Galgos: ellos no pueden decidir, nosotros sí
Señor director:
Hay tradiciones que forman parte de nuestra historia y que, con el paso del tiempo, aprendemos a mirar de otra manera.
Las carreras de perros galgos son una de ellas.
Surgieron en una época en que sabíamos mucho menos sobre su comportamiento, sus necesidades y, sobre todo, sobre su capacidad de sentir.
Pero la sociedad cambia cuando aprende.
Hoy la ciencia es clara: los perros son seres sintientes. Experimentan dolor, miedo, estrés y también bienestar. Ese conocimiento no puede ser indiferente a la forma en que los tratamos ni a las leyes que los involucran.
La pregunta, entonces, es inevitable: ¿qué hacemos con aquellas prácticas que heredamos, pero que hoy sabemos que pueden provocar sufrimiento?
Los galgos son, quizás, uno de los ejemplos más evidentes de esa tensión. Animales dotados para la velocidad, pero sometidos muchas veces a condiciones que no respetan su bienestar, su descanso ni su propia naturaleza. Detrás de cada carrera hay un cuerpo llevado al límite y, muchas veces, también una historia de abandono cuando deja de “servir”.
Reconocer una tradición no significa estar obligados a conservarla.
Nuestra historia está llena de costumbres que alguna vez fueron aceptadas y que, con el avance del conocimiento y de nuestra evolución, decidimos dejar atrás.
Las leyes no suelen adelantarse a la sociedad: la siguen. Primero cambia nuestra forma de entender el mundo; luego nuestra mirada y, finalmente, las normas.
Por eso, hoy nos corresponde dar ese paso.
Prohibir las carreras de galgos no es una exageración. Es reconocer que hemos aprendido. Que sabemos más. Que entendemos mejor el sufrimiento animal y que una sociedad responsable no puede permanecer indiferente cuando ese sufrimiento es evitable.
La política tiene aquí una responsabilidad ineludible. No solo administrar el presente, sino también traducir en leyes aquello que como sociedad hemos aprendido a valorar y proteger.
Porque el progreso de una sociedad también se mide por algo esencial: su capacidad de proteger a quienes no pueden defenderse por sí mismos.
Y en este caso, los galgos no tienen voz.
No pueden decirnos que tienen miedo. No pueden decirnos que están cansados. No pueden pedirnos que paremos.
No pueden decidir si quieren correr, cuándo entrenar, cuándo competir ni cuándo detenerse. No pueden pedir descanso. No pueden pedir protección.
Esa decisión la tomamos nosotros.
Y quizás ahí está nuestra mayor responsabilidad.
Porque cuando un ser que depende completamente de nosotros siente dolor, miedo o agotamiento, no puede defenderse por sí mismo. Solo puede confiar en que nosotros decidamos protegerlo.
Y cuando sabemos que sienten, que sufren y que merecen una vida digna, la indiferencia deja de ser una opción.
Porque una sociedad verdaderamente evolucionada no es aquella que conserva todas sus tradiciones.
Es aquella que tiene el valor de mirar su pasado, aprender de él y dejar atrás aquello que ya no es compatible con la dignidad y el respeto que queremos construir.
Por eso, prohibir las carreras de galgos no significa desconocer nuestra historia.
Significa reconocer cuánto hemos aprendido y decidir, con responsabilidad y humanidad, qué historia queremos seguir escribiendo.
Carolina Tello y Valentina Cáceres
Diputadas Frente Amplio