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Proyectar la ciudad

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Por: Juan Paulo Alarcón


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Señor director:

El debate urbano contemporáneo parece haberse transformado en un verdadero diálogo de sordos. Urbanistas, abogados, planificadores, arquitectos e ingenieros intervenimos con abundancia de datos, referencias y diagnósticos, pero con escasa conciencia de las posiciones ideológicas —políticas e intelectuales— desde las cuales hablamos. Muchas veces se escribe como si no existiera disenso, como si la ciudad fuera un campo homogéneo de acuerdos, cuando en realidad es un espacio en permanente tensión.

En este escenario, la discusión oscila entre dos extremos. Por un lado, se invoca la incertidumbre jurídica como argumento para frenar proyectos; por otro, se denuncia la presión desmedida sobre territorios, comunidades y sistemas naturales producto de un desarrollo acelerado. Lo relevante es que, al observar con mayor detención, ambos argumentos contienen parte de verdad.

Sin embargo, el problema no radica únicamente en las posiciones en conflicto, sino en los mecanismos mediante los cuales se tramitan. La proliferación de subterfugios, dilaciones y estrategias instrumentales —desde uno y otro lado— ha desvirtuado el sentido de la discusión pública. La ciudad deja de ser el espacio de encuentro de diferencias para convertirse en un campo de disputa técnica y legal cada vez más alejado de la noción de bien común.

Cuando el diálogo, la puesta en común y la construcción de consensos mínimos se vuelven inviables, no solo proliferan las incertidumbres, sino que se debilita la posibilidad misma de proyectar ciudad.

Juan Paulo Alarcón

Director Escuela de Arquitectura UNAB

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