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Tareas para la casa

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Por: Ruth Arce


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Señor Director:

Desde tiempos inmemoriales las tareas para la casa han sido un desafío para las familias con hijos e hijas en edad escolar. En las décadas de los 60 y 70 parecía lógico que se diera esta relación escuela-hogar: la jornada escolar era más reducida, muchas madres estaban en la casa y el estudiantado iba a la escuela de su barrio. Ciertamente había mayor disponibilidad de tiempo. 

La situación actual es diametralmente opuesta: largas jornadas en las escuelas, mayor cantidad de mujeres que trabajan, distancias largas para llegar al hogar. En definitiva, familias agotadas y tiempo escaso. ¿Debe el estudiantado hacer tareas en la casa? Definitivamente no, a excepción de alguna actividad de gran valor para el aprendizaje que lo amerite. 

La enseñanza es más significativa y valiosa cuando se aplica en el contexto del aula pues se resuelven las dudas en conjunto y se retroalimenta el proceso en un mismo momento. ¿Qué sucede cuando separo ambos procesos? Sucede algo fácil de comprender: se desliga la enseñanza y el aprendizaje, las dudas no se resuelven en el momento y la tarea pierde sentido.

Las tareas de los años 60 y 70 tenían como objetivo la repetición y la memoria, desarrollar buena letra y mantener cuadernos bonitos y ordenados. Las tareas de hoy deben tener coherencia con el siglo XXI: leer un libro para ampliar perspectivas, investigar un tema para aprender a descubrir el mundo o comentar alguna noticia con la familia. Definitivamente los 100 ejercicios de matemática para la casa ya no son una buena estrategia cuando las jornadas de colegio se extienden hasta las 16.00 o 17.00 horas. ¿Qué vida queda después de eso?

El desafío es hacer más contundente el trabajo en el aula, evitar los tiempos muertos, diversificar estrategias y definitivamente, comprender lo que significa la docencia.

Ruth Arce,

directora Magíster en Currículum y Evaluación Educativa UDP.

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