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Estómagos vacíos

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Por: Ana Luisa Muñoz García


Señor director: 

Hay decisiones de política gubernamental que son imposibles de justificar con cifras o planillas de cálculos para “ajustar gastos.” Hay decisiones que se sienten en el cuerpo. El Oficio de recomendaciones desde la Dipres que plantea descontinuar el Programa de Alimentación Escolar (PAE) es una de ellas. No es un ajuste más. Es una decisión que llega, directa y silenciosamente, a miles de estudiantes que entran a la sala de clases con algo más que cuadernos: con hambre.

El hambre no es abstracta. No es un concepto  teorico o técnico. En un estudiante, es ese ruido constante en el estómago que interrumpe la concentración. Es el retorcijon que te recuerda que necesitas algo más que un té. Es la sensación de cansancio y la dificultad para sostener la mirada en el pizarrón. Es el cansancio que aparece antes de tiempo. Es, también, la vergüenza que no se nombra. Porque no todos los cuerpos llegan igual a la escuela. Algunos llegan alimentados; otros, apenas sostenidos. Y otros llegan vacíos.

Eliminar un programa de alimentación escolar no es solo retirar un beneficio. Es correr el límite de lo tolerable, y eso duele. Duele en lo inmediato, pero también deja huellas más profundas: en la forma en que se vive la escuela, en la relación con el aprendizaje, en la propia percepción de dignidad que vamos construyendo como sociedad. A veces, las políticas públicas olvidan algo esencial: que educar también es cuidar. Algo que nos han enseñado fuertemente los feminismos que tanto ningunean. Que sostener una trayectoria educativa no depende solo de contenidos, evaluaciones o pruebas estandarizadas, sino de condiciones mínimas que permitan estar, concentrarse, participar. Alimentarse no es un extra. Es una base.

Quienes justifican estas decisiones hablan de eficiencia, de focalización, de optimización de los recursos del Estado. Pero hay preguntas que no pueden responder desde esos términos: ¿cuánto vale la concentración de un niño o una niña que no ha comido? ¿Cuánto pesa el cansancio que se instala antes del recreo? ¿Cómo se mide el silencio de quien no participa porque simplemente no puede? ¿Qué significa exigir atención, rendimiento o participación cuando lo más básico no está garantizado? ¿Qué tipo de igualdad se puede prometer cuando el punto de partida es tan brutalmente desigual?

“Estómagos vacíos” no es solo una imagen. Es una realidad cotidiana que entra a la escuela todos los días y se sienta en las salas de clases. Ignorarla no la elimina. Solo la hace más dura. 

 

Ana Luisa Muñoz García
Socia Red de Investigadoras de Chile

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