Opinión
Imagen generada con IA
La República por los pelos: el folículo cómo órgano de probidad y un test como tribunal
Un mechón, un metabolito y un culpable en horario estelar: el Estado ha convertido la probidad en un reality. Nuestra República ha perfeccionado el experimento: encuentra la culpa en el pelo, expulsa al cuerpo y declara inocente todo alrededor.
En 1907, el médico escocés Duncan MacDougall puso a seis moribundos sobre una balanza. Quería saber cuánto pesaba el alma. En uno de los cuerpos creyó registrar una pérdida de 21 gramos. El experimento era feble, pero la imagen sobrevivió: un médico esperando que lo invisible se dejara reducir a una cifra.
Desde entonces, los instrumentos se han vuelto más precisos; la fantasía, no. Ya no pesamos almas: analizamos sangre, orina, saliva, cabello, pensando que una molécula en un mechón puede decirnos quién es alguien, no solo qué sustancia pasó por su cuerpo, sino si es confiable, decente o corrupto, si merece o no un cargo.
Ochenta años después, el cuerpo de Geoffrey Bowers también fue convertido en documento, cuando las lesiones del sarcoma de Kaposi comenzaron a aparecer en su rostro. En los años ’80, aquellas marcas no eran leídas solo como signos de una enfermedad. Anunciaban Sida, homosexualidad, muerte.
Bowers fue despedido por “desempeño”; él demandó por discriminación. Años después, la película Filadelfia llevó al cine una historia inspirada, entre otros casos, en la suya. Pero Bowers tuvo que litigar en la vida real. Y para demostrar que había sido castigado por su enfermedad, tuvo que exponerla todavía más, y entregar como prueba aquello mismo que reclamaba mantener bajo su control.
Casi un año después de la muerte de Bowers, Ben Johnson cruzó la meta olímpica de los cien metros en 9,79 segundos. Durante tres días, su cuerpo perteneció a todos: a Canadá, a los entrenadores, a los médicos, a las federaciones, a los patrocinadores, a un país entero. Era una obra colectiva. Luego apareció el estanozolol. La medalla fue retirada, el récord anulado y el héroe convertido en impostor con una velocidad que incluso él habría envidiado.
Johnson había consumido esteroides. Una maquinaria de rendimiento, dinero y silencios quedó reducida a la biografía moral de un velocista. Se encontró una sustancia, se encontró un culpable y todo lo demás desapareció.
Johnson pidió una investigación pública. La Comisión Dubin miró alrededor del tubo de ensayo y encontró lo que el interior del tubo no podía mostrar: médicos, dirigentes, advertencias ignoradas y un sistema donde producir resultados extraordinarios importaba más que preguntar cómo se producían.
Johnson fue el chivo expiatorio perfecto no porque fuera inocente, sino porque era culpable. Su culpabilidad permitía contar una mentira mayor: que todo comenzaba y terminaba en él. El sacrificio funciona mejor cuando la víctima ha cometido efectivamente la falta. Así, la institución puede escandalizarse.
Las tres escenas parten de un hecho incómodo: una medición corporal puede ser correcta. Un test puede detectar una sustancia; una lesión puede orientar un diagnóstico; una balanza puede registrar una variación. El problema comienza después, cuando ese dato parcial es obligado a decir mucho más de lo que sabe y termina convertido en una verdad completa sobre la persona.
Un signo se convierte en identidad, y la identidad en sentencia de vida. Una sentencia falsamente objetiva, que nadie ha pronunciado. La balanza solo pesa. El laboratorio solo detecta, y luego la burocracia solo aplica el protocolo. Todos parecen inocentes, salvo el examinado.
La impostura comienza cuando un dato químico se vuelve biografía y la biografía, condena.
Eso ocurre cuando el resultado de un test de drogas aplicado a un funcionario se vuelve público. El Estado no comunica simplemente un antecedente técnico. Monta una escena. Extrae una huella química, la separa de su contexto y la ofrece como certificado de carácter, de captura institucional y amenaza de narcotráfico. El truco es casi perfecto: todas las miradas quedan atrapadas en el pelo del culpable mientras el dinero —limpio, silencioso, impecablemente peinado— abandona la escena.
¿Desde cuándo un metabolito demuestra corrupción? ¿Puede un cromatógrafo detectar un negocio simulado o una adjudicación arreglada? Hasta ahora, no. Pero se le pide algo más útil: producir un culpable visible, un chivo expiatorio.
El folículo cómo órgano de probidad y el laboratorio como tribunal de la República. Ni las peores fantasías de la IA llegan tan lejos: una autopsia moral sobre un cuerpo vivo.
Sabemos que un positivo no demuestra captura institucional ni narcotráfico, y sin embargo, nos acomodamos frente al espectáculo. Hay un goce en la caída, en ver cómo lo privado se vuelve público y el funcionario en sospechoso. El escarnio entrega lo que una investigación seria rara vez garantiza: un nombre, un rostro y una expulsión inmediata, de interés para el noticiario.
El test promete transparencia, pero distribuye oscuridad y fomenta la ignorancia. No esclarece la escena, pero decide dónde debemos mirar y qué olvidar.
MacDougall buscaba el instante en que el alma abandonaba el cuerpo. Nuestra República ha perfeccionado el experimento: encuentra la culpa en el pelo, expulsa al cuerpo y declara inocente todo lo que queda alrededor.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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