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Si Chile fuese una familia

por 24 octubre, 2020

Si Chile fuese una familia
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Si Chile fuese una familia, sería de aquellas disfuncionales que se habían acostumbrado a soportar a un papá que ejercía violencia económica y psicológica sobre la mujer, las hijas e hijos. Y si bien, los vecinos del barrio pensaban que era la familia perfecta, se sabía que solían esconder toda la basura bajo la alfombra, evitaban que los niños se enteraran de los problemas de la familia y los mandaban a ver TV para que no supieran lo que estaba pasando realmente en casa.

Pero tarde o temprano, el vecindario se iba a enterar que la rimbombante familia que se fanfarroneaba de sus lujos y viajes al extranjero (la que transmitía ser ejemplo de moralidad, progreso y prosperidad), estaba lejos de serlo.

Y ocurrió que en un día de octubre, la hija más adolescente se rebeló y se saltó un torniquete. La siguió la madre que, cansada de atropellos, sacó inesperadas fuerzas y estalló como nunca antes; y en un acto liberador y reivindicador, tomó su cacerola y manifestó su descontento. Vio que otras madres hicieron lo mismo, dejó de sentirse sola y supo que la insatisfacción era mucho más común de lo que llegó a pensar.

¿Tenía rabia? Muchísima. Una rabia parida y acumulada de años de abusos, carencias y privaciones. El estallido de ira de esa madre siempre relegada a un segundo plano, remeció la casa y de un momento a otro, casi sin pensarlo, decidió pedir el divorcio. Poniendo fin a décadas de un letargo depresivo y apático.

Sin embargo, ilusamente las hijas e hijos pensaron que papá iba a comprender la reacción y empatizar. Y, con doloroso asombro, se dieron cuenta que no desea cambiar en lo absoluto ni quiere dejar de ser abusivo y dominante. Por el contrario, hoy lo único que está haciendo es culpar a la mujer por la separación, la amenaza con agredirla cuando ve que ya no acata sus mandatos machistas o la trata de mujerzuela egoísta porque está tomando decisiones por sí misma.

Es que el patriarca no está aceptando que el mundo cambió y, por ello, aún no logra comprender su responsabilidad en esta separación. Nunca quiso admitir que la familia necesitaba cambios urgentes y que él debió ir a terapia cuando se lo propusieron. Pero no, siempre ha dicho que: Yo no tengo problemas.

Esa es la razón por lo que piensa que mamá tiene un amante, está manipulada por la psicóloga, las amigas, las feministas, los rusos, los alienígenas y de cuánta idea paranoide surge de su mente confundida. No advierte la magnitud de la crisis porque siempre ha postergado hacerse cargo de los temas complejos y haciendo vista gorda a los problemas de la familia. Nunca ha querido cuestionarse su rol porque sus privilegios le nublan la percepción de la realidad y las injusticias y las penurias nunca le llegan a afectar directamente.

A pesar de todo el evidente colapso familiar, resulta impresionante cómo se resiste obstinadamente al cambio. Tiene una terquedad y una resistencia casi patológica, porque todos son responsables de la actual crisis… menos él. Se está comportando como esos machos que no asumen sus fracasos y los esconden en resentimientos, adicciones o violencia explícita. Es que el pensamiento machista no conoce la autocrítica y tiene ese rancio olor a patrón de fundo, arrogancia o egocentrismo.

Si bien antes de la separación, papá se comportaba más controlado y políticamente correcto sobre todo cuando venían visitas, no fue hasta que le gritaron en su cara que no estaba bien lo que estaba haciendo, que no tolerarían más sus comportamientos egoístas y se atrevieron a cuestionar su poder ilimitado, que sintió una sensación de inseguridad que no conocía y se descompuso. Y, desde ese momento, se ha comportado muy agresivo, sacando las garras para defender, a cualquier precio, lo que cree que le pertenece.

Penosamente, hemos visto con profunda decepción que cuando le dejan de dar autoridad, el patriarca se vuelve un energúmeno y saca su parte más oscura; y, con asombro, nos enteramos que ese padre que siempre proyectaba una imagen de tener todo bajo control, comenzaba a tener actitudes de psicópata.

Los que nos llevó a revisar los libros de psicopatología y descubrir que esas actitudes son propias de personas antisociales, que no sienten empatía, remordimiento ni son conscientes (o no les importa) las consecuencias de sus actos; que son dominados por sus ideas rígidas y están dispuestos a invalidar, maltratar, agredir o incluso matar sólo para mantener sus creencias, las que viven como la gran y única verdad.

Y en las situaciones límites, los psicópatas anhelan tomar el poder y apropiarse de todo, porque los conflictos graves y las crisis son el mar donde les encanta nadar a sus anchas. Efectivamente, cuando uno estudia las crisis mundiales es muy fácil ver lo horroroso que puede ser el actuar de los psicópatas en situaciones extremas.

Y en los extremos, la humanidad deja de lado su humanidad.

Lamentablemente, hoy se está actuando con poca humanidad y renunciando al compromiso con la sana convivencia familiar, permitiendo que los hijos rabiosos se peleen entre sí y dejando que la violencia tome protagonismo, pavimentando el camino hacia una crisis social sin precedentes. El patriarca, por su incapacidad para estar a la altura de los nuevos tiempos, está abandonando a la familia a su propia suerte y bajo ningún punto de vista va a pedir perdón, reparar ni menos asumir su responsabilidad por los caídos que han sido parte de este divorcio.

Por otro lado, mamá, ha sido una acumuladora de frustraciones y, por décadas, expresó sus necesidades y lamentos al viento, pero poco consciente que a nadie parecía importarle. Hoy, en cambio, poco a poco está aprendiendo a reaccionar ante lo que genera daño, liberando sus dolores, rechazando lo que no quiere para su vida y descubriendo que la rabia bien dirigida es una emoción que permite reaccionar ante las injusticias.

Pero, ¡ojo!, bajo ningún punto de vista es una víctima de las circunstancias. Ella es también causante de la crisis y debe hacerse cargo de que eligió a ese padre para armar una familia. Es necesario que tome consciencia que es responsable por su descuido de sí misma, por repetir demasiadas veces que “las cosas son así”, por sus décadas de silencio, y, principalmente, por darle poder absoluto a alguien machista y con rasgos egoístas y mezquinos.

Y todo, porque no ha sabido cuestionar ese anhelo infantil de buscar la protección de una autoridad fuerte que le dé seguridad y que la lleva a olvidarse de su poder, para entregárselo a este hombre dominante y autoritario; acomodándose a lo que hay, porque ha vivido, pasiva y secretamente, esperando que algún día cambie.

Pues bien, ya es hora que comprenda que nada va a cambiar si ella no se mueve, teniendo que evolucionar para salir de su histórica pasividad y recuperar el amor propio, hasta que su dignidad se haga costumbre. Y, de esta manera, poner nuevos cimientos para construir una mejor familia. Por ello, no puede darse el inocente lujo de dar un portazo, irse de casa y llevarse a sus hijos a la calle sin un plan claro y realista de cómo va a vivir, sin tener que depender de la pensión de su ahora, ex marido.

Es que tampoco es justo que quede en la pobreza, precisamente hoy cuando deja de ser una mujer dócil. Si eso pasa, creerá que volver a ser sumisa y acatar el machismo es un mal menor, sólo porque no supo cómo ser independiente y vivir bien luego del divorcio.

Va a tener que aprender que la determinación sostenida y bien canalizada impulsa cambios y que los reclamos rabiosos no sirven cuando no transforman nada en lo concreto. Puede servir como catarsis pero nada más que eso. Por ello, es momento de despertar su sabiduría e inteligencia para tomar mejores decisiones, haciéndose responsable de sus acciones y eliminando la idea fantástica de que otra figura de superioridad llegará a mostrarle un rumbo, salvarla y le dirá cómo debe llevar su vida.

Mami también tiene que crecer.

Y a la familia le hace muy bien que ella madure, se renueve y se vuelva resolutiva y decidida. Que active todas las fortalezas que despierta cuando ha sacado adelante a la familia en sus momentos más complejos, especialmente cuando se ha atrevido a cuestionar ese rol de madre sacrificada y abnegada que le mal enseñaron desde niña. Es muy bueno que se empodere, reaccione y ponga la primera demanda por pensión de alimentos pero no debe olvidar que la reacción es apenas el primer paso del cambio.

Sí, la reacción por sí misma no sirve para generar cambios sostenidos en el tiempo. Para que de verdad ocurra una verdadera transformación, requiere hacerse responsable de su realidad, actuar con coherencia e inteligencia para que la familia esté unida y generar nuevas soluciones colaborativas a los problemas que les aquejan; todo mediante acciones precisas y conscientes para que los cambios no se detengan por las resistencias de algunos integrantes de la familia que están en su zona de comodidad o tienen mucho miedo.

Pero sea como sea, la demanda de divorcio ya está en curso y la familia no tiene muchas alternativas: O cambia y evoluciona, o se estanca y arruina.

En efecto, todo cambio trae riesgos y las posibilidades son inciertas. Una separación no garantiza felicidad porque este clan puede crear un nuevo camino y llegar a la tierra prometida, o puede caerse a un abismo sin fondo porque tomó un sendero sin destino. Así es la transformación, depende de lo que se haga con ella lo que marcará la diferencia entre avanzar, quedarse estancados o involucionar; porque las crisis no son buenas o malas por sí mismas, el resultado exitoso va a depender de la calidad de las decisiones que se toman cuando ellas aparecen.

Todos hemos conocido familias que se desintegran luego de las separaciones y otras que salen más fortalecidas luego de las crisis. Eso depende del nivel de respeto y cuidado por la historia común, la comprensión que se está siempre conectados como familia y por la aceptación que el futuro sano dependerá de las decisiones que realizan en este punto de la crisis.

En este momento histórico, me pregunto: ¿tendremos la madurez y la sabiduría para convertirnos en una mejor familia y aprender a convivir como hermanas y hermanos de una buena vez?, ¿podremos aprovechar la crisis para sacar lo mejor de nosotros, crear nuevos proyectos colectivos e inspirados en el bien común y no esperar que los extremistas quemen la casa? Porque es tan dañino seguir profundizando la crisis. Si eso pasa, en el futuro papá se acostumbrará a depositar una mísera pensión de alimentos y señalará arrogante: ¿Vieron?, ¿no era mejor quedarse como estaban?

Debemos tomar consciencia que el impacto del divorcio pueden durar años, que como familia que somos, sí tenemos un futuro común que nos pertenece a todas y todos. Un futuro que sí o sí debe ser mejor para todas las hijas e hijos de este apaleado paraíso que tanto amamos. Y si en algo estamos de acuerdo, es que en los tiempos actuales toda familia necesita cambiar, evolucionar y aprender a sortear juntos la complejidad de la vida moderna.

Por ello, resulta tan importante generar proyectos solidarios e iniciativas colaborativas que nos convoquen y nos unan, recordándonos que crecimos en el mismo hogar y habitamos el sueño de vivir en un mejor país. Comprendiendo que tenemos una oportunidad única, histórica y necesaria para cambiar para que la familia sea verdaderamente un oasis, nunca olvidando que todas y todos somos 100% responsables de nuestro futuro, con cada acto, decisión y con cada mensaje que generamos.

Hoy más que nunca, necesitamos con urgencia salir de esa añeja dualidad de los buenos y los malos, generar propuestas claras para proteger a las abuelas y abuelos enfermos, a nuestros tíos sin trabajo, a nuestros sobrinos descuidados, a nuestros primos que viven en la pobreza, a los parientes que sufren dolores producto de la historia y por tantos integrantes de nuestra familia que lo pasan pésimo en esta dinámica familiar que ya se volvió tóxica.

Afortunadamente, ya estamos empezando a conversar en la mesa del país que soñamos, despertando un nuevo impulso por volvernos ciudadanos más conscientes de nuestro rol en la realidad cotidiana y nos estamos encontrando con más y más personas que salen de la desesperanza. Porque ya despertamos de la apatía y nos quitamos la venda, pero por ningún motivo podemos seguir sacándonos los ojos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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