtube, el 15.06.2012.
http://www.youtube.com/watch?v=jwDccJL2r1s&feature=related

[3] V. texto Diabluras de la OTAS en Caretas de 1.6.1981.

[4] Documento de mayo de 1973 de la Cámara de Almirantes en retiro de Santiago, en Bitácora de un almirante, Memorias de José Toribio Merino, Editorial Andrés Bello, Santiago, 1998, pg. 186.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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