Opinión
Los riesgos de la expansión del diagnóstico de trastorno de espectro autista
En estas modas, una tendencia recurrente es a hacer cada vez más inclusivos los diferentes diagnósticos.
Hoy día es cada vez más habitual que personas reciban el diagnóstico de autismo (más formalmente, de trastorno del espectro autista o TEA). Un fenómeno recurrente en la historia de los diagnósticos de diferentes trastornos mentales es que algunos de ellos se vuelven muy populares en algunos períodos, para luego, incluso, desaparecer, apareciendo otros en reemplazo. Ello no es sorprendente: estos no son diagnósticos de condiciones bien definidas. Son, por tanto, altamente dependientes de los enfoques dominantes en las comunidades de profesionales de la salud mental respecto de cómo conceptualizar diferentes problemas que las personas experimentamos en nuestro diario vivir y en nuestras relaciones con otros.
Respecto de varios de los diagnósticos de trastornos mentales, como el TEA, existe la hipótesis de que tendrían una causalidad biológica definida, pero lo cierto es que esto no es más que una hipótesis y que no está ni demostrada esa causalidad y ni siquiera existen especificidades biológicas que permitan reconocerlos.
En estas modas, una tendencia recurrente es a hacer cada vez más inclusivos los diferentes diagnósticos. Dados sus límites borrosos, no es difícil que cada vez más personas sean consideradas como susceptibles de los diferentes diagnósticos que se establecen.
Es lo que ha sucedido con el TEA, que de ser un diagnóstico que se aplicaba a personas que presentaban severas discapacidades comunicativas y relacionales, con daños neurológicos con frecuencia reconocibles, hoy es un diagnóstico aplicado a personas que presentan muy diversas condiciones, con grados de discapacidades asociados también muy diversos. De hecho, el TEA está siendo reconceptualizado como peculiaridades del modo de experimentar la vida, atribuidas, en el lenguaje neurologizado de nuestra época, al funcionamiento cerebral (de allí, el término neurodiversidad con el que es referido). Esta reconceptualización, si bien despatologiza, difumina aún más sus límites.
Se podría pensar que, exagerando el punto, este diagnóstico se está convirtiendo en el rótulo preferido para aludir a la diversidad conductual humana. Es un diagnóstico que está destinado en los próximos años a ser cada vez más frecuente, dado que es casi una ley que, si a un diagnóstico se le asocia una serie de beneficios, se incrementará. Por otro, el incremento de la ansiedad social y de las tendencias evitativas en la niñez y adolescencia, claramente debido a factores sociales, se puede ver apalancado por el uso de este diagnóstico.
Desde luego, lo señalado no es necesariamente negativo, al menos no en todos los aspectos. Solo cabe alegrarse de que personas que pueden tener necesidades diferentes a lo habitual estén siendo cada vez más consideradas y se generen dispositivos de apoyo para ellas y sus familias. Sin embargo, las rotulaciones diagnósticas en salud mental no son sin efectos, menos las de condiciones que se asumen como crónicas y que tienden a subsumir al conjunto de la persona bajo un lente estrecho no solo por parte de los otros sino también por la propia persona, como sucede con el TEA. El efecto de profecía autocumplida de los diagnósticos en salud mental es otro aspecto a considerar.
Aun cuando el contexto no es favorable, intentar que este diagnóstico sea aplicado solo cuando esté plenamente justificado y tratar de acotar la ampliación de sus límites, parecen tareas indispensables. Ciertamente, aunque resulte incómodo cuestionar las certezas sobre la existencia del TEA y sobre su base neurológica, es indispensable una mirada cauta sobre una categoría diagnóstica que tiene tantas limitaciones.
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