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Elecciones en Estados Unidos: no fue una marea, sino que la noche del tsunami azul ANÁLISIS DW

Elecciones en Estados Unidos: no fue una marea, sino que la noche del tsunami azul

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Gilberto Aranda B.
Por : Gilberto Aranda B. Académico de los Instituto de Estudios Internacionales de las Universidades de Chile y de la Universidad Arturo Prat
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Aunque, como el propio presidente Trump posteó, su apellido no estaba en la papeleta, de igual manera los comicios fueron un plebiscito de gestión que no aprobó. (…) Y, por supuesto, se adelanta una carrera presidencial que no esperará a las primarias regulares.


En Estados Unidos se dice “marea” a cuando uno de los dos partidos gana escaños en el Congreso, azul para demócratas y rojo para republicanos. Es lo regular desde el fin de la Guerra Civil que la formación gobernante pierda cierta tracción ciudadana en las elecciones de mitad de período, con algunas excepciones -como en el mandato de Joe Biden-. La madrugada del 4 de noviembre, sin embargo, más que una ola fue un tsunami el que proyectó la decepción y el castigo a la administración Trump, vertida en ambas ramas del Congreso. El alza del precio del combustible, la inflación aparejada y la guerra en Oriente Medio, todos factores interrelacionados que en el programa original del presidente Trump estaban descartados, constituyeron la base del malestar público. En el caso de la población de origen latino, la primera minoría desde principios del siglo XXI, hay que adicionar la furia contra la acción en ocasiones indiscriminada de la agencia ICE, al fundar sus sospechas de irregularidad migratoria en fenotipos o acentos.

La noche pasada, cuando el senador por Georgia Jon Ossoff renovó su escaño en el Senado, y poco después se supo que Roy Cooper arrebataba la plaza a los republicanos en Carolina del Norte, se comenzó a presagiar una jornada favorable a la oposición. En el Viejo Sur de la inmortal novela de Margaret Mitchell, el viento se comenzaba a llevar varias circunscripciones republicanas e incluso instalaba a la exalcaldesa de Atlanta, Keisha Lance Bottoms, como primera gobernadora afrodescendiente de la historia georgiana. Más tarde llegaron noticias del Medio Oeste, coincidente con varios de los estados pendulares o “púrpuras” –a mitad de camino entre el azul y el rojo que cambia de preferencia–: Maine, Michigan, Ohio e Iowa. En el primero perdía la veterana política centroderechista Susan Collins a manos del demócrata Troy Jackson. En Michigan la nueva sensibilidad demócrata “socialista” se imponía con el epidemiólogo Abdul El-Sayed con holgada diferencia, a pesar de que su competidora de primarias había apoyado al gobernador republicano. En Iowa Josh Turek sumaba la plaza 51, con la que los demócratas pasaban oficialmente a controlar la Cámara Alta. Pero faltaba más.

En varios estados de las Grandes Llanuras se produjo un verdadero tornado político cuando el “Grand Old Party”, como se conoce al Partido Republicano, cedió el liderazgo de décadas a la oposición. En Kansas el pastor Adam Hamilton rompía con casi un siglo -94 años- de imposibilidad demócrata para acceder al Senado. Sin embargo, fue el estado número 28 de la Unión, aquel en que David Crockett resistió la embestida de las huestes de Santa Anna en el Álamo, donde los demócratas ganaban por partida doble. El candidato oficialista de Texas, ungido por Donald Trump, Ken Paxton, perdía ante un vibrante James Talarico, con un mensaje directo: “el poder del dinero no puede comprar conciencias”. Pero no era lo único, después de tres decenios y fracción, la gobernación texana era recuperada para la tienda cuyo emblema es el asno, bajo la figura de Gina Hinojosa, una latina que se autodescribe como una “hija del Valle del Río Grande”. Ella se unirá a otro gobernador “azul”, Xavier Becerra, quien no solo confirma el puesto del saliente y presidenciable Gavin Newsom, sino que pasa a ser el primer jefe californiano de ascendencia hispana desde 1875. De paso, la Cámara de Representantes podría pasar a ser dirigida por primera vez por un hombre afroamericano, Hakeem Jeffries. Una noche histórica de abolición de mitos.

Y aunque, como el propio presidente Trump posteó, su apellido no estaba en la papeleta, de igual manera los comicios fueron un plebiscito de gestión que no aprobó. Varios de sus candidatos más cercanos supieron lo que implica el famoso “abrazo del oso” cuando viene de un jefe de Estado con índices de popularidad bajos. Complementariamente, Trump recordó en su red social que aún dispone de la facultad constitucional del veto –que digitó sobre la imagen del clásico gorro rojo de campaña–. Mediante dicha herramienta puede rechazar la legislación aprobada por el Congreso, que a su vez solo puede insistir y obligar con dos tercios de sus integrantes, una supermayoría muy alta. De tal manera que el escenario de parálisis institucional es posible, aunque indeseable, por lo que la palabra negociar será el nuevo vocablo “más hermoso del diccionario”. Lo que sí no podrá evitar son las comisiones parlamentarias de investigación creadas para indagar cuestiones del tipo oferta de miles de dólares por votos. Tampoco se descarta el inicio de un juicio político. Mientras tanto, veremos cómo en lo que queda de la legislatura vigente se desata una febril actividad para dar luz verde a proyectos que serán esquivos en los siguientes años.

Y, por supuesto, se adelanta una carrera presidencial que no esperará a las primarias regulares. En la tienda ganadora competirán los demócratas liberales centristas, liderados por Newsom y Ossoff, mientras los demócratas socialistas aúpan a la figura de la confirmada representante neoyorquina Alexandria Ocasio-Cortez como su abanderada. Y desde luego está la figura de Kamala Harris. Entre los republicanos, son los hombres que flanquean al presidente aquellos que tienen hoy más probabilidades: el secretario de Estado, Marco Rubio, y el vicepresidente JD Vance. Sin duda, todas secuelas de un tsunami azul que pasó por Estados Unidos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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