Opinión
La pureza tan temida
Antes uno tenía que leer a Borges o a Onetti casi en secreto, porque no eran escritores “comprometidos”. Yo me pregunto: ¿qué hacer con esta cultura de nuevos comisarios políticos? ¿vamos a dejar que el muro de la nueva pureza dure treinta años?
Cuando era joven uno de los debates más acuciantes –y, diría, hasta angustiantes– para los que militábamos en los partidos políticos de la izquierda clandestina en dictadura era hasta qué punto éramos leninistas. Mi partido se declaraba marxista –no haberlo hecho habría constituido un crimen ideológico que nos habría dejado de inmediato del lado de la derecha y, lo que era peor, de la “burguesía”–, pero muchos de sus dirigentes se decían críticos del leninismo. Esta “carencia” constituía un verdadero estigma.
Muchísimas veces las discusiones se terminaban con una frase que sonaba como un latigazo: lo que pasa –me explicaba el compañero X o la compañera Y– es que ustedes no son leninistas. Eso era como decir: lo que pasa es que ustedes no han entendido el sentido de la historia, no son verdaderos revolucionarios. Yo, como tenía 17 o 18 años y no sabía aún muy bien lo que era eso de ser leninista, al comienzo trataba de defenderme: sí, sí somos leninistas, decía. Entonces, el compañero o la compañera en cuestión daba la estocada final: pero no son “lo suficientemente” leninistas. O sea, éramos burgueses, es decir, parafraseando a Neruda, en el fondo de mí y arrodillado, se agazapaba un contrarrevolucionario. ¡Horror!
Leíamos a Marta Harnecker, que era entonces nuestra Doctora de la Humanidad (marxista), movidos por la misma acuciante búsqueda con que los seminaristas del siglo XIII leían a Santo Tomás de Aquino. Uno de esos veranos, incluso, en unos puestos callejeros de una avenida de Tacna, descubrimos decenas de libros de Marx, Engels…¡y de Lenin! Sin pensarlo dos veces, eché en mi mochila “El Estado y la revolución”, “¿Qué hacer?”, “Materialismo y empiriocriticismo”. Mi polola y mis dos amigos se llevaron “El manifiesto comunista”, “El capital” y ya no recuerdo qué otras joyas de la doctrina.
Había que pasar la frontera, eso sí. Una fila larguísima y, del lado chileno, un destacamento de militares que revisaban todos los equipajes, pero mostraban especial interés por las mochilas de los chicos y chicas con pinta de niñitos santiaguinos… Pensé: estamos muertos. Me dieron unas irreprimibles ganas de desmayarme y justo cuando iba a ser mi turno y el suelo ya se retiraba debajo de mis pies, al argentino que iba delante le descubrieron en la mochila un guión de cine. ¿Qué es esto?, le preguntaron. Un guión de cine, dijo él. ¡Un guión de cine! gritó el militar. Obviamente un documento como ese no podía ser sino obra de un terrorista. Los militares lo rodearon, se lo llevaron aparte y el que quedó nos dejó pasar ,sin ni siquiera abrirnos las mochilas. Así nos hicimos nuestra primera biblioteca breve marxista.
El problema de fondo era la dictadura del proletariado. Yo confieso que, probablemente influido por mi origen burgués de clase media ñuñoína, algo no me cuadraba: ¿por qué reemplazar una dictadura por otra? ¿Era eso necesariamente lo que se entendía por “el sentido de la historia? En otras palabras, tenía un sentido único esa historia y este llevaba indefectiblemente a la dictadura del proletariado? ¿No era acaso pensable una sociedad en la que se conjugara la justicia social con la democracia? No, no era pensable, me decían mis amigos: la democracia es la piel de oveja con la que se disfrazan los lobos burgueses. Sólo los partidos que eran la vanguardia del pueblo podían organizar la verdadera democracia, que llevaba el adjetivo de “socialista” o “popular”.
Y ahí estábamos, aceptando que lo que se venía era la dictadura del proletariado, no sin cierto escalofrío. Hasta que pasó lo que pasó. O sea, se derrumbó el muro, el más férreo del siglo XX y con él, la Unión Soviética. Es curioso que ahora, treinta años después, del derrumbe más estrepitoso de la historia contemporánea –lo que nos permitió , entre otras cosas, comprender que la historia no tenía un sentido teleológico, impuesto desde un dogma– vuelva a aparecer la tan temida pureza. La pureza identitaria, étnica, ideológica y que se introduzca de nuevo un eje axiológico –los detentores de la verdad versus los que viven en el engaño o, peor aún, propagan interesadamente la mentira– en política, pero no sólo, también en el ámbito del arte, en literatura por ejemplo, lo que nos permite proscribir a Neruda, a Nabokov, como antes uno tenía que leer a Borges o a Onetti casi en secreto, porque no eran escritores “comprometidos”. Yo me pregunto: ¿qué hacer con esta cultura de nuevos comisarios políticos? ¿vamos a dejar que el muro de la nueva pureza dure treinta años?
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