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Adolescentes, la intensidad de los efectos de la cuarentena

por Gonzalo Donoso y Magdalena Manríquez 5 julio, 2020

Adolescentes, la intensidad de los efectos de la cuarentena
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Señor Director:

Hoy nos enfrentamos a una experiencia inédita. Nuestra vida se ha visto amenazada por la presencia de un enemigo invisible que ha dejado en evidencia nuestra fragilidad. Nuestro hogar dejó de ser el refugio y lugar de descanso para transformarse repentinamente en un búnker que nos protege de las amenazas externas. El espacio doméstico se convirtió en oficinas, salas de reuniones, consultas de atención e incluso salas de clases. La familia extendida, los amigos, los compañeros dejaron de ser figuras confiables para convertirse en potenciales portadores de un virus que se cuela sin que nos demos cuenta. El espacio y el tiempo comenzaron a tomar otras coordenadas que nos exigen nuevas formas de organización de la vida donde la virtualidad se impone.

Con frecuencia escuchamos hablar sobre el impacto psicológico del confinamiento en niños y niñas y en las personas mayores, pero poco se dice sobre las consecuencias del encierro y de las incertidumbres con que conviven los adolescentes. Pareciera que ellos más habituados a la virtualización de la vida estuviesen mejor preparados para soportar este aislamiento. Sin embargo, en este tiempo, hemos podido observar los efectos del distanciamiento social en una etapa donde los vínculos con los otros se vuelven el motor que muchas veces impulsa su desarrollo.

La adolescencia es una etapa de la vida que marca el fin de la niñez y que se extiende hasta las puertas de la madurez. Puede ser un pasaje delicado, tormentoso pero también creativo según J.D. Nasio, que va delineando la personalidad del futuro adulto. Es una de las etapas más productivas y fecundas de nuestra existencia. Por un lado, el cuerpo se acerca a la morfología del adulto y se vuelve capaz de procrear. Por el otro, la mente se torna capaz de resolver problemas complejos, de procesar intensas emociones, de seguir grandes ideales y de proyectarse hacia un futuro con una mirada más realista que la que caracterizó los primeros años de la vida.

El adolescente va conquistando poco a poco el espacio intelectual con el descubrimiento de nuevos intereses culturales, experimenta lentamente el espacio afectivo con nuevas vivencias emocionales de las que ahora se torna protagonista y se instala progresivamente en el espacio social al descubrir, más allá de la familia y de la escuela, la diversidad de los otros, que según L. Louterau, pone en movimiento el juego identificatorio tan característico de este momento del desarrollo.

Sin embargo, la mayor parte del tiempo los adolescentes manifiestan un estado de inquietud, desazón, incomodidad y ansiedad, que les resulta difícil poder expresar en palabras. Con frecuencia no logran verbalizar el sufrimiento que los aqueja y es a los adultos a quienes les corresponde poner las palabras que faltan y traducir la intensidad de los afectos que sienten.

Es precisamente esta situación de incertidumbre y confusión la cual puede verse reforzada por la crisis que estamos enfrentando. El encierro y distanciamiento físico deja a los adolescentes sin la posibilidad de encontrar en sus semejantes las imágenes que les permiten reconocerse como tales y de hallar un espacio compartido por la realidad de los encuentros. Esto los deja atrapados en una situación de desconcierto que, junto a los apremios específicos de esta etapa, puede desencadenar momentos de explosión emocional o el aislamiento extremo. No obstante, ambas maneras de reaccionar, que no necesariamente configuran una patología, son medios que ante la ausencia de palabras y de espacios compartidos, buscan expresar una sensación de vulnerabilidad interior que exige y demanda ser acogida por otros. Quizás, es a través del reconocimiento de estas fragilidades desde donde se pueda comenzar a reconstruir una cierta normalidad que permita no minimizar la crisis.

Sin ninguna duda, nuestras vulnerabilidades están hoy más que nunca al descubierto. Un gran error sería pensar que solo los más pequeños y los más longevos son quienes más sufren el impacto del encierro. Los adolescentes son también un grupo que está en riesgo. El problema es que los modos de manifestar su malestar dificultan en no pocas ocasiones la recepción empática que ellos sin saber buscan. Es por esto que los padres no deben aislarse completamente o abrumarlos con una presencia excesiva. Caer en eso puede inconscientemente redoblar el distanciamiento físico propio de la cuarentena a un aislamiento afectivo que fragiliza aún más la propia adolescencia.

Por Gonzalo Donoso y Magdalena Manríquez, psicólogos y académicos de UNAB

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