ANÁLISIS
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Midterms: el ocaso del Trumpismo
Gracias a Trump y su guerra en Irán, la victoria demócrata ha sido la mayor en décadas, en elecciones en que estaba en juego el Congreso, la mayoría de las gobernaciones (36 de 50 estados), y los órganos legislativos de cada Estado.
En general, las elecciones de medio término son terreno resbaladizo para el partido político que ocupa la Casa Blanca y/o controla el Congreso. Pero el resultado de estas midterms superó el más optimista de los pronósticos.
Recordemos que Trump llegó al poder con un mandato amplio: victoria en el voto popular, control del Congreso por parte de los republicanos, control de la Corte Suprema (6 contra 3) y un triunfo contundente en estados clave. Hoy, en cambio, los demócratas, además de haber obtenido varias gobernaciones clave, han ganado con holgura el control tanto de la Cámara de Representantes como del Senado, con triunfos en estados que eran absolutos bastiones republicanos, como Kansas -donde los demócratas no habían obtenido una senaduría en casi 100 años-, las dos Carolinas (Norte y Sur), Ohio, Iowa, Georgia y Texas. Además, muchas de estas victorias -individualmente consideradas- constituyen poderosos símbolos en una sociedad diversa. Entre otros hitos, han resultado electos el primer senador musulmán, el primer senador abiertamente gay, la primera gobernadora negra y la primera gobernadora nativa americana: todos del Partido Demócrata.
La respuesta inmediata de Trump ha sido reconocer la derrota, pero agregar que esta se debe al hecho de que su nombre no iba en la papeleta, no obstante el hecho de que en días previos él mismo dijo públicamente (¡más de 70 veces!) que los electores debían imaginar su nombre impreso en el voto. Y eso es justamente lo que ha pasado. Trump transformó estos comicios en un referéndum sobre su gestión imperial, que ha sido ampliamente repudiada. El costo de la vida aumentó para los estadounidenses como consecuencia de los mayores precios de la energía, que a su vez se explican por la guerra en Irán, que Trump no ha podido ganar. Por otro lado, sus políticas macroeconómicas han sido de ataque a la independencia del Banco Central (la Reserva Federal o “Fed”), déficits elevados y aranceles altos que terminan pagando los consumidores, derivando todo esto en turbulencias bursátiles. Además, su agresiva política migratoria llevó a que los latinos le dieran la espalda y a que lo rechazaran sectores como la agroindustria, la construcción, el turismo y la educación superior.
A diferencia de su primer mandato, Trump se ha comportado como si su poder fuese ilimitado, en un ambiente de creciente desvarío que ciertamente los electores no han podido ignorar. Con el universo girando en torno a él, el presidente intenta borrar la línea entre verdad y mentira al decir que la inflación no existe, que el alza del costo de la vida es un engaño demócrata, que él ha cumplido su promesa de evitar guerras en Medio Oriente, que tiene el control total del estrecho de Ormuz, que el mundo entero hoy respeta a EE. UU. y que todo va de perillas (todo esto son citas literales). Además, se jacta continuamente de asesinatos (como las ejecuciones sumarias que ordenó en el mar Caribe), robos (como el que hace de los recursos venezolanos), indultos a delincuentes, malos tratos a quien sea que se cruce en su camino (sea este papa, jefe de Gobierno o simple periodista) y planes para anexar otros países de acuerdo con mapas disparatados que altera con inteligencia artificial.
La derrota contundente que han sufrido los republicanos es un signo de salud de la democracia estadounidense: MAGA fue contagioso, pero no duradero. En el Congreso, los demócratas tendrán un speaker nuevamente (el cargo de tercera jerarquía del país), pondrán en marcha investigaciones sobre el presidente y los miembros de su gabinete, incluyendo la corrupción sin precedentes de esta administración, y empujarán su agenda legislativa que enfatiza medidas para reducir el costo de la vida. Trump, por su parte, intentará bloquear las iniciativas legales por la vía del veto, confiará en que la Corte Suprema respalde todas sus ocurrencias (sabemos que eso no siempre pasa) y, por supuesto, persistirá en tratar de gobernar vía decreto (nunca le ha interesado el proceso legislativo ni ese tipo de negociaciones).
Además, no puede descartarse que un Trump más acorralado por mociones de censura y una judicatura un poco menos atemorizada se vuelva todavía más irracional, insensato y agresivo. Pero si así lo hace, terminaría de hundir al Partido Republicano. Ciertamente, este comenzará de inmediato a buscar candidato para 2028. Lo esperable es que revivan los republicanos anti-Trump y que las chances de sus lugartenientes Marco Rubio y Pete Hegseth se achiquen en el horizonte.
Por el lado demócrata, subsiste tanto el temor a avances de su ala más radical como un grado de escepticismo sobre sus mayores liderazgos: los perfiles de quienes podrían ser candidatos presidenciales tienen aún mucho camino por recorrer. Una evaluación sobria no puede negar que hoy el escenario que emerge de las midterms es mucho más la derrota de Trump que el resultado de una gran transformación del Partido Demócrata. En todo caso, el sector tiene la chance de capitalizar un resultado que indica que el país se cansó del trumpismo.
Y más allá de qué resultado concreto puedan tener las mociones de juicio político que se iniciarán en el Congreso, una cosa es cierta. En palabras del senador y exastronauta Mark Kelly (posible presidenciable demócrata): “Hoy el pueblo le ha hecho el impeachment a Trump”.
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