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Los costos de no tener un vocero

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Por: César Miranda


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Señor director:

Todo gobierno enfrenta, tarde o temprano, momentos incómodos: una cifra mal explicada, una declaración fuera de tiempo o una decisión técnicamente correcta que políticamente no cae bien. Cuando eso ocurre, alguien tiene que interpretar lo sucedido, ordenar el relato y dar la cara. Idealmente, un vocero. 

El Presidente Kast ha optado por no tener un vocero, quizás como parte de un diseño deliberado o bien como fruto de las circunstancias. En cualquier caso, es una apuesta poco común en nuestra historia política reciente. Por eso, vale  la pena poner el énfasis en el costo interno que esa ausencia genera dentro del propio Gobierno. Conviene precisar qué es lo que se está dejando fuera, porque el vocero nunca fue solamente quien anuncia lo que el gobierno ya decidió. Ese es su oficio visible, pero no su valor. 

Su aporte real ocurre antes, cuando entrega lectura política, sensibilidad social y capacidad de anticipar cómo será recibida una decisión cuando salga de La Moneda. Es quien advierte a tiempo que lo impecable de una planilla puede ser insostenible en la calle. Porque, guste o no, un gabinete más cercano al sector privado que al mundo político puede gestionar muy bien y aun así carecer de ese oído. 

Que la ausencia no haya pasado la cuenta todavía se explica por dos razones. El Gobierno ha mantenido el control de la agenda, es cierto, pero la oposición, por incapacidad política y organizacional, ha ayudado bastante a que así sea. Es más fácil administrar el relato cuando nadie lo cuestiona con eficacia.

Mientras tanto, el costo latente se acumula en el ministro Claudio Alvarado. Como biministro, queda expuesto a responder por errores comunicacionales de otras carteras, mientras carga a sus espaldas las labores propias y desgastantes del Ministerio del Interior. Se transforma en la cara visible de problemas que no necesariamente controla y, de paso, desaparece el cortafuegos que todo gobierno necesita. Cuando quien explica es el mismo que en teoría ordena, cada error propio escala rápidamente a todo el gobierno.

Se trata, sin duda, de una observación pesimista de mi parte, pues mientras las cosas funcionen, la decisión parecerá eficiente. Sin embargo, la triste realidad de los costos latentes es que solo se vuelven evidentes cuando ya se necesita aquello a lo que se renunció. Y el día en que el Gobierno enfrente una crisis que no pueda resolver desde la gestión, no bastará con buscar a alguien que hable.

 

César Miranda

Investigador Instituto Libertad 

 

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